El legado poético de Leopoldo Lugones

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Leopoldo Lugones. (Fuente: http://www.wikimedia.org)

Alberto Auné

Si bien el escritor argentino Leopoldo Lugones es conocido por sus narraciones en prosa, no debemos olvidar la importancia de su trabajo poético, que mereció reconocimientos en su país natal y en el resto de América.
A través de la diversidad de su obra en las varias etapas de su creación literaria podemos esbozar un resumen de su itinerario poético, en el que tuvieron importancia la calidad y el amor a la Palabra.

Este autor nació en la localidad de Villa María del Río Seco, provincia de Córdoba (República Argentina) el 13 de junio de 1874, siendo su familia procedente de Santiago del Estero.
A los dieciocho años publica su primer poema, «Los Mundos», en el que muestra imágenes relativas al cosmos, que transportan al lector al mundo del universo, con expresiones que le permiten transportarse a otras dimensiones solamente con la imaginación, como muestra el siguiente fragmento:

El sol, pequeña gota
de la cósmica esencia.
Que arrastrando sus mundos cruza el éter;
que atrae hasta su foco los cometas,
núcleos de luz difusa, en que se miran
como esbozos de estrellas.

En esa línea se incluye su posterior trabajo «El tamaño del Espacio», ensayo de psicología matemática, publicado en 1921 por la Editorial El Ateneo, que recibiera un comentario favorable del gran científico Albert Einstein (1879-1955).

Lugones llegó a Buenos Aires en 1896, siendo ya un poeta conocido en distintos ámbitos culturales de la Argentina profunda, la que las grandes urbes no conocen, quizás por vivir sus habitantes inmersos en una realidad que creen la única verdad tangible, como quienes señalaba Platón en la Alegoría de la Caverna.
En 1897 dio a conocer su primer libro, «Las montañas de oro», un trabajo en el que exalta el amor y la pasión, con un estilo que recuerda al gran autor francés Víctor Hugo (1802-1885), al cual debemos la gran obra Los Miserables. y en el que está presente el modernismo, con el que el gran poeta nicaragüense Rubén Darío (1867-1916) abrió nuevos horizontes a la palabra escrita.
Tres ciclos componen el libro, el último titulado «Himno de las torres», en el que Lugones presenta un estilo similar al de algunas leyendas y profecía, que cautiva al lector con sus imágenes expresadas a través de palabras:

Y mi alma -golondrina ideal- desde su torre sigue mirando: y mira la Aurora venir en paz, y sobre la Aurora levan­tarse la Torre de Oro. Y que la tierra está pacífica como una viña sobre los últimos días de un abuelo viejo; y que cada madre es como un jardín de almendros; y que el Sol viene, ardiente y bello, como un héroe joven que estrena sus armas; y que las piedras, y los árboles, y las bestias del mundo levantan al cielo sus almas confusas en el himno de todas las lenguas, de todos los números, en el himno que surge de la Torre de Oro, coronada Lira Árbol musical, Crá­ter de armonías, casa de las doradas virtudes – Torre de Gloria…

