Rubén Vela, poeta de América

Autores

Alberto Auné

Una larga permanencia en Bolivia, determinada por su carrera diplomática, acercó al poeta Rubén Vela, de la provincia de Santa Fe (Argentina), a uno de los corazones más vitales y auténticos de América.

Al contacto del paisaje y de las gentes del Altiplano sintió la necesidad de que su esfuerzo poético se sumergiera en esas aguas ancestrales que vienen desde antes de la Conquista y que están en el aire, como testigos intemporales, en cada una de nuestras naciones, de prosa­pia europea e india.

Nació así el libro Radiante América, en 1958, ilustrado con xilogra­fías del artista riojano Leopoldo Torres Agüero. Publicó luego Poemas indianos (1960), Poemas americanos (1963), Poemas australes (1965) y la carpeta con litografías de Daniel Zelaya América.

En esos y en sus otros libros -publicados ora en La Argentina, ora en Brasil, o en España o en Alemania — el tema americano tiene una vigencia permanente.

Muchos de esos poemas se asocian formalmente a os haikus, poemas breves japoneses, “antiretóricos y sintéticos”, según Juan Jacobo Bajarlía, quien cree que “el poeta los presenta desnudos de hoja­rasca, reducidos a su esquema significativo, que es también emocional”.

Veamos algunos ejemplos en poemas breves de Vela, llamados América:

­

 

Un ropaje de incendios

festejando

el comienzo del maíz

su amor secreto.

Allí, la tierra dio frutos

y el sol, hombres dorados.

Y una mujer y su ardiente camarada

trasvasaron el agua de diamantes

que corre de una a otra vena.

 

Mi voz viene de adentro,

de lo interior del alma

y no tengo vergüenzas.

 

El viento de las rocas, para quien el hombre es un desconocido;

su furiosa soledad sin medidas.

¿Cómo era, patria de mi patria,

antes de llamarte América?

 

Dice Delfín Leocadio Garasa sobre la poesía de Rubén Vela:

“América revive en las voces escondidas dentro de sus ídolos le piedra y en sus altares, en dioses en quienes sus adoradores quisieron perdurar. Ya se presenta en un cuadro tropical de sórdida indigencia, ya en la permanencia inconmovible de sus anhelos o en soles abrasadores que trasponen las arbitrarias demarcaciones de tiempo e iluminar con su fulgor el futuro. Todo en Rubén Vela retrotrae el soplo engendrador del demiurgo en cuya mente anida desde siempre el diseño de su naturaleza palpitante”.

La imagen del pájaro y las remembranzas de leyendas vernáculas afloran en todos esos poemas:

 

Canta, pájaro de la noche, que

soy inmortal.

Que tengo una sola muerte y luego

no moriré jamás.

Viviré en la eternidad de América.

Pájaro sobre piedra.

El nacimiento de América,

 

Inti Poma, el casto; Quispe, el juez; Huanca, el viejo llagado tanbién el profeta; Chura, enterrador; Huáscar Xuna, matemático, son algunos de esos personajes de leyendas precolombina que aparecen en la prosa poética de sus Vidas indianas.

Este ultimo, el matemático, “enseñó la existencia de ciento ochenta y tres mundos diferentes colocados dentro de un triángulo equilátero contenido en una esfera. Entendió la propiedad de los átomos y su principio único multiplicado por partes infinitas que mutuamente se sostienen, formando la materia de la cual están compuestas todas las cosas. La violencia y rapidez de una enfermedad misteriosa lo llevo a la tumba cuando intentaba definir la naturaleza aleatoria del Número que gobierna la tan particular relación existente entre Dios y los hombres”.

Para Francisco Tomat-Guido, la obra de Vela abre a las perspectivas vanguardistas de nuestra hora, de recuperación, para nuestra Argentina, de sus auténticas y desgraciadamente relegadas dimensiones americanas.

Belia Jozef, desde la Universidad de Río de Janeiro (Brasil), escribió que los poemas de ese autor “están llenos de significación humana y social. Supo transformar su experiencia americana en arte mundialmente válido y actual. En el centro de su problemática se yergue el destino del hombre, sus angustias y miedos, su amor como plenitud y comunicación”.

Leopldo Azancot, desde Madrid, sostuvo que para un español o un sudamericano el momento “en que consigue asumir el pasado de su pueblo sin negar el futuro de ese conjunto más visto en que su pueblo se inserta, Occidente, es el momento de su madurez”. Alberto Auné

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