Baldomero Fernández Moreno: médico y poeta argentino de varios mundos

Autores

Baldomero Fernández Moreno. (Fuente: http://www.wikimedia.org, subida por Claudio Elías).

Alberto Auné

Poeta y maestro de la palabra

Este escritor argentino fue un constructor de poesía, transmitiendo a través de ella, con palabras sencillas, los más puros sentimientos del ser humano.

Por ello su herencia se transmite más allá de su vida, al haber dejado una descendencia que honra al arte de las letras, siendo reconocido por las anteriores y nuevas generaciones y las que vendrán, ya que sus sencillas palabras, combinadas con arte, trascienden el tiempo y el espacio.

Una vida destinada a las letras

Baldomero Fernández Moreno nació en Buenos Aires, República Argentina, el 15 de noviembre de 1886, en una casa ubicada en la calle México 671, que por problemas económicos familiares fue subastada.

Sus padres fueron Baldomero Fernández y Amelia Moreno, comerciantes españoles que tras esas dificultades resolvieron volver a su país, al cual habían dejado como tantos otros inmigrantes que esperaban una mejor situación en la Argentina.

Pero el recuerdo de quienes llegaron desde España a la Argentina quedó en la memoria del poeta, que recuerda a la familia paterna y materna al escribir su autobiografía.

Como otros llegados de Europa, el padre del poeta, en Buenos Aires, se integró a la sociedad, siendo descripto por su hijo como alguien que pasó “de muchacho aldeano a rico y conspicuo miembro de una colectividad, fundador de clubes y protector de hospitales”.

Pero todo tiene un precio: el progreso implicaba dejar atrás la familia, con la gran probabilidad, en aquellos tiempos de largos y costosos viajes en barco, de no volver a ver, por razones biológicas, a varios de los seres queridos.

Por eso, en la memoria del poeta están “Viejas navegaciones, viejos dolores, mundo de adioses y de lágrimas que uno cuenta ahora reposadamente y que parecen tan inútiles como dichos y exhalados por fantasmas”.

 

Años con nostalgia y experiencias

 

Por el regreso de su familia a España, Baldomero pasó su infancia, en la etapa comprendida entre los seis y los trece años, en Santander (España), que no era entonces la gran urbe que llegaría a ser con el tiempo.

Esto le dio una visión propia de la sencillez de la vida pueblerina, distinta a la de la selva de cemento de las grandes urbes, conducente a la paz espiritual que solamente conocen quienes han pasado por esa experiencia, a la cual evocara su casi paisano Gerardo Diego (1896-1987), poeta español miembro de la llamada Generación del ’27.

Sobre ese período de su vida escribió, entre otros textos:

“De los pueblos en que viví en España, ambos en la provincia de Santander, Bárcena fue el principal y digo principal porque no sólo era solar de mi padre, sino porque allí se deslizaban los días de infancia castellana, devanadas como en tres usos melancólicos, en torno de una casa, de una escuela y de una iglesia”.

Además, señala en sus Memorias:

“Hay una primera travesía del Océano a los dos o tres años. Estaba escrito en las estrellas, sin duda, que toda la primera parte de mi vida había de ser viajera.”

A los seis años, como se señalara, vuelve a España, quedando en su memoria los años de entonces, en la pequeña aldea española de Bárcena del Cícero, provincia de Santander, a orillas del Cantábrico.

Su recuerdo de entonces es concreto:

“Un día del año 1892 era recibido a su entrada con alegre estrépito de cohetes, mientras que un coro de ceñidos danzantes tejía alrededor del nuevo indiano y los suyos, levantando el polvo, los típicos bailes del país”.

También la memoria llega al progenitor:

“Mi padre estaba de levita, muy atusado de bigote y mosca. No comprendía yo cómo, salido de la aldea tan pobre como cualquiera de aquellos rapaces que jugaban conmigo, por el hecho de haber pasado al nuevo mundo, se había transformado en un gran señor”.

