«¡Argentinos, a las cosas!»: una exhortación vigente de José Ortega y Gasset

Autores

José Ortega y Gasset en la década de 1920. (Fuente: http://www.wikimedia.org)

Alberto Auné

Sigamos esta propuesta y podremos cambiar el país y el mundo.

Estas cuatro palabras dichas por alguien que amaba a la Argentina constituyen un mandato cuyos destinatarios no pueden ni deben dejar de cumplir.


 1. Vigencia histórica

Corría la década de 1930, cuando el pensador español José Ortega y Gasset, quien conocía a la República Argentina tanto como la amaba, formuló una exhortación, que todavía tiene vigencia, quizás en este nuevo siglo más que nunca.
La frase fue simple, un consejo de amigo quizás, pero quedó en la memoria colectiva de muchos hasta ahora: «¡Argentinos, a las cosas!».
2. Conocimiento de causa
 
Ortega y Gasset conocía bien a la Argentina y la idiosincracia de sus habitantes.
En 1916 había llegado a ese país por primera vez. Europa se desangraba en medio de una guerra en la que el ser humano mostraba lo peor de sí mismo y hasta dónde lo puede llevar el odio por el odio mismo, de lo cual dan testimonio viejos cementerios, como el de Verdún, donde descansan juntos, en un número que inspira miedo de sólo pensar en él, los enemigos de ayer.
Hoy otras guerras conmueven al mundo, y el conocer de ver hasta dónde había llegado el hombre en su degradación queda detrás del asombro cotidiano.
El pensador español, autor de libros con conceptos hoy vigentes, como «La Rebelión de las Masas» y fundador de la Revista de Occidente, estaba en tierra argentina durante la guerra civil que asolaba a su país entre 1936 y 1939, desangrando a esa nación y llevándose un millón de vidas.
Sabía bien, por lo tanto, hasta dónde puede llegar un país cuando el hermano lucha contra el hermano.
3. Una voz a escuchar
 
Se podrá discutir algún aspecto del pensamiento del gran ensayista español, pero ello no debe ser un pretexto para minimizar la importancia de esta advertencia, que hoy tiene tanta vigencia como entonces.
Un mundo en guerra, lejano entonces pero acercado por las noticias, convivía con la tragedia como hechos cotidianos. Hoy las cadenas televisivas internacionales nos muestran al instante el dolor, la muerte y el derramamiento de sangre sufridos por quienes son tan seres humanos como nosotros, aunque hablen idiomas distintos y sus colores de piel y creencias estén muy lejos de nosotros.
4. Las nuevas prioridades
 
Caminando por la calle, otras son las preocupaciones de los argentinos. Los libros están ausentes en muchos hogares, y la primera parte del apellido del ensayista trae otras asociaciones, musicales o futbolísticas.
Los ojos fijos en noticieros televisivos, en números relacionados con la economía, los hombres se agitan cada día como el atleta en una máquina corredora con cinta, con la diferencia que él tiene una meta, que es ganar, y la nuestra no aparece, al menos a simple vista.
5. No dejar pasar las oportunidades
 
Pueden pasar días, semanas, meses o años. Si nos quedamos en las palabras, siempre habrá un tema que tape a otro.
Así los argentinos estarán un día, a la vera del camino, discutiendo.
De pronto escucharán voces que se acercan; verán pasar a hombres y mujeres sonrientes, cantando, festejando y agitando banderas. Son ciudadanos de países que han pasado crisis iguales o superiores a las de la Argentina, llevando a la propia a un éxito merecido después de haberse concentrado en hacer lo que había que hacer, en el momento indicado y el lugar correcto.
Quienes están discutiendo cambiarán de tema, argumentando que la cultura de los trunfadores es distinta a la propia y que por eso no los comprenden. Se lamentarán y no faltará quien se pregunte una vez más por qué están como están.
6. Sísifo y Argentina
 
En una de sus obras, un ensayo publicado en 1942 con el título de Le Mythe de Sisyphe, Albert Camus recuerda el mito de Sísifo. Los dioses le habían dado un castigo eterno: subir una montaña cargando con una piedra, y una vez en la cima tirarla hacia abajo. Volver a subirla y así por los siglos de los siglos.
Si Sísifo fuera argentino, cargaría sus problemas llevándolos a una cima imaginaria sin resolverlos, hasta que caen y es necesario volver, fatigados, a buscarlos, para también repetir aquel mito sin resolverlos jamás. Sin embargo, Camus dice que el hombre de hoy es Sísifo feliz, «hasta que un día llega el porqué, y todo renace con esa lasitud teñida de asombro».
7. Dejar de ser Sísifo
La exhortación de Ortega y Gasset es el paso siguiente a la pregunta del porqué formulada en la mencionada obra de Camus.

Si sus destinatarios saben escucharla y obrar en consecuencia, muy probablemente la piedra no vuelva a subir la montaña en una operación eterna e inútil, sino que esta rutina se convertirá en una tarea creadora para bien de los argentinos y el resto del mundo. Alberto Auné

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