Incendios forestales en Argentina: aumentar su prevención

Autores
Alberto Auné
Las reservas forestales constituyen uno de los activos más importantes de un país.

En la República Argentina su ubicación a principios del siglo XXI era, entre otros lugares, las provincias de Salta, Jujuy, Misiones y Formosa, además de las ubicadas en la zona cordillerana desde Neuquén hasta el canal de Beagle, a las que deben sumarse las ubicadas en extensos territorios del litoral mesopotámico, además de las llanuras pampeanas, entre otras.

Esas zonas son aptas para el desarrollo de masas forestales, pero a menudo las tienen ya en forma natural, sin la intervención del hombre.

Dada su ubicación geográfica longitudinal, la Argentina contaba en le época mencionada con bosques situados en todas las zonas climáticas, partiendo del Trópico de Capricornio hasta el Paralelo 54.

Estas masas boscosas participan de áreas ecológicas distantes; cada una de ellas se distingue por su especial flora y la gran variedad de fauna.

Otro aspecto importante es la coparticipación con la selva brasiliensis, con gran presencia del pino Paraná; en la selva tucumano-boliviana la se destaca el quebracho colorado; no olvidemos los bosques xerófilos y mesopotámicos, así como el caldenal puntano-pampeano y los bosques subandinos.

Cada una de estas zonas geográficas tiene diferente vulnerabilidad respecto al ataque del fuego.

Varios de estos bosques han sido dañados por incendios, muchas veces provocados por el hombre.

Apagar un incendio de bosques suele ser tarea ardua, además de onerosa, y no sólo económicamente, pues las alteraciones ecológicas pueden ser irreversibles.

 

La solución

Existe un método que puede evi­tar estas consecuencias: la prevención, ya que como en el viejo dicho de la medicina, más vale prevenir que curar.

La prevención parte, fundamentalmente, de dos aspectos.

El primero es la educación de aquellos que viven en zonas bos­cosas o las frecuentan. Crear conciencia del peligro que significan ciertas actitudes negligentes, es tan eficiente como una brigada entera de lucha contra el fuego.

El segundo aspecto es el control sistemático y conti­nuo de las regiones boscosas. Este control se puede efectuar de diver­sas formas, las cuales, generalmente, se complementan.

Los guardabosques o guardaparques están destacados en distintos puntos del interior de la zona, teniendo cada uno un área asignada, la que debe recorrer diariamente, controlando no sólo las posibles causas naturales por las cuales puede iniciarse un incendio, sino también el desplazamiento de acampantes. Para ello dispone de elementos tecnológicos que le permiten trasladarse, comunicarse y has­ta combatir por su cuenta los focos pequeños que detecte.

Otra forma de control es la aérea, para lo cual los servicios estatales en­cargados de la tarea suelen firmar contratos con aeroclubes de la zona, que destacan aviones para cubrir la mayar área posible. También se crearon en la segunda década del sigo XXI los drones, un económico y asequible recurso.

Estas labores preventivas se intensifican en los meses de verano, la época de mayores riesgos.

Un incendio forestal puede iniciarse por causas naturales o por la acción del hombre. Entre las primeras podemos citar como más comunes los fuegos volcánicos y los rayos.

Las precauciones básicas que debe tener quien frecuenta zonas forestales son pocas pero fundamentales: apagar y desmenuzar concienzudamente los cigarrillos; quebrar en dos los fósforos de madera con­sumidos; apagar completamente el fuego usado para cocinar, sin el menor atisbo de duda sobre brasas escondidas: combatir cualquier conato de incendio que detecte o avisar a las au­toridades competentes más cercanas sobre aquellos que no pueda domi­nar por su cuenta y, por último, difundir estas reglas.

Empero, la prevención a ultranza no garantiza la inexistencia de incendios.

Una vez descubierto uno lo importante es saber a qué atenerse de inmediato, para evitar su propagación.

Tres acciones son fundamenta­les: retirar o aislar el combustible, levantando un parapeto de tierra frente al fuego; cortar el aire, arrojando al fuego tierra o arena de ser posible o sofocándolo con algún material envolvente, y por último aplacar el calor arrojando al fuego todo material refrescante de que disponga.

Si la magnitud del incendio excede nuestras posibilidades, lo mejor es no perder tiempo y avisar de inmediato si guardia forestal o autoridad más cercana.

Para evitar ser envuelto por el fuego es necesario buscar cuerpos de agua, como ríos, arroyos y otros.

Si ello no es posible, huir siempre en dirección contraria al viento.

Hay una tercera posibilidad, que ha salvado no pocas vidas, pero que só1o es efectiva en los casos de fuegos rápidos: enterrarse bajo la tie­rra o la arena.

Por ultimo, dos precauciones importantes ante estos casos: no beber agua de arroyos o charcos y no descuidar los cortes, lastimaduras o raspones que hayamos podido sufrir. Alberto Auné

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