La nostalgia de la urbe del Plata

El escritor no olvida a su ciudad natal, donde volvería para consagrarse como un artista de las letras. Las primeras impresiones, recibidas en aquella edad temprana, quedan para siempre en su espíritu, e inspirarán gran parte de su obra.

Así, recuerda la llegada de su madre a la capital de la República Argentina:

“La primera impresión de mi madre, que tenía dieciocho años, y la de todos, fue formidable, ante aquel Buenos Aires chato de entonces, las veredas altísimas, las calles sin cloacas, así que cuando llovía se transformaban en verdaderos ríos y los transeúntes eran pasados a babuchas por alguien que se encargaba de ello. Las revueltas de la época, las calles empinadas en barricadas, las tropas que a todos les parecían siniestras después de los atildados soldados europeos. Aquellos días de lluvia interminables en que ni el pan ni la carne ni otro proveedor llegaban a las casas. En fin, los tranvías de caballos, con su cuarta y su corneta, y cuya dulce elegía a nadie he oído exhalar con tanta nostalgia como a mi madre”.

También su memoria retiene el momento en que, estando en España, vio una imagen de su tierra natal:

“Una tarde me dijeron: esto es Buenos Aires. Era un grabado desteñido que representaba un caserío bajo, extendido, con torres y cúpulas. Una banderita flameaba muy contenta y un largo muelle se internaba en las aguas festivas de veleros. Esta fue la primera visión que tuve de la ciudad en que había nacido”.

Sus palabras llegan a los recuerdos de la familia lejana, de la que solamente tiene algún espacio en la memoria, en lo que juega un importante papel la correspondencia.

Las cartas, en tiempos en que el ser humano no usaba internet, traían la imagen y el recuerdo de alguien lejano, que tenía una presencia más cercana a través del papel:

“Entre lo que me hablaban de Leopoldo y lo que él escribía relatando sus andanzas porteñas, yo lo veía como un ser fabuloso, como envuelto en un torbellino. Era el clamor mismo de Buenos Aires que llegaba hasta mi”.

 

Regreso, estudios y profesión

En 1897 su familia decide regresar a Buenos Aires, una decisión que, sin que ellos supieran, influiría en la poesía argentina por mucho tiempo.

Este regreso se produce casi a las puertas de un nuevo siglo.

Baldomero cursa entonces sus estudios en Buenos Aires, ingresando después del colegio secundario en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Allí se gradúa como médico en 1912, cumpliendo su deseo se servir a sus semejantes cuidando la salud de quienes lo necesitan.

Un recuerdo nos muestra el nacimiento de esta vocación, ya que una vez le preguntan:

-Y tú, ¿Qué vas a ser?

Y él recuerda la respuesta:

“Médico -respondía yo, sin saber lo que decía, pero comprometiéndome ya conmigo mismo y con los demás. A mí lo que me gustaba era leer, que me llevaran al teatro, mirar por el balcón, o pasarme las horas con mi caja de pinturas iluminando guerreros o poniendo colores uno al lado del otro por el placer de verlos vibrar y confundirse”.

Concreta ese logro, pero siempre tiene a la poesía en su corazón, como una opción que se concretará en algún momento. Al respecto dice:

“Y me he quedado en poeta, / yo que empecé siendo médico”.

Así, mostró que la salud llega al ser humano por el cuerpo, al cual curaba con su profesión, y por el alma, a la cual alimentaba a través de sus poesías, mostrando su capacidad y experiencia en ambos aspectos.

En el año de su graduación Fernández Moreno publicó su tesis doctoral, titulada “Tratamiento de las fístulas y artritis tuberculosas por la pasta de subnitrato de bismuto”.

En la revista Diagnóstico Médico el doctor Juan Enrique Perea se refirió en 2012 al centenario de la presentación de esa tesis. Al respecto sostuvo:

“En la vida de Baldomero Fernández Moreno destacan sus dualidades. La primera será entre su nacimiento argentino y su familia e infancia españolas. La segunda entre la medicina y su vocación de poeta.

