La poesía argentina y la revista «Martín Fierro»

Autores

Alberto Auné

El crítico literario, ensayista, lingüista y poeta nacido en la República Dominicana Pedro Henríquez Ureña (1884-1946) escribió sobre la poesía argentina

 

«La inauguración oficial de la poesía contemporánea en la Argentina es la publicación de Prosas profanas de Rubén Darío, en Buenos Aires en el año 1896. Darío representa entonces el ala revolucionaria de la literatura en todo el idioma castellano».

Son luego Leopoldo Lugones (1874-1938) y Enrique Banchs (1888-1968) quienes nos permiten entrar en la acción prevanguardista en el decenio 1910-1920 en el que, siguiendo las huellas de Lunario sentimental y La urna con los que aquéllos habían clausurado la década precedente, aparecen Las iniciales del misal, de Baldomero Fernández Moreno (1886-1959), con su nota sencillista de vasto eco, y El cencerro de cristal, de Ricardo Güiraldes (1886-1927).

La gran poetisa Alfonsina Storni (1892-1938) expresó en 1916:

«Cuando empecé a escribir, se advertían los últimos resplandores de Rubén Darío. En nuesro medio, Fernández Moreno les pasaba el borrador».

Desde 1920 la revolución poética queda a cargo del ultraísmo, acaudillada por Jorge Luis Borges (1899-1986), quien junto con Fernández Moreno, según el poeta José González Carbalho (1901-1957) «alteran el orden público establecido» y «son el punto de referencia de dos generaciones su­cesivas».

Los principios básicos del ultraísmo, según Borges, eran: 1) reducción de la lírica a su elemento primordial: la metáfora; 2) tachadura de las frases medianeras, los nexos y los adjetivos inútiles; 3) abolición de los trebejos ornamentales, el confesionalismo, la circunstanciación, las prédicas y la nebulosidad rebuscada; 4) síntesis de dos o más imágenes en una, ensanchando de ese modo su facultad de sugerencia.

Un ejemplo de esta orientación lo ofrece el poema Campos atardecidos, que figura en el primer libro de este autor, Fervor de Buenos Aires, publicado en 1923:

 

El poniente de pie como un Arcángel

tiranizó el camino.

La soledad poblada como un sueño

se ha remansado alrededor del pueblo.

Los cencerros recogen la tristeza

dispersa de la tarde. La luna nueva

es una vocecita desde el cielo.

Según va anocheciendo

vuelve a ser campo el pueblo.

El poniente que no se cicatriza

aún le duele a la tarde.

Los trémulos colores se guarecen

en las entrañas de las cosas.

En el dormitorio vacío

la noche cerrará los espejos.

 

 

El ensayista, poeta y crítico literario y de arte español Guillermo de Torre (1900-1971), sostuvo que la proyección argentina del ultraísmo era la más importante después de la española.

El profesor y escritor argentino Emilio Carilla (1914-1955) expresó:

«Hoy podemos afirmar que el ultraísmo argentino (con este nombre o con otro) fue el más importante, sin negar prioridad cronológica añ español y sin precisar ahora en qué consiste su valor efectivo».

Entre las revistas que reflejaron el movimiento renovador podemos señalar:

Prisma: publicación mural aparecida en 1921, publicada por Jorge Luis Borges (1899-1986), Guillermo Juan (1906-1966), Eduardo González Lanuza (1900-1984), Francisco Piñero y Norah Lange (1905-1972), con grabados de Norah Borges (1901-1998).

Los propios autores pegaban los ejemplares en las paredes de las calles de Buenos Aires.

Inicial: publicación fundada en 1923 por Roberto Ortelli, Alfredo Brandán Caraffa (1898-1978), Roberto Smith y Homero Guglielmini. Tuvo aparición irregular.

Proa: fundada en 1924 por Jorge Luis Borges, Alfredo Brandán Caraffa, Ricardo Güiraldes (1886-1927) y Pablo Rojas Paz (1896-1956).

Hubo una predecesora con igual nombre, de 1922, de la que solamente se editaron tres números.

La editorial que se llamó de igual manera estaba estrechamente vinculada con la revista, que reapareció casi seis décadas después, dirigida entonces por Borges y Alfredo Brandan Caraffa (1898-1978).

Valoraciones: esta revista se editó en La Plata.

De forma contemporánea al ultraísmo surgió en Buenos Aires un grupo neorrealista, llamado escuela de Boedo, que se consagró a la narrativa más que a la poesía.

Es también una escuela vanquardista, pero que prefiere volcarse hacia la vida, oponiendo el nombre de Boedo, calle de un barrio obrero y popular que lleva el nombre de esa arteria, a Florida, una calle entonces lujosa y cosmopolita y más adelante con altibajos debido a cambiantes situaciones económicas en la Argentina, que reunía a los cultores del ultraísmo.

Aparecen así dos grupos: Boedo y Florida, que reivindican, cada uno para sí, mayor carga revolucionaria.

