Alberto Williams, maestro de la música argentina

Autores

Alberto Williams (Fuente: http://www.wikimedia.org, dominio público con más de 25 años de antigüedad).

Alberto Auné

Este compositor, estudioso y escritor, entre otras actividades, desarrolló una importante labor artística y educativa en el ámbito de la música.
Nació en Buenos Aires, República Argentina, el 23 de noviembre de 1862, siendo su padre Jorge Orlando Williams, cuya familia era de Gran Bretaña, y su madre, argentina, Eloísa Alcorta, quien había nacido en la provncia de Santiago del Estero, en el norte del país, que en ese tiempo estaba construyendo su identidad nacional después de la caída de Juan Manuel de Rosas en la batalla de Caseros, ganada por Justo José de Urquiza el 3 de febrero de 1852.
El abuelo de este gran músico fue Amancio Alcorta (1805-1862), economista, político y musicólogo, autor de obras de música sacra y secular, debiéndose a su nieto Amancio la conservación de varias de ellas. Además se le debe la formación de la localidad de Moreno, en el conurbano de la provincia de Buenos Aires, ya que donó los terrenos para construir la estación ferroviaria alrededor de la cual se formó y creció su urbanización.
También tenía propiedades en la ciudad de Buenos Aires, pero la posesión de bienes materiales no le impedía cultivar los valores del arte y el espíritu y favorecer a quienes los practicaban. Al respecto Williams escribió:

“La casa de Amancio Alcorta, en la calle Florida, donde hoy está la
Sociedad Rural (nota: en la actual cuadra entre Corrientes y Lavalle, año 2014), era un centro musical donde se daban cita los artistas más celebrados y los mejores aficionados de Buenos Aires. Debo principalmente a mi abuelo Amancio mi afición por la música».

Desde niño Alberto manifestó su amor por la música y la capacidad que enía solamente ocho años cuando compuso un vals que luego transcribieron musicalmente por algunos amigos.
Cursó estudios en la Escuela de Música y Declamación de la Provincia de Buenos Aires, habiendo tenido a Nicolás Bassi en armonía y Luis José 8erlusconi en piano como maestros, concurriendo en ese tiempo a los conciertos y óperas brindados por el antiguo Tea­tro Colón, ubicado entonces frente a la Plaza de Mayo, en la ciudad de Buenos Aires.
Gracias a una subvención que le acordara por cuatro años la Legislatura provin­cial, en 1882, pudo viajar a Europa para completar sus estudios.
El debate parla­mentario resultó muy interesante, ya que no hubo unanimidad al respecto, pero se impuso la postura de impulsar la música, sostenida entre otros legisladores por Luis María Drago.
Un año antes del viaje, la editorial Cornú había publicado su mazurca Ensueño de juventud, compuesta a los dieciocho años.
Una vez llegado a París, fue allí alumno del Conservatorio de Música de esa ciudad. Desde la capital francesa enviaba con regularidad colaboraciones a El Diario, publicación editada en Buenos Aires. Entre los temas de esas notas se encuentra una introducción y elogio a la obra del compositor sajón Richard Wagner (1813-1863), expresando que es “un torrente de combinaciones, un diluvio de disonancias, que tienen su explicación lógica, racional, y son, quizá, la más elocuente manifestación del alto vuelo de su alada fantasía”.
En ese tiempo también se publicaron en Francia algunas obras de Williams, como Souvenirs d’enfance y Trois airs de ballet.
El destacado compositor de piano Georqes Mathias (1826-1910) afirmó que durante mucho tiempo dirigió los estudios de Williams, dando fe de su capacidad y méritos. ´
Por su parte, el compositor y organista belga César Franck (1822-1890) dijo que era un «artista de verdadero talento, que suma las cualidades del virtuoso a las del creador; supo lleqar a ser uno de mis alumnos predilectos».
Al regresar a Buenos Aires, en ma­yo de 1890, ofreció un concierto en la sala Hardoy, con obras para piano que incluían algunas composiciones suyas.

El diario La Prensa expre­só entonces sobre Alberto Williams:

«Posee un sentimiento exquisito de la melodía y aborda los te­mas sin afectación ni amaneramiento. Siguiendo las inspiraciones de la bue­na escuela, es parco y justo en la ejecución y no dudamos que el público ha de apreciarlo en su verdadero mérito”.

De regreso en la capital argentina, este artista quiso volver a la zona pampeana luego de siete años de ausencia, visitando entonces las princi­pales estancias de Azul, Olavarría y Juárez.
Sintió entonces, dijo, «las extrañas puestas de sol, el misterio de los cielos estrellados en medio del silen­cio, los plenilunios en la soledad de las sabanas, el mugir de los rodeos de millares de vacunos, el balar de los inmensos rebaños, el relinchar de los potros en libertad y el rumor de las nocturnas voces despertaban mi vena artística y cuando no andaba cantando, andaba improvisando versos mon­tado en un redomón”.
Cuenta lueqo que buscó un piano y sólo encontró uno tan desafinado que no se podía tocar. Conoció entonces a payadores, que entonaban sus poemas improvisados, acompañándolos con la música de guitarra, con naturalidad y de manera espontánea, sobre los cuales escribió:

«Eran músicos de buena cepa, artistas intuitivos dotados de rara perfección y de asombrosa memoria, seres genuinos del gaucho de la pampa que impresionaron mi ánimo con caracteres indelebles. Y en mi memoria se grabaron como en una cera dúctil. Esos cantos y esas danzas del folklore de antaño se insinuaron en mi espíritu como ondas vívidas e encanto y de inspiración”.