La primera realidad se resolvió con el criollismo de Fernández Moreno. La segunda dualidad entre la medicina y la poesía será en cambio dolorosa: optó finalmente por abandonar la medicina y vivir como poeta… Aquel de los ‘Setenta balcones y ninguna flor’ o el ‘Soneto a tus vísceras’”.

 

Sanador de cuerpos y potenciador de almas

Esa opción no le dio al poeta un gran pasar económico, pero le posibilitó pasar a la historia como un escritor que nos acerca en sus versos la paz de los pequeños pueblos, que llega a través de la palabra al ser humano agitado que puede estar en cualquier lugar de la Tierra, inclusive en la selva de cemento de las grandes urbes, para sentirse en armonía en su corazón.

El nuevo médico ejerció su profesión durante varios años en la localidad de Chascomús, provincia de Buenos Aires, trasladándose en 1914 a Catriló, en la provincia de La Pampa.

Al llegar a la entonces pequeña localidad bonaerense toma conciencia de que antes su definición prioritaria en la vida es de poeta, con todo lo que esto significa para el alma.

Allí brotaron sus poemas sentimentales, descriptivos, y allí también el poeta “empezaba a hombrearse y a enroscarse con el médico, con aire burlón y desafiante”. Pero, al llegar el invierno, Baldomero es herido por la soledad, el desengaño y la tristeza. Entonces, decide regresar a Buenos Aires junto con su familia.

Poesía y amor

Comienza entonces su labor literaria, dando a conocer en 1915 su primer libro, Las iniciales del misal, de sencillez en las palabras y temas cotidianos, en el que muestra una especial sensibilidad, que prosigue en su obra posterior.

Es entonces cuando vive una nueva y trascendental experiencia, al llegar el amor a su vida, encarnado en Dalmira López Osornio, a quien había conocido en Chascomús.

Su novia es la musa inspiradora de un libro de poemas, Por el amor y por ella, en el que se dirige a su amada como “Negrita”, mostrando de esta manera su afecto y ternura.

Esta obra aparece en 1918 y el 22 de enero de 1919 se casa con Dalmira del Valle.

La pareja se instala en Huanquelén, una pequeña localidad de la provincia de Buenos Aires, donde el amor y la vida familiar lo llevan a mostrar su creatividad en una nueva obra, El hogar en el campo, publicada en 1923.

En 1920 Baldomero vive en Buenos Aires, donde retoma su afición por las caminatas interminables por la ciudad.

Los barrios de la ciudad de entonces se diferenciaban, ya que no habían aparecido las megatorres, que llevaron a perder esa identidad.

Los árboles, el empedrado, las casas bajas, se unían a la identidad de cada zona, que el poeta observaba en detalle.

Varias figuras de las letras le dieron su amistad, entre ellas Alfonsina Storni, Enrique Méndez Calzada y Nicolás Coronado, sin olvidar a Enrique Amorin, de Uruguay.

El médico decide dejar la ciudad y regresar a Chascomús, donde ejerce su profesión hasta 1924, año en que decide un cambio que profundizará su producción y su amor a la palabra: deja el guardapolvo blanco con que el que atendía a sus pacientes para dedicarse a la poesía, trabajando como docente de historia y literatura.

Su vida de médico entre 1920 y 1924, en Chascomús, es descripta por él de la siguiente manera:

“Fernández Moreno acaba de cenar a eso de las 9. Enseguida toma el bastón, el sombrero y se va al Club. La noche es profunda, húmeda. La calle, ancha. Tiene una doble hilera de paraísos de troncos rugosos y fronda quieta. Fernández Moreno llega al Club y pide café. Mientas lo toma, hojea El Argentino y El Cronista, periódicos del pueblo. Es una mesa larga con carpeta roja y un helecho en el centro. Pasa después al salón. Se acerca a las mesas del dominó y saluda. Y empieza a pasearse a largos pasos. Al poco tiempo se hace la partida de póker. Fernández moreno se sumerge profundamente en el juego. Las fichas rojas caen en copiosa hemorragia sobre el tapete verde. A la 1 o a las 2 regresa por la calle arbolada; melancólico, suspirando a las estrellas a través de las ramas de los paraísos”.

