Sepelios de Alfonsín, Yrigoyen, Balbín e Illia: homenajes a ética y conducta en la historia argentina

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Sepelio de Hipólito Yrigoyen, 6 de julio de 1933. (Fuente: http://www.wikimedia.org)

Alberto Auné

El día 2 de abril de 2009 una multitud despidió en Buenos Aires, República Argentina, los restos de Raúl Alfonsín, primer presidente de la actual democracia, en un acto que lleva a recordar otras despedidas a ex presidentes y dirigentes de la Unión Cívica Radical, histórico partido al cual él pertenecía, de los cuales evocamos algunos.

Encuentro cívico por la dignidad

El sepelio de Alfonsín fue más allá de la despedida a tan digno estadista para convertirse en un reclamo de ética, transparencia y actitud republicana a los dirigentes políticos. Participaron representantes de distintas fuerzas cívicas coincidiendo en destacar la conducta y los valores que había mantenido y defendido durante su vida el ex Presidente.

Despedidas en momentos políticos especiales

La Argentina tuvo sepelios multitudinarios de grandes personalidades y dirigentes, como los de Carlos Gardel, Eva Perón y Juan Domingo Perón, su esposo y tres veces primer mandatario de la Argentina.
Sin embargo, algunos de estos acontecimientos se produjeron en momentos especiales de la historia del país y se convirtieron en un reclamo, al ser despedidos ex presidentes y dirigentes de la Unión Cívica Radical.

Hipólito Yrigoyen

El sepelio de Hipólito Yrigoyen convocó a más de medio millón de personas. El dos veces Presidente de la Nación, siendo derrocado en su segundo mandato por el golpe de Estado del 6 de septiembre de 1930, comandado por el general José Félix Uriburu.
Falleció el 3 de julio de 1933, siendo velado durante tres días; la multitud llevó su féretro a pie hasta el cementerio de la Recoleta, en la ciudad de Buenos Aires. El líder fallecido había pedido descansar en el Panteón Radical, junto a Leandro N. Alem y los caídos en la Revolución de 1890.
Poco menos de tres años antes también una multitud había acompañado a Uriburu a la Casa de Gobierno para usurpar el poder; quizás muchos arrepentidos de aquel hecho estaban ahora pidiendo perdón a quien había sido derrocado por un ilegal golpe de Estado.
Aquel día el pueblo tuvo una mayor comprensión respecto a quien partía para siempre, su honradez y su amor a la Patria. Era tarde para reparar el mal cometido pero no para intentar recuperar las instituciones de la República, aunque los golpes militares siguieron durante el siglo XX en la Argentina.
Aquella jornada se escuchó la oración fúnebre pronunciada por Ricardo Rojas, para quien el caudillo desaparecido era el “forjador de la nueva unidad nacional, no como antes por pactos de Estados, sino por hermandad de corazones en la solidaria empresa de un mismo ideal político” y los asistentes no estaban allí “para llorar la inhumación de un anciano, sino para cantar la apoteosis de un patriarca”.

Ricardo Balbín

Otra multitud acompañó a su última morada al líder radical Ricardo Balbín el 11 de septiembre de 1981, dos días después de su muerte.
En la última etapa de su vida se acercó a Juan Domingo Perón, quien regresara al país en 1972 después de un exilio de 18 años y del cual había sido adversario político durante la presidencia de aquél, derrocado en 1955.
En su oración fúnebre frente al féretro de Perón dijo una frase digna de ser recordada, como lo ha sido: “Este viejo adversario despide a un amigo”.
El sepelio del dirigente de la Unión Cívica Radical se efectuó mientras regía Argentina un gobierno de facto, que había usurpado el poder y tenía la expectativa de permanecer mucho tiempo al frente del país; sin embargo, pocos meses después ese sueño se desmoronaría con la derrota militar argentina en las Islas Malvinas.
La multitud que acompañaba el féretro de Balbín gritaba “¡Libertad!”, un clamor que tendría su respuesta con la caída de la dictadura y el regreso definitivo de la democracia el 30 de octubre de 1983, cuando Raúl Alfonsín asumiera la Presidencia de la Nación.

Arturo Illia

El 18 de enero de 1983 falleció en Buenos Aires Arturo Illia, quien fuera presidente de la Nación, derrocado por un golpe de Estado el 28 de junio de 1966.
Durante su mandato se respetaron los derechos constitucionales y las libertades rigieron en plenitud, además de haberse producido un desarrollo económico pocas veces visto.
Tuvo una conducta y honradez ejemplares, difíciles de encontrar en otros políticos y dirigentes, habiendo muerto sin grandes recursos económicos.
En su sepelio se respiraba la democracia ya cercana, que no llegó a ver, como tampoco lo hizo Balbín; sin embargo los ejemplos de ambos perduran en la memoria colectiva.

Raúl Alfonsín, un estadista que deja un ejemplo a seguir

El primer presidente de los argentinos en la actual etapa democrática ha ingresado en la Historia por la puerta grande.
Su personalidad, una de las más importantes de la segunda mitad del siglo XX en el país, ha irradiado al continente y al mundo el mensaje de la democracia y de los valores republicanos.
Hoy América latina dejó atrás la oscura etapa de gobiernos dictatoriales gracias a su coraje cívico; su voz se levantó sin temor para denunciar injusticias cuando otros callaban, como lo demostró defendiendo en estrados judiciales a quienes vieron avasalladas sus garantías cívicas y constitucionales durante la última dictadura militar.
Su gobierno fue el primero de esta etapa democrática no sólo en la argentina sino en la región, contagiando el ansia de participación ciudadana así como en los albores de la Patria José de San Martín contagiaba la libertad a Chile y Perú, estableciendo y dando validez al estado de Derecho.
Durante la presidencia de Alfonsín, al igual que en la de Arturo Illia, funcionaron todas las instituciones, hubo plena vigencia de la libertad de prensa, instaurada luego de la larga noche de la censura, y rigió el principio de la defensa de derecho en juicio, cumpliéndose la frase de Hipólito Yrigoyen “Los hombres son sagrados para los pueblos”.

El voto responsable, un instrumento para defender la democracia

Cada uno de estos sepelios se produjo en una etapa especial de la historia argentina, en la cual la sociedad miró, más que a un partido en especial a quien pertenecían quienes fallecieron y dieron con su vida un ejemplo digno de ser seguido.
El sepelio de Alfonsín fue, como se ha señalado, un reclamo de valores éticos y republicanos que parecen a menudo brillar por su ausencia en los dirigentes políticos.
Los años posteriores al de este histórico acontecimiento piden a los ciudadanos la defensa de estos valores no con palabras o reclamos sino a través del mejor instrumento cívico: el voto.
Si en cada elección quienes emiten el sufragio ponderan la honradez, la probidad y el respecto a la palabra empeñada como elementos que lleven a inclinar el fiel de la balanza por candidatos que tengan estas virtudes, las cosas comenzarán a cambiar para bien en Argentina y en Latinoamérica.
Así, la partida de cada dirigente político o funcionario de cualquier nivel que se haya hecho merecedor del respeto de sus conciudadanos no será un motivo de reclamo de valores sino de orgullo por haber confiado en quien honrara su palabra engrandeciendo a la República Argentina, país al que tuvo el honor de servir. Alberto Auné

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