«Los crepúsculos del jardín» (1905) es un libro más complejo y desparejo, en cuyos versos aparece la influencia del simbolismo, especialmente a través de la obra del poeta francés Albert Samain (188-1900), quien adhirió a esa escuela literaria, que también contagió al poeta, dramaturgo y ensayista uruguayo Julio Herrera y Reissig (1875-1910) en «Los éxtasis de la montaña», libro publicado un año antes.
La mencionada influencia llevó al escritor y político venezolano Rufino Blanco Fombona (1874-1944) a acusar de plagio a Lugones, causando una célebre polémica.
Empero algunos escritores, como el poeta, narrador, ensayista y dramaturgo Víctor Pérez Petit (1871-1947) y el poeta y parlamentario Emilio Frugoni Queirolo (1880-1969), ambos uruguayos, verificaron y difundieron que la influencia de Samain estaba extendida entre los escritores de la época, citando además publicaciones de revistas literarias en las cuales poesías de Lugones ya habían sido publicadas antes de que este autor decidiera reunirlas en un libro.
Para conocer algo sobre este tema, podemos remitirnos a dos antologías: «Estudios críticos sobre el Modernismo», compilada por Homero Castillo (Ed. Gredos, Madrid, 1968) y «La poesía hispanoamericana desde el Modernismo», a cargo de Eugenio Florit y José Olivio Jiménez (Appleton-Century-Crofts, New York, 1969).
En el primero de estos trabajos hay un artículo de Luis Monguió sobre «La caracterización del Modernismo», que se refiere a la poesía de Lugones como «una «sistematización de algo que (Rubén) Darío había indicado», disminuyendo su influencia literaria.
Por su parte, Allen W. Phillips sostiene en su libro «Rubén Darío y sus juicios sobre el Modernismo» que este autor forma, junto a Ricardo Jaimes Freyre y Rubén Darío, un «triunvirato».
Blanco-Fombona estaba convencido de que Lugones había copiado, en su obra «Los crepúsculos del jardín», publicada en 1905, unos versos de Herrera y Reisig en «Los parques abandonados», publicados en una edición póstuma, en 1900.
Empero, esos versos de Lugones habían sido dados a conocer en revisas literarias en 1898 y 1899 y según el cuentista Horacio Quiroga, Herrera y Reissig se los escuchó leer en 1901 en Montevideo.

Los escritos poéticos de Lugones tuvieron en algunos casos amplia difusiòn, como puede ser verificado con su trabajo El solterón, del cual recordamos sus primeras líneas:

Largas brumas violetas
Flotan sobre el río gris,
Y allá en las dársenas quietas
Sueñan oscuras goletas
Con un lejano país.
El arrabal solitario
Tiene la noche a sus pies,
Y tiembla su campanario
En el vapor visionario
De ese paisaje holandés.
El crepúsculo perplejo
Entra a una alcoba glacial,
En cuyo empañado espejo
Con soslayado reflejo
Turba el agua del cristal.
El lecho blanco se hiela
Junto al siniestro baúl,
Y en su herrumbrada tachuela
Envejece una acuarela
Cuadrada de felpa azul.

Poco antes, Luqones había publicado en el diario La Nación su polémico Himno a la Luna, con intenciones que se harían libro en 1909, cuando publicara el Lunario sentimental, acaso la obra de propósitos más renovadores de toda la poesía de habla española de su tiempo; es notoria la influencia del simbolista francés nacido en Uruguay Jules Laforgue (1860-1887) a través de su obra Imitation de Notre-Dame la Lune.

Dice al respecto el escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986):

«Es innegable que estas metáforas son originales y, a veces, muy hermosas; su desventaja es ser tan visibles que obstruyen lo que deberían expresar; la estruc­tura verbal es más evidente que la escena o la emoción que describen:

Mas ya dejan de estregar los grillos
Sus agrios esmeriles
Y suena en los pensiles
La cristalería de los pajarillos
.

Según el crítico literario y ensayista argentino Roberto Giusti (1887-1978), a Lugones no lo guió tanto un móvil de artista sino el ambicioso objetivo de renovar el idioma. Al respecto dice Luqones en su prólogo:

“Así el verso acuña la expresión útil, por ser más concisa y clara, renovándola en las mismas condiciones cuando depura un lugar común”.

El ver­so, dice allí mismo, es conciso al verse obligado a los límites que impone la medida poética, debiendo además tener claridad como condición indispensable para que el lector lo considere agradable:

“Siendo conciso y claro, tiende a ser definitivo, agregando a la lengua una nue­va expresión proverbial o frase hecha que ahorra tiempo y esfuerzo: cuali­dad preciosa para la mente práctica. Basta ver la estructura octosilábica de casi todos los adagios».

Dedica algunos párrafos también en ese prólo­go al verso libre, «una conquista de la libertad», que utiliza abundan­temente en el libro pero que no es el «verso blanco» o sin rima, ya que cree que ésta es siempre esencial, cualquiera sea la estructura del ver­sa.
Lo repetirá enérgicamente mas tarde al prologar El grillo, del periodista, escritor, guionista y humorista Conrado Nalé Roxlo (1898-1971):

«Un poeta sin rima es un mendigo lastimoso. Es menos aún, pues por el mero hecho de no poder rimar, ha muerto».