En recuerdo de esta etapa de médico y poeta pueblerino Baldomero escribió estos versos describiendo a uno de sus colegas:

Un médico

Naturalmente, fue mal estudiante.

De Hipócrates prestado el juramento,

se vino a esta ciudad lo más contento,

bajo el brazo su título flamante.

Puso una enorme chapa deslumbrante,

adoptó un aire grave de juramento,

e hizo un maravilloso casamiento

con la hija de un vasco rozagante.

Ahora, pasada ya cuarentena,

rotundo abdomen, colosal cadena,

de arriba abajo en riguroso negro,

está jugando un dominó imponente

con un rábula un cura y un teniente,

mientras espera que se muera el suegro.

Buenos Aires, el nuevo hogar

En 1924, narra su hijo César, concluye su actividad como médico de pueblo y rural, decidiendo huir de esa profesión “como quien escapa a una jaula de fieras”.

Una vez que llega a la ciudad en que había nacido, narra el poeta, “al arrimo de un par de cátedras (…) me instalé en Buenos Aires, dispuesto a ser pobre para siempre pero en paz con mi conciencia”, palabras que en estos tiempos en que el éxito se mide por el dinero obtenido, sin importar la forma en que esto se hizo, parecen lejanas y absurdas; una muestra de la tergiversación de valores que sostiene gran parte de la sociedad.

Es asiduo visitante de la entonces confitería Richmond, en la calle Florida 468, entre Corrientes y Lavalle, donde disfruta sus cómodos sillones.

Busca una mayor estabilidad hasta que aparece la posibilidad de una residencia estable, en la Calle México 1320, Piso 8, Departamento 24, casi en la esquina de Santiago del Estero.

El ex médico rural expresa al respecto:

“Después de cuarenta años de dar vueltas, vengo a parar casi enfrente de la casa en que nací (…) Ocupo una cornisa, una verdadera cornisa. Y, claro, la cornisa sonora puede ser un libro archifuturo. Subiendo en el ascensor, hay tiempo sobrado de recitar un soneto alejandrino. Por aquí, la vida de siempre. Menos Richmond, tal vez, menos trasnochar. Alguna que otra reunión en lo de Gonnet, con Alfonso Reyes y otras especies (…) Naturalmente por la ventana domino la ciudad (…) Pero la cabeza arde. Me enredo en mis propios versos”.

La referencia a la ubicación de su domicilio es concreta y certera: apenas unas siete cuadras, cerca de 700 metros más las calles intermedias, lo separan del lugar en que comenzara su vida. Las sensaciones de recorrer esas calles con una memoria tan aguda como la de Fernández Moreno, atenta a los detalles, deben haber sido muy fuertes.

Comienza entonces una etapa de producción poética en la que Fernández Moreno expresa, a través de la palabra, su profundo amor a las cosas cotidianas. Consigue al mismo tiempo que el lector recree su obra, haciéndola otra y distinta, logrando que la intimidad obtenga su espacio a través de la poesía.

Libros de esa época son Aldea española (1925), Dos poemas (1936), Romances (1938) yPenumbra, publicado en 1951.

Los setenta balcones

Un ejemplo de esta forma poética es Setenta balcones y ninguna flor, uno de sus poemas más conocidos, compartido por varias generaciones de lectores que se sintieron identificados con lo que transmiten sus versos:

Setenta balcones y ninguna flor

Setenta balcones hay en esta casa,

setenta balcones y ninguna flor.

¿A sus habitantes, Señor, qué les pasa?