El grupo de Boedo consagra sus esfuerzos principalmente al tema de la ciudad. Así Gustavo Riccio (1900-1927) con Un poeta en la ciudad, Alvaro Yunque (1889-1982), Leónidas Barletta (1902-1975), Raúl González Tuñón (1905-1974) con El violín del diablo y Nicolás Olivari (1900-1966), entre otros, tienen esta orientación respecto a la literatura.

Olivari, según César Fernández Moreno (1919-1985), es el más representativo de la escuela y también el más intenso y original.

La amada infiel, La musa de la mala pata, El gato escaldado, Diez poemas sin poesía, Los poemas rezagados y Los días tienen frío constituyen lo fundamental de su obra.

Alberto Mariani afirmó:

 

«El ultraísmo, o lo que sea, amenaza desterrar de su arte puro elementos tan maravillosos como el retrato, el paisaje, los caracteres, las costumbres, los sentimientos, las ideas, etc. Es una desventaja y una limitación».

 

Nicolás Olivari ratifica en un poema esta declaración:

 

Hay poetas que son tristes por oficio

y hay otros que lo son porque no son nada.

Yo tengo una tristeza sin vuelta de hoja,

una tristeza fundamental,

que ensucia las paredes de lo que se llama sentimiento

y se ensaya en el amor,

mi tristeza es una muchacha con delantal

en la tristeza definitiva del corredor

de una casa de departamentos.

 

 

Para los seguidores de Florida, los de Boedo eran artísticamente reaccionarios.

Oliverio Girondo (1891-1967) escribió al respecto:

 

«Bajo la virulencia izquierdista todos y cada uno de ellos pertenecen a la extinta derecha literaria, por su apego al más candoroso y trasnochado naturalismo».

 

Ambos grupos marcharon hacia la fusión, que se dará con el grupo de 1940, compuesto por Vicente Barbieri (1903-1956), Juan W. Wilcock (1919-1978) y César Fernández Moreno (1919-1985), entre otros.

Boedo no constituyó una escuela literaria, sino un grupo cuyas inquietudes excedían el ámbito literario.

Se reunió bajo un signo editorial dirigido por Antonio , Zamora, quien había nacido en España en 1896 y falleció en Buenos Aires en 1976, quien fundara el 20 de febrero de 1922 la Editorial Claridad.

Fue militante socialista y difundió a través de ese sello a muchos autores que presentaron ideas políticas y sociales adelantadas para la época.

Una de las figuras más importantes que surge de Boedo fue el novelista, dramaturgo, cuentista, periodista e inventor Roberto Arlt (1900-1942).

En febrero de 1924 apareció en Buenos Aires el primer número de Martín Fierro, periódico que trajo a la literatura un ostensible impulso renovador.

El docente y escritor Emilio Carilla (1914-1955) escribió sobre esta publicación:

«El renombre de Martín Fierro no se apoya en una vida larga, sino en su espíritu innovador, batallador y hasta en su intencionada fama de «cuco» satírico. También, conviene no olvidarlo, en algunas creencias valiosas que se manifiestan a través de sus páginas».

Martín Fierro publicó 45 números, cifra superada en cuanto a revistas culturales solamente por Nosotros y Sur. Acuñó también la expresión «martinfierrismo», para referirse al espíritu que animaba a sus propulsores.

La precedieron algunos conatos que, al margen de su programa y su espíritu renovador, coincidieron en la denominación; el primero fundado en 1876, otro de 1904 y otro en 1919, con el que sí existía alguna vinculación que permitió definir como «segunda época» la iniciada en 1924.

En el número 4 de la publicación, aparecido el 15 de mayo de 1924, apareció su Manifiesto, redactado por Oliverio Girondo, aunque no lleva su firma.

Sus puntos más difundidos dicen:

 

«Frente a la impermeabilidad hipopotámica del ‘honorable público’.

Frente a la funeraria solemnidad del historiador y del catedrático, que momifica cuanto toca.

Frente al recetario que inspira las elucubraciones de nuestros más ‘bellos’ espíritus y a la afición al anacronismo y al mimetismo que demuestran.

Frente a la ridícula necesidad de fundamentar nuestro nacionalismo intelectual, hinchando valores falsos que al primer pinchazo se desinflan como chanchito.

Frente a la incapacidad de contemplar la vida sin escalar las estanterías de las bibliotecas.

Y sobre todo frente al pavoroso temor de equivocarse que paraliza el mismo ímpetu de la juventud, más anquilosada que cualquier burócrata jubilado.

Martín Fierro siente necesidad imprescindible de definirse y de llamar a cuantos sean capaces de percibir que nos hallamos en presencia de una Nueva sensibilidad y de una Nueva comprensión que, al ponernos de acuerdo con nosotros mismos, nos descubre panoramas insospechados y nuevos medios y formas de expresión».

 

En un número posterior, de octubre-noviembre de 1924, su director (redactor ya en el de 1919), Evar Méndez, decía:

 

«En las filas del qrupo figura la gran mayoría de los valores de avanzada intelectual con que cuenta actualmente el país; todos los más notables poetas argentinos; los mejores prosistas nuevos; los representantes de las ideas más modernas en cuestiones científicas y filosóficas; los creadores de nuevas formas y normas estéticas y filosóficas; los revolucionarios en literatura y artes plásticas, en o ; en oposición al espíritu reaccionario conserva­dor…».