Empero, tiempo después moderaría esta idea, que formó parte de su creación de entonces.

En «Lunario sentimental» incorpora odas, cuentos, sonetos, un «teatro quimérico», el diálogo en prosa «Dos ilustres lunáticos», la égloga «La copa inhallable», la pantomima «El pierrot negro», trabajo que muestra la influencia de los personajes de la co­media del arte italiana); el cuento de hadas «Los tres besos» y el relato «Francesca», en el que divaga con original enfoque en el suceso de amor de Rímini que el gran poeta italiano Dante Alighieri (1265-1321) recogiera en el quinto canto de la primera parte de La Divina Comedia, «Infierno».

Dice Lugones en su «Quimera lunar»:

Tiembla el alma en sus regazos
Como un niñito maltrecho
Que defiende mal su pecho
Cruzando sobre él los brazos.

Entre todas hay alguna,
Tan leve, que es casi nada,
Enteramente flotada
En ondas de gasa y luna.

En lo irreal de su tez
Tiene su hermosura hermética
Como una noche poética
Por luna su palidez.

Y percibo que quizás
Me revela su presencia
Un amor de adolescencia
Que no definí jamás.

Para el crítico Guillermo Ara, quien publicara en 1958 el libro «Leopoldo Lugones», este trabajo implica un progreso y «le perdonamos la del gallo anacrónico y lo de carambolas de esplín porque, con todo, Lugones es más poeta y más Lugones aquí que cuando navegaba las aguas espectrales de ‘La montaña del oro’, con sus paisajes escenográficos o cuando nos hacía el ruiseñor demasiado sutil en ‘Los erepúscu1os’… El estilo es directo y coloquial, podríamos decir hasta de confianza, al dirigirse a la Luna:

Te amo porque eres generosa y buena.
¡Cuánto, cuánto albayalde
Llevas gastado en balde
Para adornar a tu hermana morena!

La poesía rioplatense y en algunos casos otras más lejanas deben mu­chos incentivos a este «Lunario» que escribiera este gran autor.

«Odas seculares» se publica en 1910, con una alusión en su nombre al año del Centenario de la Revolución de Mayo, constituyendo un homenaje a la Argentina de entonces y las expectativas de futuro, buscando una forma más llana de escribir, dejando de lado cualquier idea de extravagancia que algunos críticos atribuyeron a su trabajo anterior.
El jurisconsulto, escritor y docente Juan P. Ramos (1878-1958), afirmó de este cuarto libro de Lugones:

“Es un canto grave, sonoro, poliforme, inspirado, jovial, ardiente, cuyas notas enaltecen la desbordante aspiración. Ha­bla al alma para que su voz diga al universo cómo son las cosas útiles y magníficas, las ciudades y los hombres. El tema principal es la ‘Oda a los ganados y a las mieses’, en poesía trasvasada de un fervor épico a un alto lirismo. Está en comunión con cuanto revivió en el poeta, con cuanto hay de crecer y de minúsculo en el eterno traba­jo del hombre que vive del animal, de la tierra y de la industria. De ahí nacen los bienes, la convivencia, el bienestar, la cultura, la seguridad de la familia, la gloria…».

También es importante recordar las palabras de Jorge Luis Borges, para quien «el defecto del libro reside en lo que algunos han considerado su mayor mérito: la tenacidad prolija y enciclopédica que induce a Lugones a versificar todas las disciplinas de la agricultura y la ganadería».

En este libro también Lugones narra alguna experiencia personal:

Como era fiesta el día de la patria,
Y en mi sierra se nublan casi todas
Las mañanas de mayo; el veinticinco
Nuestra madre salía a buena hora
De paseo campestre con nosotros,
A buscar por las breñas más recónditas
El panal montaraz que ya el otoño
Azcuraba en madurez preciosa.