¿Odian el perfume, odian el color?

La piedra desnuda de tristeza agobia,

¡Dan una tristeza los negros balcones!

¿No hay en esta casa una niña novia?

¿No hay algún poeta bobo de ilusiones?

¿Ninguno desea ver tras los cristales

una diminuta copia de jardín?

¿En la piedra blanca trepar los rosales,

en los hierros negros abrirse un jazmín?

Si no aman las plantas no amarán el ave,

no sabrán de música, de rimas, de amor.

Nunca se oirá un beso, jamás se oirá una clave…

¡Setenta balcones y ninguna flor!

Hay opiniones repartidas, entre quienes conocen la ciudad de Buenos Aires, respecto al edificio que inspiró este ya inmortal poema.

Una de las más extendidas es la que afirma que tal privilegio correspondió al ubicado en la esquina de las avenidas Corrientes y Pueyrredón, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en la mano izquierda si caminamos hacia el Norte, que parece cumplir con los requisitos al respecto. Otros consideran que se refiere a una casa del barrio de Floresta, en esa ciudad, donde el escritor viviera hasta su muerte.

Sin embargo, el escritor y periodista Roy Bartolomew escribió al respecto en el diario La Nación, aclarando el tema.

Según recuerda en su crónica, el 13 de junio de 1950 en el antiguo local de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) en la calle México 524 se entregó a Fernández Moreno el Gran Premio de Honor.

En su discurso de agradecimiento, el escritor sostuvo que de todos los poemas que había escrito sobrevivía uno (presente en la memoria colectiva), Setenta balcones y ninguna flor, con estas palabras:

“Todo se pierde, se escabulle, se evapora, y entre cientos y cientos de versos, después de publicaciones, declamaciones, diríase que no sobrenadarán más de dos ó tres peces tornasolados, qué digo, uno solo; los ‘Setenta balcones y ninguna flor’, ante cuyo anuncio se dibujaba en mí una sonrisa de ardua interpretación. Setenta balcones, ni uno más ni uno menos. Los de una casa nueva en Paseo de Julio, alturas del primitivo Parque Japonés, contados una noche esfumosa, en compañía de Pedro Herreros, desde un banco de piedras. Amigos, yo no soy más que el autor de ‘Setenta balcones y ninguna flor’”.

El Paseo de Julio era el antiguo nombre de la arteria que sería la avenida Leandro N. Alem y el Parque Japonés, lugar de diversiones con túneles del terror, trenes, espejos mágicos y demás atractivos de la época, estaba frente a la entonces estación de trenes Retiro, de la cual partían varias líneas de ferrocarriles.

Muchos de esos juegos, en especial los espejos que distorsionaban la imagen de quien miraba al no ser rectos sus vidrios, siguieron en el sucesor del Parque Japonés, incendiado en 1931 aunque con una reapertura en 1939, dando lugar al Parque Retiro, ubicado a unas diez cuadras y demolido en 1961.

Aquel era el mundo de una ciudad de Buenos Aires que no volverá, en la cual se levantaba aquel edificio que trascendería en los versos de Fernández Moreno.

Así, el tiempo y el progreso se llevaron aquellos setenta balcones sin que quizás los habitantes del edificio supieran qué hermosas palabras había inspirado su pared sin flores ni adornos.

Vecino de Flores

Luego se mudó a la esquina de las calles Francisco Bilbao y Rivera Indarte, en el barrio porteño de Flores, lugar adquirido con los 20.000 pesos que recibiera en 1938, al ser distinguido con el Premio Nacional de Poesía. En aquel tiempo la zona era conocida como la “de las casitas baratas”.

La casa fue declarada Patrimonio Histórico Nacional.

