Esteban Echeverría, introductor del romanticismo literario en el Río de la Plata

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File:EstebanEcheverria.jpg

Esteban Echeverría. Retrato.m 1874 Autor: Ernest Chanton (1816-1877). (Fuente: http://www.wikimedia.org)

 

Alberto Auné

El Río de la Plata recibió al romanticismo literario, triunfante en Europa desde la difusión del pre­facio de Cronwell, del escritor francés Victor Hugo (1802-1885), con más entusiasmo que otras latitu­des americanas.

Fue un elemento decisivo en tal actitud la obra de Esteban Echeverría, nacido en Buenos Aires en 1805 y quien, radicado en París desde los veinte años de edad, pudo asistir al triunfo del drama de Hugo en París en diciembre de 1827.

Al año siguiente el autor también francés Charles Augustin Sainte-Beuve (1804-1869) publicó el Cuadro histórico y crítico de la poesía y del teatro franceses en el siglo XVI y su par Emile Deschamps de Saint Amand (1791-1871) dio a conocer los Estudios franceses y extranjeros, que contribuyen a dar personalidad al nuevo estilo, como auténticos manifiestos.

En los años en que Echeverría permaneció en Francia -hasta 1830- apa­recieron libros de Alphonse de Lamartine (1790-1869), Alfred de Musset (1810-1857), Alfred de Vigny (1797-1863), etcétera.

El argentino los leyó y también lo hizo con la obra de los precursores románticos alemanes e ingleses, así como la escuele historicista alemana, desde Johann Gottfried Herder (1744-1803) hasta Friedrich Karl von Savigny (1779-1861), quienes despertaron entre otros autores su interés.

Convencido de las ventajas del liberalismo político, volvió a su tie­rra con tales ideas y, otro aporte romántico, con la convicción de que había que escribir algo que se vinculara con lo autóctono.

Poema de inspiración limitada, Elvira o la novia del Plata (1832) es quizás la primera obra romántica de América. A este trabajo siguieron otros dos, que completan su trilogía poética: Los consuelos (1834) y Rimas, publicado en 1837.

Al presentar Los consuelos decía Echeverría:

 

«La poesía entre nosotros aún no ha llegado a adquirir el influjo y prepotencia moral que tuvo en su antigüedad y que hoy goza entre las cultas naciones europeas; preciso es, si quiere conquistársela, que apa­rezca revestida de un carácter propio y original, y que reflejando los colores de la naturaleza física que nos rodea sea, a la vez; el cuadro vivo de nuestras costumbres y la expresión más elevada de nuestras ideas dominantes, de los sentimientos y pasiones que nacen del choque inme­diato de nuestros sociales intereses y en cuya esfera se mueve nuestra cultura intelectual. Sólo así, campeando libre de los lazos de toda ex­traña influencia, nuestra poesía llegaré a ostentarse sublime como los Andes; peregrina, hermosa y varia en sus ornamentos como la fecunda tie­rra que la produzca».

 

 

Cuando Echeverría publicó su más famoso poema: La Cautiva. por vez primera se pintaron el desierto, la infinitud de la llanura y el enfrentamiento entre el indio y la civilización, a través de personajes de poco vigor psicológico, superficialmente encarados, al servicio de una idea romántico-paisajista y de un espíritu descriptivo con algunos instantes poéticos muy rescatables, pero sin gran altura.

El mismo Echeverría, que con su hermano explotaba un establecimiento rural, llamado “Los Talas” y ubicad entre las actuales ciudades de Luján y San Andrés de Giles, conocía la pampa de cerca.

Según el historiador y crítico Juan María Gutiérrez (1809-1878), la estancia era modelo por su corto capital y suma inteligencia aplicada a la empresa.

Al respecto expresó:

 

 

«Por los senderos de aquel bosque paseaba nuestro amigo su melancolía y sus sueños la mayor parte del día, resolviendo en la mente el mundo de sus ideas, fraguando sus poemas y dialogando con su corazón sobre cosas pasadas y misterios del porvenir”.

 

 

Echeverría reconoció que su principal designio, en el poema que se haría célebre, había sido pintar algunos rasgos de la fisonomía poética del desierto. Gutiérrez sostiene al respecto:

 

 

«(…) y para no reducir su obra a una mera descripción, el autor ha colocado, en las vastas soledades de la pampa, dos seres ideales o dos almas unidas por el doble vínculo del amor y del infortunio. El suce­so que poetiza, si no es cierto, al menos entra en lo posible; y como no es del poeta cantar menuda y circunstanciadamente a guisa de cronista o novelador, ha escogido, sólo para formar su cuadro, aquellos lances que pudiesen suministrar más colores locales al pincel de la poesía; o más bien ha esparcido en torno de las dos figuras que lo componen algunos de los más peculiares ornatos de la naturaleza que las rodea. El desier­to es nuestro más pingüe patrimonio, y debemos poner conato en sacar de su seno no sólo riqueza para nuestro engrandecimiento y bienestar, sino también poesía para nuestro deleite moral y fomento de nuestra literatu­ra nacional».