Embellecía un rubio aseado y grave
Sus pacíficas trenzas de señora.
Seguíanla el peón y la muchacha.
Y adelante, en pandilla juguetona,
Corríamos nosotros con el perro
Que describía en arco pistas locas.

Después de este trabajo, pasados dos años, Leopoldo Lugones da a conocer «El libro fiel», con palabras sencillas, no rebuscadas. Señalamos por ejemplo las siguientes líneas:

Hay afuera un rumor de lluvia blanca…
y el reloj con su ruidecito
de carcoma del tiempo, anda y anda
por la arena inacabable del infinito.

«El libro fiel» está dedicado a su esposa, con un texto en latín:

Tibi unicae sponsae torturae meae unicissimae

Es un poemario de enamorado, al cual la «Oda al Amor» define como:

Implacable ansiedad de querer tanto,
Fatal delicia de seguir queriendo;
Amor terrible con tu mismo encanto…

Para comprender mejor ese sentimiento, que parece limitar cualquier desborde, leemos los significativos versos de la dedicatoria:

Amor que fue siempre, mi dulce abogado,
Me ordena ¡oh ventura! celebrar así
Todas las bellezas que en ti he adorado,
Todas las tristezas que he llorado en ti.

«El libro de los paisajes», que este autor da a conocer en 1917, presenta su visión acerca de los temas comunes de la vida, algunos de los cuales nos muestran un estilo simbólico y claro para el lector:

CAUSA

Delicias de los árboles que abrevó el aguacero.
Delicia de los gárrulos raudales en desliz.
Cristalina delicia del trino del jilguero,
Delicia serenísima de la tarde feliz.

PLENITUD

El cerro azul estaba fragante de romero
Y en los profundos caminos silbaba la perdiz.

Los poemas referidos a aves del campo argentino, como «El chingolo», «El hornero» y «La urraca», siguen en este estilo, buscando llegar al alma del lector, que si capta la sencillez espiritual de estos textos llega al corazón de la obra de un gran auto, que no necesita recurrir a grandilocuentes palabras para expresar sus sentimientos.

Esta forma sencilla de escribir, que requiere un profundo conocimiento de las palabras, sigue en su libro «Las horas doradas», publicado en 1922.
Algunos adjetivos muestran su dominio del estilo, como «demencia paralela», «silencioso frenesí» y “fatales perros”, así como algunos versos:

Caer las violetas ulteriores, de las lánguidas manos de la muerte…

En este libro podemos descubrir los poemas incluidos en el grupo «Septeto de otoño», de este libro, en los que se incluyen estos versos, dedicados a los nobles sentimientos del corazón humano:

El amor eterno
(Violonchelo)

Deja caer las hojas y los días
Una vez más, segura de mí huerto.
Aún hay rosas en él, y ellas, por cierto,
Mejor perfuman cuando son tardías.

Al deshojarse en tus melancolías,
Cuando parezca más desnudo y yerto,
Ha de guardarte bajo su oro muerto
Violetas más nobles y sombrías.

No temas al Otoño, si ha venido,
Aunque caiga la flor, que da la rama.
La rama queda para hacer el nido.

Y como ahora al florecer se inflama,
Leño seco, a tus plantas encendido,
Ardientes rosas te echará en la llama.

En parte influido por el poeta y ensayista alemán Heinrich Heine (1797-1856), quizás también por el poeta español Antonio Machado (1875-1939) y su trabajo para hacer popular el viejo romancero (recordemos las canciones a él dedicadas por Joan Manuel Serrat), Lugones usó la medi­da octosilábica para conponer un libro publicado en 1924 al gue llamó, precisamente, «Romancero», en el gue también aparecen poe­mas gue muestran su conocimiento del mundo de Oriente, entre los que están «Romance del rey de Persia».

En otros, según Jorge Luis Borges, la adivinación de la muerte se une al amor y al lirismo de Luqones y alcanza su plenitud, por ejemplo, en «La palmera»:

Al llegar la hora esperada
En que de amarla me muera,
Que dejen una palmera
Sobre mi tumba plantada.