Julio Noé, autor de Antología de la poesía argentina moderna, dijo de este autor:

“Nada de plañidero o quejumbroso, nada de doliente o exaltado hay en su poesía. Los grandes dolores que en algún momento la entenebrecieron, apenas se descubren en su obra. Si alguna vez asoma en ella la nota romántica, es tan medida y cautelosa que en modo alguno podría confundirle con los poetas de esa tendencia. Los clásicos le habían enseñado a domeñar las expresiones de su sensibilidad. Buscó, a su ejemplo, el equilibrio de todos los dones, y así produjo una obra limpia de elementos perecederos de lo que es moda y manera que el tiempo destruye rápidamente. Fue a la vez, antiguo y moderno”.

De lo particular a lo universal en el arte

La obra de Baldomero Fernández Moreno va de lo local a lo universal. “Pinta su aldea y pintarás el mundo” decía el escritor ruso León Tolstoi (1828-1910), lo que este poeta cumplió al pie de la letra, ya que Tolstoi se refería a pintar o describir caracteres, y los que presenta el poeta argentino son universales.

Además de haber escrito libros colaboró en varias publicaciones, entre las que podemos señalar los diarios La Prensa, La Nación y la revista Caras y Caretas.

Recibió merecidas distinciones literarias, como el Premio Nacional de Literatura en 1936 y el Gran Premio de Honor otorgado por la Sociedad Argentina de Autores, en reconocimiento s su libro Parva.

En 1937 fallece su hijo Ariel, por lo que pasa una etapa de sumo dolor, escribiendo poemas que luego se publicaran de manera póstuma, en una obra con el nombre de Penumbra, incluyendo poesías en homenaje a su nieta, con el nombre de Libro de Marcela.

Los seis últimos años de su vida transcurren en dura lucha con su insomnio y su equilibrio nervioso. “Todo me hace mal, lo exterior y lo interior. No sé nada de mí”. “Es media tarde; y ya empiezo a temblar; la ansiedad viene con la noche”.

Reconocimientos

Obtuvo, entre otras merecidas distinciones, el Primer Premio Nacional de Literatura y en 1928 el Segundo Premio Nacional de Poesía, por su cuaderno Décimas, distinción que se repetiría, en l933 y l937, por sus libros Dos poemas y Romances y Seguidillas.

En 1934 había sido designado Miembro de Número de la Academia Argentina de Letras.

En 1941 comienza a publicar su Obra ordenada  y se edita una Antología.

Dos años después presenta su primer libro en prosa: La patria desconocida  (Páginas de vida).

En 1949 merecería el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, por su libro Parva, y sólo meses más tarde fallecería, el 7 de julio de 1950.

Homenaje y arte: teatro y poesía

Antes de este Gran Premio, en l940, al celebrar un cuarto de siglo de su primer libro publicado (Las iniciales del misal, 1915), la Sociedad Argentina de Escritores realiza un gran homenaje al poeta en el Teatro del Pueblo, donde hablan el novelista Eduardo Mallea y Conrado Nalé Roxlo.

Este lugar es un ejemplo de testimonio de cultura popular, que lo une en su mensaje popular con Fernández Moreno, siendo este homenaje una muestra de la unidad entre teatro y poesía.

Este teatro independiente fue fundado en 1931, en un contexto político en que el arte no era bien visto por las autoridades, ya que el 6 de septiembre del año anterior se había producido el golpe militar que derrocara al presidente constitucional Hipólito Yrigoyen, encabezado por el general José Félix Uriburu.

Su fundador y director, Leónidas Barletta (1902-1975), fue también un importante periodista, editor durante mucho tiempo del periódico Propósitos.

A pesar de las dificultades nunca se rindió; el teatro tuvo distintas sedes hasta la definitiva, en 1943, en el subsuelo de Diagonal Norte 943, Buenos Aires.

Este gigante del arte teatral y el periodismo comprometido fue quien ofreció el espacio para el homenaje a Fernández Moreno en 1940, demostrando que el arte une a los hombres que tienen una visión común del mundo, basada en valores que permanecen.

