Juan Carlos Onetti, maestro uruguayo de las letras

· Alberto Auné, arte, libro, literatura, Uruguay
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"Retrat de l'escriptor Juan Carlos Onetti (1909-1994)".png

Retrato de Juan Carlos Onetti, por Nuria nml – Own work, CC BY-SA 3.0. (Fuente: http://www.wikimedia.org)

 

Alberto Auné

Juan Carlos Onetti, nacido en Montevideo, en 1909 y fallecido en 1994, es el gran narrador de la vida en los interiores de las dos grandes urbes rioplatenses, la suya natal y Buenos Aires.

Sus personajes son seres solitarios arrojados a la hostilidad de los grandes conjuntos urbanos que son como «ciudades abiertas» a las que se refiere afirmando que en «una ciudad abierta, todo lo barre el viento, nada se guarda, no hay pasa­do».

Tratamos en estas líneas una aproximación a su producción en una etapa de su vida, hasta la década de 1980, de arte de la escritura, en la que dio a conocer grandes obras.

Como periodista, en Montevideo, utilizó el seudónimo de Periquito el Aguador.

Con el nombre de Propósitos de año nuevo escribió One­tti en 1939 estas reflexiones en el semanario Marcha:

 

«Pensemos en esta realidad pavorosa: los mismos nombres que formaban la van­guardia de nuestras letras en 1930 aparecen en el 40 ocupando idén­tico sitio, haciendo las mismas cosas. Y llegará el 50 y estarán allí y publicarán e] mismo libro cada año con distinto título».

 

Además, afirmó:

 

«La meditación hecha, usurpamos el lenguaje incomparable de los avi­sos de las compañías de seguros y anexos, llenamos nuestros pulmones y hacemos un llamado a los jóvenes ambiciosos, enérgicos, activos, que deseen labrarse un excelente porvenir. Hay que hacer una litera­tura uruguaya: hay que usar un lenguaje nuestro para decir cosas nuestras. Ya no sirve imitar la estética de Fulano, porque Fulano lleva la ventaja de estarla imitando hace diez años y Fulana veinte.

Que cada uno busque dentro de sí mismo, que es el único lugar donde puede encontrarse la verdad y todo ese montón de cosas cuya persecución, fracasada siempre, produce la obra de arte. Fuera de nosotros no hay nadie. La literatura es un oficio: es necesario aprenderlo, pero más aún, es necesario crearlo.

El que no escribe para los amigos, a la amada o a su honrada fami­lia: el que escribe porque tiene la necesidad de hacerlo, sólo podrá expresarse por una técnica nueva, aún desconocida. Una manera que acaso no alcance totalmente nunca pero que no es la de Zutano ni la de nadie. Es o será la suya. Pero no podrá tornarla de ninguna li­teratura ni de ningún literato, no podrá ser conquistada fuera de uno mismo. Porque está dentro de cada uno de nosotros: es intransferible, única, como nuestros rostros, nuestro estilo de vida y nuestro drama. Sólo se trata de buscar hacia adentro y no hacia afuera, humildemente, con inocencia y cinismo, seguros de que la verdad tie­ne que estar en una literatura sin literatura y, sobre todo, que no puede gustar a los que tienen hoy la misión de repartir elogios, consagraciones y premios».

Signadas con estas premisas, que también impulsaron a otros jóvenes autores a tomar una senda parecida, fueron apareciendo, en Montevideo y en Buenos Aires -ciudad donde ha residido largamente- las novelas de Onetti: El pozo (1939), Tierra de nadie (1941), Para esta noche (1943), La vida breve (1950), Los adioses (1954), Una tumba sin nombre (1959), El astillero (1961), Juntacadáveres (I965), Tiempo de abrazar (1974), Dejemos hablar al viento (1979)  y otras más, posteriores a esos años, todas un legado importante de arte y prosa.

En ellas, los personajes solitarios develan su problemática, ambientados por la sordidez, orientados hacía adentro de sí mismos.

El propio lenguaje contribuye a crear un clima de pesadilla. Acerca de La vida breve escribió el escritor, ensayista y docente universitario Enrique Anderson Imbert (1910-2000):

 

«Parece escrita con una prosa turbia y pastosa: pas­ta de lengua con grumos mentalmente traducidos de literaturas ex­tranjeras».

 

También este autor conviene en que el gran autor uruguayo es «el malhumorado Onetti, el novelista de las sinrazones de la vida en una ciudad del Sur».

En esa novela, La vida breve, para algunos su obra cimera, el tema es la ausente iden­tidad del hombre.

Las escenas se reiteran y modifican como posibi­lidades pues «se puede vivir muchas veces muchas vidas más o menos largas» y los sueños son también otra forma de realidad.

La falta de salidas valederas obliga a los personajes a largas y obsesivas soledades que no tienden a la meditación:

 

«Pero los tres días de mal tiempo llegaron cuando yo estaba todavía en Buenos Aires; olvi­dé la farsa de la agencia de publicidad y estuve en casa todas las horas posibles, contemplando el aire gris, el charco de agua que crecía junto al balcón mal cerrado, sintiendo cómo la soledad iba extendiéndose dulcemente nacía el momento en que me obligaría a mirarme, aislado, desnudo y sin distracción, en que me ordenaría actuar y convertirme mediante la acción en cualquier otro, en un tal vez definitivo Arce que no podía conocerse de antemano».

 

Onetti se inició literariamente como cuentista, en 1933. Más adelante reunió algunas narraciones en el libro Un sueño realizado, en 1951.

Compilados por Jor­ge Ruffinelli aparecieron en Buenos Aires en 1981 sus «Cuentos com­pletos», que abarcan desde Avenida de Mayo – Diagonal – Avenida de Mayo, el relato inicial, hasta Matías el telegrafista, ddel año 1970.

En su obra este gran narrador ha desarrollado un mundo literario que le es propio, que se ha venido afirmando en el mismo sentido que sus novelas, creando criaturas que sufren y sueñan, que, primordialmente, padecen, el encierro de la vida.

Con razón apunta en ese último libro Ruffinelli que Onetti marca una excepción en las le­tras, señalando que no es posible encontrar «aun en sus cuentos aparentemente más escabrosos, una sola descripción sexual, una manifestación de la violencia individualista, o cualquiera de esos otros exhibicionismos estridentes de los que no se ahorra una sola página en prosa de la literatura actual. El pudor de Onetti ante el tema sexual lo orienta y lo conduce siempre a la literatura, en el mejor sentido: unas veces al simbolismo, otras a la narración velada, indirecta, de resonancia, otras, al fin, a una suerte de exaltación poética del hecho físico».

Luego de estas obras, el gran escritor siguió incansable dejando más producción y testimonios que son un legado para uruguayos y para todos los amantes de la literatura. Alberto Auné

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