Así, cuando todo calle,
En el olvido disuelto,
Recordará el tronco esbelto
La elegancia de su talle.

La copa, que su alteza
Doble con melancolía,
Se abatirá la sombría
Dulzura de su cabeza.

Entregará con ternura
La flor, el viento sonoro,
El mismo reguero de oro
Que dejaba su hermosura.

Y sobre el páramo yerto,
Parecerá que su aroma
La planta florida toma
Para aliviar el desierto.

Y que con deleite blando,
Hasta el nómade versátil
Va en la dulzura del dátil
Sus dedos de ámbar besando.

Como un suspiro al pasar,
Palpitando entre las hojas,
Murmurará más congojas
La brisa crepuscular.

Y mi recuerdo ha de ser,
En su angustia sin reposo,
El pájaro misterioso
Que vuela al anochecer.

La poesía de Lugones muestra su unión con el lugar en que nació y vivió sus primeros años. Así lo expresan, de manera inequívoca, los «Poemas solariegos», publicados en 1927, en los que destacamos, en su comienzo, la «Dedicatoria a los Antepasados».

El 16 de febrero de 1938 se produce el suicidio de Lugones, en el Delta, eligiendo la muerte en una decisión que algunos atribuyen a una relación amorosa a la que se oponía su hijo Leopoldo Lugones (h), quien por secretos del destino también tomó la decisión de quitarse la vida, lo que ocurriera en 1971.
El triste desenlace de la vida de quien en 1930 hablaba de «la hora de la espada» se produjo dejando trunca una vida de gran creación literaria, con lo que se interrumpió definitivamente la redacción de su biografía del político y militar Julio Argentino Roca (1843-1914).
Quedó completo su último libro de poemas, que sería publicado en forma póstuma con el nombre de «Romances del Río Seco», mostrando la sencillez de las palabras con temática referida a las cosas simples del paisaje.
Guillermo Ara dice al respecto:

“Este espíritu, o visión transfiguradora de los datos externos, con serle tan propio cono el de ‘Lunario…’ por ejemplo, es muy otro. Diríamos que en ‘Romances del Río Seco’ se palpa la esencia de lo que poetiza y en aquél la certeza sensorial de las experiencias. El ‘Lunario…’ es sobre todo un fastuoso espectáculo y los ‘Romances…’ una serie de cuadros épicos contemplados en despierta actitud de simpatía, es decir de identificación afectiva”.

Lugones muestra su orgullo autóctono, como podemos ver en las siguentes líneas:

Acaso alguno desdeñe
Por lo criollos mis relatos.
Esto no es para extranjeros,
Cajetillas ni pazguatos.

A las cosas de mi tierra,
Tal como las divulgo.
No saboreará el pastel
Quien se quede en el repulgo.

El escritor Carlos Obligado (1890-1949) sostiene en su estudio sobre Lugones «La cueva del fósil»:

«Ha cantado -¡qué sé yo!- en todos los tonos, todos los asuntos: el amor y el odio, la paz y la guerra, la luz y la sombra, la tierra y la luna… ha sido familiar y oratorio, ingenuo y satánico, límpido y abstruso, trivial y profundo. Ha suspira­ da, ha hablado, ha rugido. Así, par veces, su numen caprichoso y tornátil, sus cualidades y defectos evasivos, fueron la desespera­ción de la crítica… Se han contradicho en grande los críticos de Lugones, tanto los profesionales de pluma cautelosa como los ocasionales de lengua lista. Quiénes alaban su originalidad proteica, quienes lo anatemizan por farolero. Y alguno que otro, felizmente, ha tratado de él con sentido común”.

Leopoldo Lugones ha legado a las futuras generaciones su obra y una vida que merecen el recuerdo de quienes aman la literatura. Su poesía nos muestra una faceta que complementa su obra en prosa y viceversa. Acerquémonos a sus escritos con el respeto que merece este escritor que expresó sus sentimientos desde una vida que tuvo muchos misterios que quizás nunca descubramos en su totalidad. Alberto Auné

 

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