Augusto Roa Bastos, maestro de literatura y dignidad

· Alberto Auné, arte, literatura, Paraguay
Autores

Alberto Auné

La palabra, su arma contra los gobiernos autoritarios.

Este gran escritor paraguayo, premiado en el mundo, sufrió la pérdida de su nacionalidad, exilio y grandes dificultades, pero su espíritu no decayó y dejó el legado de una gran obra literaria y de una vida honrada y digna que lo muestra como ejemplo a seguir.


1. Una vida dedicada a la escritura
Augusto Roa Bastos nació en Asunción, capital del Paraguay, el 13 de junio de 1917 falleció en esa misma ciudad el 26 de abril de 2005.
En 1936 publicó su primer libro de poemas: El ruiseñor de la aurora, del cual seleccionamos estos versos:
Desesperada soledad
Que me hace
Día a día bajar hasta los hombres
A ganarme mi pan con mis dos manos,
Negándome el reposo de la noche;
Ese subir peldaños de trasmundos
Para moler el trigo de emociones
En los altos molinos de mis sueños.
En 1942 su novela Fulgencio Miranda ganó una mención especial en el concurso literario del Ateneo Paraguayo.
Se vincula a la denominada Generación de 1940, dejando su país por en 1947 para vivir en Buenos Aires, donde permanece hasta 1976, cuando se produce en Argentina un golpe militar.
Permaneció en Francia, convocado por la Universidad de Toulouse, hasta 1989, regresando a Paraguay después del derrocamiento de Alfredo Stroessner.
Augusto Roa Bastos
Durante su permanencia en Buenos Aires se ganó la vida ejerciendo oficios diversos mientras en lo literario se vuelva a la narrativa, en la que los recuerdos de su tierra dan una fuerte impronta a su obra, en especial en dos libros.
El primero de ellos, publicado en 1953, fue El trueno entre las hojas, con diecisiete cuentos que recrean el ámbito de Horacio Quiroga. El libro fue parcialmente llevado al cine. En los años siguientes escribió también los libretos de Sabaleros, La sangre y la semilla y La batalla de la sed.
El segundo, la novela Hijo de hombre (1960) fue reconocida por críticos de distintos países como la más importante de la obra de este autor.
Es un fresco histórico-social por el que desfila Paraguay desde los tiempos del gobierno del doctor Francia hasta 1936, cuando termina la Guerra del Chaco.
El ensayista argentino Enrique Amderson Imbert (1910-2000) sostiene que esta obra “más que historia de la nación, sin embargo, es la historia de un vecindario en Itapú: las vidas de innumerables hombres y mujeres se acompañan, dispersan y vuelven a juntar. Ciertos episodios marchan como si fueran autónomos pero en verdad están entretejidos en una complicada trama. Ejemplo: el capítulo ‘Exodo’, cuyo último detalle –el vagón errante, fantasmal- está ramificado por los demás capítulos. Vidas dolorosas, egoístas, heroicas, miserables, abnegadas, crueles”.
Hijo de hombre recibió importantes distinciones. En 1959 ganó el Concurso Internacional de Novelas de Editorial Losada, la cual la publicó en 1960 y en 1961 obtuvo el Premio Municipal de Buenos Aires.
Un trabajo, considerado por muchos su obra maestra, es la novela Yo el Supremo, la cual presenta una reflexión sobre el uso del poder.
Fue publicada en 1974, durante el exilio de Roa Bastos. El título está originado en las palabras (El Supremo) con que era conocido el dictador de Paraguay José Gaspar Rodríguez de Francia, quien rigiera los destinos del país en 1811 hasta 1816 formando parte primero de un triunvirato y desde 1816 hasta 1840 en forma unipersonal.
Esta obra denuncia los abusos de poder por parte de este gobernante a partir de un relato en primera persona.
Roa Bastos publicó también libros de cuentos, como El baldío (1966), Los pies sobre el agua (1967), Madera Quemada (1968) y Moriencia (1969).
2. Merecidos reconocimientos
La cantidad de premios que recibiera este gran autor muestran un reconocimiento a una visión localista que tiene carácter universal. Como pocos, hizo realidad aquella frase que dice “Pinta tu aldea y pintarás el mundo”.
El pensamiento totalitario llevó a que se lo privara de la ciudadanía paraguaya en 1982, pero España y Francia le concedieron el honor de ser ciudadano de esos países, en el primer caso, con carácter honorario, en 1983 y en el segundo en 1987.
Entre las distinciones recibidas por este escritor podemos nombrar el premio del British Council, en 1948; el primer premio del Concurso Internacional de Novelas Editorial Losada, en 1959; el Premio de las Letras Memorial de América Latina, en 1988 y el Premio Nacional de Literatura Paraguaya, en 1991, sin olvidar el Premio Cervantes, otorgado en 1989.
En 1995 recibió el Premio Nacional de Literatura y el Gobierno de Cuba le otorgó en 2003 la condecoración José Martí.
Desde que regresara a su patria fue columnista en el diario asunceño Noticias, llegando con sus reflexiones a un nivel masivo.
El carácter universal de sus obras queda evidenciado al haber sido traducidas a por lo menos 25 idiomas, llegando a lectores prácticamente sin limitaciones geográficas.
3. Valor y resistencia ante la persecución
La cancelación de la ciudadanía paraguaya durante un gobierno autoritario provocó una reacción en los ámbitos respetuosos de la democracia que alentó a Roa Bastos durante su exilio no sólo a seguir escribiendo sino a saber que los valores que defendía eran los correctos.
Este gran escritor, cuya vida tuvo muchas dificultades, es un ejemplo de fuerza de voluntad que no lo llevó a decaer.
Siempre defendió los derechos humanos y el respecto a las libertades democráticas, de lo cual dio testimonio no sólo en sus libros sino también en las columnas periodísticas que publicara en sus años dorados.
Los gobiernos despóticos que lo atacaban fueron cayendo uno a uno y sus integrantes dejaron el poder sin pena ni gloria. Por el contrario, la figura de Augusto Roa Bastos se agiganta con el tiempo, recordando a las nuevas generaciones que las verdaderas convicciones permanecen mientras los autoritarismos, uno a uno, van desapareciendo para dar lugar a formas más tolerantes de convivencia.
Su arte y su mensaje perdurarán a través del tiempo, como ejemplo para quienes se sienten perseguidos por autoridades con pensamiento único que se creen perpetuas pero son gigantes con pies de barro. Alberto Auné

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