 

 

En ese marco se desarrolla el drama de Brian y María. Son ya inolvidables los versos iniciales:

 

 

Era la tarde, y la hora

En que el sol la cresta dora

De los Andes. El Desierto

Inconmensurable, abierto

Y misterioso a sus pies

Se extiende; triste el semblante,

Solitario y taciturna

Como el mar, cuando un instante

Al crepúsculo nocturno

Pone rienda a su altivez.

 

 

En el sosegado ambiente irrumpe el malón en la literatura argentina:

 

 

Entonces, como el ruido

Que suele hacer el tronido

Cuando retumba lejano,

Se oyó en el tranquilo llano

Sordo y confuso clamor;

Se perdió… y luego violento,

Como baladro espantoso

De turba inmensa, en el viento

Se dilató sonoroso,

Dando a los brutos pavor.

 

Bajo la planta sonante

Del ágil potro arrogante

El duro suelo temblaba,

Y envuelto en polvo cruzaba

Como animal tropel,

Velozmente cabalgando;

Veíanse lanzas agudas,

Cabezas, crines ondeando,

Y como formas desnudas

De aspecto extraño y cruel.

 

 

En La cautiva hay otras descripciones originales, como el ombú y el pajo­nal, además de, como dice Enrique Williams Alzaga, mucho de pompa teatral, de luz de candilejas.

Pero es el primer autor argentino a quien debemos un fresco grandioso de la naturaleza sudamericana.

El pintor y dibujante alemán Johann Moritz Rugendas, más conocido como Mauricio Rugendas (1802-1858), amigo de Echeverría y de Domigo Faustino Sarmiento, inmortalizó en va­rias obras al personaje femenino del poema.

Juan María Gutiérrez subrayó también el americanismo novedoso que traía a las letras Echeverría.

Como prosista, sin embargo, alcanza nuestro autor tal vez su mayor vuelo literario.

El matadero es una perla en un ambiente en el que casi no había cuentistas. Echeverría es una excepción a medias ya que su célebre obra es más que un cuento, por sus varios asuntos, pero también menos, ya que faltarían la trama y conducción del relato unitario.

Pero sedestaca, sin duda, por su sarcasmo, pasión, truculencia, plastici­dad y otros valores infrecuentes.

Hay algunas historias completas (el muchacho vejado por los federales) y otras que pudieran serlo: el toro que se escapa del matadero, seguido de un tropel infernal aterrando a la población y al in­glés que, cayendo de su caballo, queda sumido en el pantano; el niño que, enhorquetado en un palo de corral, pierde su cabeza como de un sablazo al ser cortada por un lazo desprendido del asta del toro.

El ambiente en sí puede constituir otro relato «de situación» o un poderoso aguafuerte.

Esteban Echeverría, quien falleció en Montevideo en 1851, desterra­do durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, tuvo una permanente inquietud política y fue columna vertebral de la Joven Argentina o Asociación de Mayo, constituida en 1838, que hizo oír el ideario romántico acompañado del credo liberal.

De allí salieron au­tores tan importantes como Domingo Faustino Sarmiento, Juan Bautista Alberdi y Bartolomé Mitre.

En Dogma socialista y en Ensayo filosófico sobre fondo y forma en las obras de la imaginación Echeverría hace expresa fusión de ambos idearios. Dice en la segunda de estas obras:

 

 

«El espíritu del siglo lleva hoy a todas las naciones a emancipar­se, a gozar de la independencia, no sólo política sino filosófica y lite­raria; a vincular su gloria no sólo en libertad, en riqueza y en poder sino en el libre y espontáneo ejercicio de sus facultades morales y de consiguiente en ib originalidad de sus artistas… Debemos, antes de po­ner manos a la obra, saber a qué atenernos en materia de doctrinas lite­rarias y profesar aquellas que sean más conformes a nuestra condición y estén a la altura de la ilustración del siglo y nos trillen el camino de una literatura fecunda y original”.

 

 

La vigencia de Esteban Echeverría no ha cesado. Los totalitarismos de cualquier signo siguen a la espera de descuidos en la democracia para atacar las instituciones y la República. Releerlo es una obligación para evitar el regreso de tiempos aciagos. Alberto Auné

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