Un poeta que amaba a Buenos Aires

Fernández Moreno reconoce que el amor por su ciudad ya aparece en Las iniciales del Misal(1915); de ahí que esas páginas sean la fuente de su libro Ciudad (1917). En este nos dice: “Yo no termino con la ultima composición; se seguirá escribiendo mientras el poeta viva en su ciudad”. Y así es, pues en muchas de sus obras posteriores incluye poemas y aforismos sobre ese tema que lo apasiona.

En sus poemas aparece esa otra Buenos Aires, la lírica, la que se siente, la que se necesita, la que se espera, pero también la de ahora, la de todo nuestro tiempo, la que enreda el hoy en sus geometrías. Entonces, es lira y asfalto, “realidad real”, “verdad verdadera” que confunde, fatiga, aprisiona, cautiva, como muestra uno de sus poemas en Ciudad:

Piedra, madera, asfalto

¡si me enterraran bajo el pavimento!

Piedra, madera, asfalto

¡Y en una calle del centro!

Piedra, madera, asfalto

Casi no estaría muerto

Piedra, madera, asfalto, “Ciudad”

¡Mira que te soy fiel, oh ciudad mía!

Otra vez en la calle como antes,

silenciosos mis pasos o sonantes

conforme a mi tristeza o mi alegría

bajo el sol empolvado de tu día,

bajo tus crudos focos centelleantes,

entre el bullicio de tus habitantes,

estoy buscando algo todavía.

Esta devoción a la ciudad se mezcla con el afecto por la escena rural, que conoció en el aroma de los árboles y los atardeceres pueblerinos.

Por eso Fernández Moreno es un poeta de varios mundos que se cruzan: la ciudad, el ambiente campestre o pueblerino y las dos naciones, Argentina y España, que quedaron grabadas en su arte y su memoria.

Así, llega también su homenaje a Ricardo Gûiraldes, autor de Don Segundo Sombra, perenne obra gauchesca, en un poema escrito en 1927:

Es, compañero Ricardo,

tu novela campesina,

tan nuestra, tan argentina,

como el ombú, como el cardo.

Épico aliento de bardo

resopla en ella profundo…

Nos has descubierto un mundo,

ahí no más, que nos asombra.

¡Que para Segundo Sombra

no haya de sombra un segundo!

Compañera en la vida y las letras

Dalmira del Valle, su esposa, también escribió poesía, habiendo dado a conocer sus primeros trabajos en 1944, con el seudónimo de Rosalía Lopez.

Además publicó sonetos en un volumen firmado con su nombre, en 1958, que contó con el prólogo de su hijo Manrique.

Literatura: la mejor herencia de padre a hijos

La poesía de Baldomero se multiplicó en sus hijos, prolongación que muestra el legado que enorgullece a quienes componen una familia bendecida por el arte.

En 1919 nació su primer hijo, César, al cual se agregaron más tarde Dalmira, Ariel, Manrique y Clara.

César y Manrique cumplieron cargos en  el mundo diplomático. Dalmira y Ariel fallecieron siendo niños, llenando de profunda tristeza al poeta.

Clara (Clarita, según la llamaba Baldomero), tuvo a su vez dos hijas durante su matrimonio: Carmen y Clara, siendo además descendiente en varias generaciones de Juan Manuel de Rosas.

Fue profesora de Letras en la Universidad de Buenos Aires, además de escritora, recibiendo como tal el Premio Unico Municipal.

César Fernández Moreno, nacido en Buenos Aires en 1919 y fallecido en París en 1985, fue una de las figuras de la llamada Generación del ‘40, en su libro ¿Poetizar o politizar?, publicado en 1973.

El primer libro de César, Gallo Ciego, publicado en 1940, tuvo el honor de un prólogo escrito por su padre Baldomero.

Publicó además, en 1956, una obra dedicada a la vida y obra de su padre: Introducción a Fernández Moreno.