Después de esa experiencia ofreció su obra allí El rancho abandonado, un trabajo cuyo conocimiento es indispensable para conocer el arte musical argentino y la recreación de la música para nuestros temas populares, sosteniendo al respecto:

“La técnica nos la dio Francia y la inspiración los payadores de Juárez”.

En 1892 comenzó a organizar gran cantidad de conciertos, el primero de los cuales tuvo lugar el 22 de octubre de 1894 en el Teatro de la Opera, incluyendo obras de Richard Wagner.
En 1905 acompañó a Giacomo Puccini en la visita de este gran músico a Buenos Aires.
La actividad pedagógica de Williams comenzó en marzo de 1893, cuando fundó el Conservatorio de Música de Buenos Aires, ubicado en la entonces Cangallo (luego Teniente General Juan Domingo Perón) 1041.
Este establecimiento, del cual fue el primer director, desapareció al demolerse manzanas para construir la avenida 9 de Julio.
En 1903, una década después de su fundación, esa casa de estudios tenía un plantel de 40 profesores, en su mayoría argentinos, que instruían a unos 1.300 alumnos, habiéndose graduado hasta ese año 720 profesores, lo cual influyó en la música argentina en los años sucesivos.
Williams fundó otras empresas relacionada a la música nacional, como la editorial Gurina, que publicó gran cantidad de partituras y la revista La Quena, en 1919.
Este gran músico también fue poeta. Gaspar Núñez de Arce (1834-1903), gran autor de este género literario y académico español, además de político, funcionario y legislador, elogió los poemas de Williams por el esmero de la forma y sus condiciones descriptivas.
Otro gran músico argentino, Julián Aguirre (1868-1924), sostuvo que Williams “es un panteísta” ya que “su poesía busca la naturaleza como un marco al único y monocorde sentimiento del poeta lírico: el amor”.
Alberto Williams cultivó la amistad como uno de los grandes valores de su vida. Varias veces efectuó en su casa encuentros con músicos argentinos y otros extranjeros que visitaban el país.
Su domicilio más recordado al respecto es el del barrio de Belgrano, en la capital argentina, y entre sus amigos Alberto Ginastera, Rodolfo Arizaga, Lía Cimaglia Espinosa, Pascual de Rogatis, Juan de Dios Filiberto y Pedro Sáenz, entre otros.
En agradecimiento a su vasta y múltiple tarea se le tributaron numerosos y merecidos homenajes, como los efectuados al cumplir sus 80 años, en 1942; al fallecer, en 1952, en memoria del centenario de su nacimiento, en 1962, y al cumplirse 25 años de su fallecimiento, en 1977, en el que participara la Orquesta Sinfónica Nacional.
Su obra como compositor marca rumbos a la música argentina. Sobre su trabajo expresó:

“No henos ce confundir originalidad con manera. La originalidad es el sello que hace inconfundi­ble al autor y por el cual se le distinque y reconoce entre todos sus predecesores y todos sus contemporáneos. La manera es la repetición par­cial de una modalidad de la técnica de un autor. La técnica pertenece a todo el mundo. Es el tesoro común que se va enriqueciendo con el aporte individual de todos los grandes compositores, a través de las épocas y los pueblos. Los creadores han de guardarse de contrariar sus tendencias naturales y espontáneas por el prurito de pasar originales. La originalidad es un don del cielo”.

Sus obras para orquesta son dieciséis: dos oberturas de concierto, dos suites de miniaturas, nueve sinfonías (la séptima fue ejecutada en 1940 bajo la dirección de Arturo Toscanini), la serie titulada Las Milongas en la Orquesta y dos poemas, que corresponden a visitas que hizo a rincones de la Argentina: los canales de Tierra del Fuego en el primer caso (Poema de los mares australes, 1929) y las cataratas ubicadas en Misiones en el segundo, Iguazú, escrito en 1943.
Además es autor de más de cien obras para piano, entre ellas En la Sierra, escrita en 1890, que incluye Rancho abandonado.
También es creador de obras para otros instrumentos y otras de carácter didáctico sobre teoría, técnica y estética de la música.
Fue historiador de los orígenes de la evolución musical argentino y biógrafo de los primeros adelantados en este campo del arte, como Blas Parera (1776-1840, autor de la letra de la Marcha Patriótica, posteriormente Himno Nacional Argentino, o Juan Pedro Esnaola (1808-1878), pianista, compositor de piezas musicales y funcionario.
Sus Pensamientos Filosóficos resumen, pasadas sus fructíferas ocho décadas de existencia, un conjunto de meditaciones sobre la existencia y el Univer­so.
En uno de ellos expresa:

“El espacio se ofrece a mi espíritu bajo dos aspectos distintos, a saber: la porción limitada que contiene todas las galaxias existentes y la continuidad del espacio puro, vacío e infinito”.

En 1952, casi con nueve décadas de vida, nos dejó este gran cultor de la música, a quien mucho deben generaciones de seguidores de Argentina y el mundo. Sigamos su ejemplo de creatividad y trabajo por el arte, que seguirá siempre vigente. Alberto Auné

Bibliografía:

 

Pickenhayn, Jorge O.: Alberto Williams. Ediciones Culturales Argentinas, 1979.

 

 

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