El nacimiento del lenguaje

· Alberto Auné, psicología
Autores

Alberto Auné

El lenguaje es la expresión más inmediata del pensamiento humano, ya que las palabras expresan no solamente el conjunto de sonidos que hemos aprendido e internalizado por hábito, sino que también reflejan el grado de desarrollo psíquico e intelectual del individuo, además de su estructura tanto anatómica como fisiológica.

Constituye así una actividad adquirida que se desenvuelve y perfecciona durante toda la existencia.

El bebé recién nacido no habla con palabras como el niño o el adulto, pero se expresa a través del llanto, enunciando tanto necesidades como deseos y estados de ánimo, por ejemplo hambre, sueño, calor, frío, dolores o molestias en alguna parte del cuerpo. Cuando esto no existe el bebé duerme con calma.

Al pasar el tiempo se produce un interés por el mundo exterior, que comienza a descubrir, y las horas de sueño son menos.

Comienzan entonces los balbuceos, las miradas curiosas, el juego y las sonrisas, comenzando a emitir sílabas y preparando el nacimiento del lenguaje.

 

La conquista de la palabra

En un principio, el vocabulario del infante se amplía gracias a la copia de modelos de personas cercanas, como padres y hermanos, advirtiendo los diferentes tonos –producto de los estados de ánimo-, la expresión del rostro, la sonrisa y el enojo.

La madre, quien está más cerca de él, comprende los balbuceos incipientes.

Cuando llegan los nueve meses de edad las sílabas se funde, comenzando a formar palabras sencillas, debido a la toma de conciencia y el esfuerzo por imitar los sonidos de los mayores, con el lógico comienzo por los más fáciles.

De a poco el niño aprende a efectuar una asociación entre situaciones y objetos que tiene elementos en común, formando el grado más simple de pensamiento con limitado poder de abstracción.

A los 20 meses comienza a esbozar frases más comprensibles y de sentido casi completo, pasando a los dos años a la etapa de las preguntas sobre el porqué de las cosas.

En ese período comienza a aprender algunos modales, vestirse, higienizase, sintiéndose con una mayor sensación de independencia y de intento de conocer todo lo que lo rodea.

A partir de los porqués, aprende palabras y relaciones más que contenido, fijando imágenes y desarrollando su voluntad. También sabe que para parecerse más a los adultos, en especial sus padres, debe sustituir sus balbuceos por palabras que se asemejen a las que ellos utilizan.

A los cinco años ya el niño tiene un vocabulario propio, compuesto por unas 2000 palabras, que se irá ampliando al comenzar el proceso educativo.

En caso de asistir a un jardín de infantes esta ampliación comienza entre los tres y cuatro años de edad.

 

La visión de los padres

Desde los primeros intentos de articulación de frases comienza una larga etapa de aprendizaje para los padres, quienes deberán poner lo mejor de sí para que el niño aprenda a expresarse con claridad y corrección.

Para ello es necesario hablarle sin celeridad, buscando usar palabras sencillas y corrientes, que no tengan significados abstractos, ya que si así fuera no se asociarán a un significado concreto, creando frustración.

Esto ocurre también cuando algunos padres utilizan el mismo lenguaje que el niño sin efectuar correcciones, con la intención quizás de divertirse, pero produciendo un efecto perjudicial en el aprendizaje.

Cuando el niño pronuncia mal una palabra y no es corregido siente que lo hace de manera correcta, ya que tuvo que hacer un esfuerzo para ello; si los padres y personas cercanas lo festejan seguirá repitiéndola mal, produciendo una confusión en el pequeño.

 

El retraso en la aparición del lenguaje

Es verdad que cada individuo tiene, durante su vida, un momento en el que comienza cada etapa.

En el caso del lenguaje, aparece por lo general después de los dos años de edad. Si así no ocurriese hay que prestar atención y averiguar las razones de este retraso, si es necesario con la ayuda de un profesional.

Los motivos pueden ser por lo general fisiológicos, psicológicos o traumáticos, tanto congénitos como adquiridos.

Para indagar mejor en las causas de esta situación podemos efectuar un análisis neurológico, una evaluación psicológica mediante el uso de tests o análisis auditivos.

El ambiente familiar tiene una clara incidencia en el desarrollo precoz de la palabra, pero si es negativo puede producir un efecto retardatorio.

El niño que tiene sobreprotección o un exceso de mimos, al cual se le anticipan sus deseos antes de que pueda expresarlos verbalmente, no considerará, a partir de estos resultados, necesario expresarse verbalmente para obtener lo que quiere.

Es más; el mutismo pude ser un instrumento para despertar el interés de los padres en satisfacer los deseos del niño o para conseguir que la atención de ellos esté centrada en el infante.

Cada situación problemática así planteada requiere ser solucionada de manera individual que debe aplicar el profesional de la salud consultado en colaboración y responsabilidad compartida con los padres.

También hay defectos anatómicos, como frenillo corto en la lengua, que dificultan la emisión de algunas letras o palabras. Esto puede ser corregido mediante una cirugía, el procedimiento más rápido e inocuo. Alberto Auné

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