En ella efectúa una comparación entre el poeta y otro gran escritor argentino, Jorge Luis Borges:

“Donde Fernández Moreno se definió por la vida, Borges lo hizo por el arte; donde Fernández Moreno por lo hispanoamericano, Borges por lo europeoamericano, como señala Gerardo Diego; donde Fernández Moreno por lo hispanofrancés, Borges por lo anglosajón; donde Fernández Moreno por el canto nacional, Borges por la literatura de tema abstracto a que por fin llega la narrativa después de la estación arrabalera de su poesía. Por eso, muerto Lugones, Fernández Moreno y Borges serían los polos  de la literatura argentina; ambos necesarios, ambos preciosos, tanto como Unamuno y Ortega y Gasset lo fueron en España”.

César estima la obra de su padre dividida en tres etapas, de unos trece años cada una.

La primera, a la que denomina Epoca sencillista, abarca los años 1910 a 1923); como su nombre lo indica, es el tiempo de la palabra espontánea, con ambientación rural.

La obra de este tiempo comprende Las iniciales del Misal (1915), Intermedio Provinciano(1916), Ciudad (1917), Por el amor y por ella (1918), Campo Argentino (1919), Versos de Negrita (1920), Nuevos Poemas (1921), Mil novecientos veintidós (1922), Canto de amor, de luz, de agua (1922), El hogar en el campo (1923) y Aldea Española (1923).

A esta etapa sigue la que César denomina Epoca formal, entre 1923 y 1937, en la que la ambientación es urbana, ya no del campo, con los siguientes libros: El hijo (1926), Poesía(1928), Ultimo cofre de Negrita (1929), Sonetos (1929), Cuadernillos de Verano (1931), Dos poemas (1935), Romances (1936) y Seguidillas (1936).

Luego llega la llamada Epoca sustancial, abarcando el trabajo de Baldomero entre 1937 y 1950, en la cual la relación entre las dos experiencias vividas, la rural y la urbana, se sintetiza en el barrio, parte de cada ciudad en la que la gente vivía y se trataba con mayor familiaridad, aunque el tiempo llevó a que esto también se perdiera en gran medida.

La producción literaria comprende: Continuación (1938), Buenos Aires: Ciudad-Pueblo-Campo(1941), San José de Flores (1943), La patria desconocida. Paginas de vida (prosa, 1943), La mariposa y la viga (prosa, 1947), Parva (1949). Póstumos: Suplementos (1950) y Penumbra. Libro de Marcela (1951).

Con estas tres etapas, bien definidas por su hijo, Fernández Moreno adecuó su obra a su estilo y a las experiencias de vida que recibía, sobre todo en los cambios de un lugar rural o campestre a una gran urbe.

Al igual que César, también Manrique (1928-2006) se sintió atraído por la literatura. De su obra señalamos los libros El Balcón de madera, Beso en automóvil y Pateando un empedrado. Fue además narrador y periodista, ejerciendo la diplomacia.

Una obra perenne y un testimonio de vida

Baldomero Fernández Moreno falleció en la ciudad de Buenos Aires, a la que tanto amara, el 7 de junio de 1950. Queda su memoria en sus palabras viviendo en las calles de Buenos Aires y las localidades rurales en que desarrolló su actividad como médico. Está en quienes allí habitan no olvidarlo.

En la ciudad en que nació a la vida y partió físicamente una calle lo recuerda con su nombre, en el barrio porteño de Parque Chacabuco. Caminante; recuérdalo al ver su nombre en esas paredes.

Pasan los años y sus palabras siguen vigentes. En estos tiempos en que las ciudades y los barrios van perdiendo su identidad, veremos cada vez con mayor frecuencia enormes edificios con gran cantidad de ventanas y balcones. Cuando el frío cemento no muestre en alguno de ellos la presencia de una flor alguien se formulará las mismas preguntas que el poeta se planteara alguna vez. Recordémoslo por siempre, pues su palabra trasciende el tiempo.Alberto Auné

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