Corrientes históricas y revisionismo en la República Argentina

Autores

Domingo Faustino Sarmiento, cuestionado por unos y respetado por otros. (Fuente: http://www.wikimedia.org)

Alberto Auné

La historia más allá de la narración

Un prejuicio muy extendido limita a la historia como disciplina o materia del conocimiento, considerando que no es nada más que la narración de los hechos tal cual ocurrieron.
De esta manera se encasilla a la historia, llevándola a ser fundamentalmente una mera narración argumental, que se desarrolla de manera progresiva, a través de una sucesión de acontecimientos, sin cuestionar la forma en que estos conocimientos llegaron a nosotros, como bien señala la canción que entona el músico argentino Juan Carlos Baglietto: «Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia».
Esto se verifica no solamente en la narración de hechos históricos de Argentina o América sino en otros acontecimientos mundiales que tuvieron influencia en la civilización, mostrando la realidad de esta afirmación, ya que a menudo hay hechos que se ocultan o tergiversan y así son difundidos por voceros de una corriente política, religiosa, social o de otro aspecto de la cultura.


Historia y concepción del mundo

Además influye la visión del mundo, del país y la región que tenga el cronista del hecho, aunque el tiempo haya transcurrido. En Argentina no escriben con los mismos adjetivos los autores de historia del país José María Rosa (1906-1991), Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) o Bartolomé Mitre (1821-1906), por citar solamente algunos.
Los hechos políticos son narrados más allá de la mera crónica cuanto más cercanos son en el tiempo, como los relativos a la Guerra de Malvinas, en 1982, o a la recuperación definitiva de la democracia, en 1983, sin contar las crónicas periodísticas de acontecimientos más contemporáneos.

Historia y exégesis

Así, el historiador se transforma necesaria­mente en un intérprete, en un exégeta de los acontecimientos.
La historia que no quiera reducirse a mera crónica muda de hechos y más hechos inconexos debe interpretar ese material sin por eso desdibujar u ocultar las verdades documentales que los hechos exhiben.
Por eso se disputa en torno a la historia y sus significados. Los grandes aconteci­mientos, como el triunfo del cristianismo, las revoluciones francesa, soviética, la caída de la URSS, la primavera árabe de 2011 y la independencia de América entre otros, no pueden tan sólo ser relatados fríamente, ya que exigen, por su misma importancia, que se los interprete y se los inserte en un devenir pleno de sentido.


Corrientes de la historia argentina

Respecto en especial a la historia argentina, para averiguar cuál es su argumento de fondo, su clave interpretativa, encontramos que hay muchos instrumentos para hacerlo, de los cuales destacamos dos.
La primera sostiene que el gran argumento da la historia nacional es una suerte de eterna lucha entre la libertad y la opresión.
En esa visión la España descubridora, fundadora y colonizadora, no es precisamente la portadora de ese sentido da libertad, clave suprema de esta visión interpretativa.
Con Carlos III y las primeras señales de la aparición de un cierto iluminismo, comienza un cambio sustancial que nos lleva a la libertad, que comienza a tener una expresión visible en 1810 a través de la Revolución de Mayo.
Confirmada en el Congreso de Tucumán, con la declaración de la Independencia el 9 de julio de 1816 y en las campañas del Libertador José de San Martín va a sufrir un largo eclipse con las guerras civiles y el gobierno de Juan Manuel de Rosas, para reaparecer luego en la Batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852, con la victoria de Justo José de Urguiza sobre el Restaurador.
La etapa de la Organización Nacional sancionaría definitivaaente esa premisa de la libertad que vol­vería a sufrir nuevos eclipses a lo largo de la historia y que la ubicación partidista del histo­riador distribuye según su gusto,para endilgárselas a sus adversarios políticos.

Frente a esta escuela se levantó una segunda que buscó revisar los supuestos doctrinarios, la «clave» de la historia nacional.
Adolfo Saldías (1850-1914), Vicente Gregorio Quesada (1830-1913), Carlos Ibarguren (1877-1956), son algunos de los nombres que buscaron revisar el juicio histórico que había emitido la historia tradicional en torno a la figura de Juan Manuel de Rosas (1793-1877).
Esta corriente fue creciendo hasta que se hizo posible afirmar que el argumento clave fue la lucha de la Argentina por su Inde­pendencia frente al imperialismo; de allí la revalorización de la figura de Rosas.

Mientras la primera escuela privilegia el sentido de la libertad individual, la segunda prefiere un sentido global para la palabra «libertad», que es ante todo «Independencia», libertad del propio país, y de su Estado frente a las acechanzas del imperialismo.
En esta perspectiva se explica que el general José de San Martin, el Libertador de Argentina, Chile y Perú, haya donado su sable a Juan Manuel de Rosas, pues la libertad a defender, que quería y tenía en vista, no era simplemente la individualidad, sino la de la República Argentina frente al avasallamiento y dominio de una potencia extranjera.
No se trata, en ninguna de las dos interpretaciones, de negar los hechos fundamentales, pero se acentúa un aspecto u otro de los valores en pugna.
Así se organiza un discurso, un argumento de distinto signo según se visualice como fundamental la simple libertad personal o bien la libertad del Estado argentino respecto a otros Estados más poderosos y prepotentes respecto a naciones más débiles.


Historia, Estado y libertad

Dirimir esta cuestión no es resorte de la misma historia, sino de una disciplina más alta y especulativa: la filosofía política.
Ella nos puede ir mostrando, con argumentos convincentes, que a la larga no puede haber libertad personal sin la previa y fundante libertad del propio Estado naoional.
Solamente en una nación que realice su destino sin quedar sometida al arbitrio de las potestades imperiales, habrá garantías de una convivencia civilizada, en la que «libertad» no sea una mera palabra propagandística.
No hay pues libertad personal «en contra» del propio Estado, segregándolo en forma insolidaria del destino nacional.
A la corta esta actitud puede funcionar y tenar visos de verdad, pero a la larga se descubre su falacia.
La libertad personal se enmarca en una nación también libre pero responsable, en la que todos los ciudadanos cumplen y respetan las leyes. Esa es la verdadera libertad. Alberto Auné

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