 

Los integrantes del grupo Boedo no se consideraron muy representados por la nueva revista, pero no omitieron dejar la huella de alguna colaboración, como lo señalara Oliverio Girondo:

 

«Conviene sub­rayar que entre los primeros colaboradores de Martín Fierro figuran algunos de los que constituían ese grupo como Nicolás Olivari, Santiago Ganduglia, Enrique Amorim y el mismo Mariani y que a pesar de ocasionales reincidencias o algún epitafio lapidario, las asperezas se atenúan hasta desvanecerse por completo».

 

Por las páginas de Martín Fierro asaron firmas ilustres, algunas de las cuales se estrenaron en ellas.

Una lista no exhaustiva incluye los siguientes nombres:

Jorge Luis Borges, Macedonio Fernández, Oliverio Girondo, Eduardo González Lanuza, Ricardo Güiraldes, Leopoldo Marechal, Pablo Rojas Paz, Evar Méndez, Ricardo Molinari, Francisco Luis Bernárdez, Francisco Piñero, Sergio Piñero (h), Alberto Prebisch, Xul Solar, Enrique Amorim, Norah Lange, Norah Borges, Hipólito Carambat, Ernesto Palacio, Conrado Nalé Roxlo, Ricardo Molinari, Cayetano Córdoba Iturburu (luego Córdova Iturburu), Pedro Juan Vignale, Jacobo Fijman, Sandro Piantanida, Alfredo Brandán Caraffa, Enrique Bullrich, Nicolás Olivari, Carlos Mastronaradi, Santiago Ganduglia, Antonio Vallejo, Raúl Scalabrini Ortiz, Ildefonso Pereda Valdés, Lisardo Zía, Roberto Ortelli y Eduardo Mallea.

Difundió también escritores extranjeros como Valéry Larbaud, Jules Supervielle, Jean Giraudoux y Rainer María Rilke.

El periódico intentó adoptar una postura apolítica y en buena parte lo logró, aunque ya en el primer número aparece una declaración del peruano desterrado Víctor Raúl Haya de la Torre y luego un artículo en defensa del autor español Miguel de Unamuno, enfrentado entonces con Miguel Primo de Rivera.

La política tuvo mucho que ver con el fin del periódico, ya que, proclives algunos de sus redactores a la candidatura de Hipólito Yrigoyen a la Presidencia de la Nación, su director, Evar Méndez, resolvió suspender la publicación. El número 46, ya en prensa, no llegó a aparecer.

Un tema de coincidencia entre los escritores martinfierristas era el ataque al rubenismo, caracterizado entonces por Bargas como «nuestra añoranza de Europa» que, según sostuvo, «fue un largo adiós que rayó el aire del Atlántico, fue un sentirnos extraños y descontentadizos y finos», pues eran «tiempos n que Lomas de Zamora versificaba a Chipre y en que solemnizaban los mulatos acerca de Estambul, se descompuso para dicha de todos» y ahora «queda su eternidad en las antologías; quedan muchas estrofas de Rubén…».

Evar Méndez ratificaba:

 

«Pero, más que todo lo publicado en periódicas, libros y tribunas, Martín Fierro, su grupo, actuó como centro polarizante y su acción galvanizó eñ espíritu renovador de ia juventud. Fruto de su actividad es no sólo que ésta dejara lejos loa últimos resabios de la escuela rubendariana y del pseudo simbolismo sudamericano…».

 

Algunos martinfierristas atacaron por sus ideas políticas a Leopoldo Marechal y satirizaron a sus seguidores. Pero, en general, imperó el mayor respeto por el gran poeta y, en todo caso, el autor de Las montañas del oro tiene una presencia que ningún otro autor argentino iguala en sus opiniones y reflexiones martinfierristas.

Mariani, presto siempre a la censura veloz de toda posición a su juicio impopular o deshumanizada, acusa de inmediato:

 

«Hay un pecado capital en Martín Fierro: el escandaloso respeto al maestro Lugones. Se lo admira en todo, sin reservas; es decir, se le adora como prosista, como versificador, como filólogo, como fascista…».

 

Otros, como Leopoldo Marechal, desde las mismas páginas de la revista alzaban su voz desafiante al magisterio lugoniano:

 

«Pues bien, yo desafío a Lugonss y a cualquier versificador, en todo metro y formas conocidos; se adhieren a ete desafío todos los versolibristas de Martin Fierro (Filípica, agosto 1926, número 32).

 

El juicio contra escritores argentinos suele ser condenatorio, incluso para figuras que pasaron por las páginas de la revista, como Manuel Gálvez (1882-1962).

Al publicarse Zogoibi, de Enrique Larreta, en 1926, aparecieron, curiosa­mente, críticas entusiasmadas con la novela y luego otras totalmente negativas.

Martín Fierro, expresión de apasionamientos no siempre justicieros, conserva el prestigio de su espíritu renovador que, incuestionablemente, supo infundir a las letras argentinas. Alberto Auné

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