Aproximación al folklore argentino

Autores

Alberto Auné

La música no es más que uno de los aspectos de las múltiples facetas del gran fenómeno cultural que caracterizó en 1846 el inglés William Thoms con el nombre de folklore. (folklor en la definición original).

Su fuerza expansiva y su posibilidad de llegar a auditorios en todo el mundo es muy fuerte.

Las especies coreográficas son fuente principal de la música y base de la mayoría de las obras que ahora se componen y cantan: zambas, chacare­ras, chamamés, cuecas, etcétera.

Contra una generalizada opinión que las veía como resultantes del folklore español con algunos elementos aborí­genes y otros africanos, el profesor Carlos Vega ha demostrado que el origen de la gran mayoría de los bailes debe encontrarse en los salones europeos de los siglos XVI a XVIII, con su trasplante, adaptación y trans­formaciones en los medios urbanos y rurales del Nuevo Mundo.

En el canto la influencia española es más directa y decisiva; lo poco que conserva­mos en lengua indígena, en quichua, no es de origen precolombino, aunque esos versos, cuando aparecen, suelen tener un inigualable sabor america­no. La forma más difundida de la poesía al servicio del canto del pueblo es la copla española octosilábica en su versión folklórica argentina; hay coplas de carácter religioso y otras que acompañan vidalas, vidalitas, chacareras y otras formas musicales.

La recopilación más completa de coplas se debe a Juan Alfonso Carrizo (DATOS), en sus célebres Cancioneros. Tam­bién nuestro folklore registra las formas de quintilla, sextilla, seguidilla y, principalmente en la región pampeana, la décima y el contrapunto.

Baile y canto confluyen en el aspecto estrictamente musical ya que hay música para el baile, que genera luego algunas canciones y música para especies exclusivamente cantables. La conexión con España es inequívoca y no hay más vínculos con el pasado precolombino que las escalas más elementales, las tritónicas, que ha perdurado en las bagualas norteñas, y la pentatónica de algunas vidalas, huainos y carnavalitos.

En lo referente a instrumentos musicales, la guitarra es, con prosapia antigua (la introdujo Pedro de Mendoza en 1536) el instrumento predilec­to, pero hay gran variedad instrumental que responde a la gran riqueza de expresiones musicales folklóricas, como el piano de los salones y las arpas (recordemos un célebre cuadro de Mariquita Sánchez de Thompson ejecutando este instrumento cuando se entonó por primera vez el Himno Nacional Argentino en su casa), que se han batido en retirada salvo en regiones vecinas al Paraguay.

También están los violines, que pasaron a estar en retroceso; el acordeón, reemplazado por el bandoneón, entre los instrumentos universales y, entre los típicamente criollos, la familia de los llamados membranófonos, com el bombo y la caja.

Típicos instrumentos de viento indígenas son la quena, el situ y el ercke, entre otros.

Es difícil, ya lo señalamos, escuchar folklore en esta­da puro o semipuro en la actualidad. Hasta la década de 1950, la música de inspiración folklórica carecía de difusión en Buenos Aires y grandes centros urbanos, limitada a peñas y grupos de aficionados no muy numerosos, pese a las «avanzadas» de Andrés Chazarreta en 1921 y las Hermanos Díaz y Abalos en la década de 1930.

En la actualidad se escuchan muchas canciones y se graban muchos discos con el común denominador de folklore argentino, resultando difícil distinguir los elementos valiosas de los que no lo son.

No se crea folklore con el solo hecho de registrar un te­ma en la saciedad de autores local. El acercamiento a las fuentes para crear obras es precisamente el fenómeno de proyección que garantiza su conocimiento y difusión.

Luego están las infinitas posibilidades de es­tilización y refinamiento, el brindar temas apetecibles a los grandes públicos urbanos, conservando al tiempo primigenias calidades telúricas.

Esto lo han hecho varias grandes figuras y otras han acentuado el vir­tuosismo interpretativo y la unión de la música con la poesía de raíz local. Las pautas rítmicas de las canciones determinan la estrecha vin­culación entre música y letras. Es precisamente en éstas donde se han dado pasos más aventurados, al querer a toda costa hacer poesía culta o social o al intentar reflejar gustos populares excesivamente «actuales».

También la poesía reconoce, en su aporte a la música folklórica, contri­buciones de la dignidad de un Manuel Castilla, un Buenaventura Luna, un Julio Jerez, entre los autores más próximos al canto del pueblo ya fallecidos y otros entre los que viven.

Los amantes de asta música saben que su proyección auténtica nada tiene que ver con los gustos y modas de temporada. La creación anónima y colectiva del pueblo ha pasado por músicos y poetas para ser lo que muchos cantan, pero con conciencia del respeto que merecen creación y recreación y la que los espectadores deben efectuar también, conformando en su espí­ritu el fruto de esas interpretaciones donde anidan elementos indígenas, hispánicos y criollos que se traducen en nuestras folklóricas. Conciencia de lo que hay detrás de una letra y una música, se podría decir. Alberto Auné

 

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