Enfermedades coronarias: una epidemia de la civilización actual

· Alberto Auné, medicina, salud
Autores

Alberto Auné

No es común observar en el hombre una actitud preventiva en relación al cuidado o conservación de su salud. Muy pocos son los que tienen conciencia de la conveniencia de cuidar la vida de su organismo adoptando una conducta preventiva cuando está sano; la mayoría acude ya enfermo al consultorio médico.

 

Se dice pero no se hace

A menudo escuchamos el refrán que sostiene “Mejor prevenir que curar”, pero nunca se aplica estrictamente. Pocas personas conocen aquello de “curarse en salud” pero escasamente se le da la merecida importancia a la prevención de las enfermedades.

Por lo general se recurre al médico cuando una dolencia está en un período avanzado.

 

Dolencias cardíacas

Cuando las arterias coronarias no conducen sangre en cantidad o cali­dad adecuadas las consecuencia habituales son: angina de pecho, infar­to de miocardio, insuficiencía cardíaca, alteraciones del ritmo cardía­co o la muerte súbita.

Si bien existen casos en los que el corazón se nutre mal a pesar de hallarse sanas las arterias coronarias, lo que ocurre en la mayoría de los pacientes es que los vasos que transportan la sangre al propio corazón presentan lesiones.

 

Arterioesclerosis

Esa enfermedad es la causa principal de gran parte de los problemas coronarias.

La arterioesclerosis coronaria o la de cualquier otra arteria, es consecuencia no obligada de la circulación ininterrumpida de sangre, de la presión con que este líquido avanza dentro del lazo y del despulimiento consecutivo de las láminas más internas de éste.

Sobre las zonas despulidas se depositan algunas partículas o sustancia grasas, en especial el colesterol y sales de calcio, a los que más tarde se agregan elementos fibrosos que también contribuyen a reducir la luz de las arterias, lo que disminuye la velocidad de la circulación sanguínea.

Este proceso favorece la posibilidad de agregar elementos como plaquetas, glóbulos rojos y fibrina, a la formación de coágulos dentro de las arterias coronarias. Así se pretende lograr la comprensión sobre en qué medida, al reducirse progresivamente el calibre de los vasos y su luz, perturban la circulación de la sangre que debe servir de alimento al corazón.

Estas situaciones pueden ser prevenidas o neutralizadas combatiendo los favores de riesgo de la enfermedad coronaria.

 

Factores de riesgo

Se denomina así a los elementos que predisponen o aceleran el proceso de arterioesclerosis en general y de las arterias coronarias en particular.

Son considerados como tales el aumento del colesterol y de otras grasas en la sangre, la hipertensión arterial, el tabaquismo, la diabetes, el so­brepeso, el aumento de ácido úrico en le sanare, la vida sedentaria, las tensiones emocionales y la falta de un descanso razonable o, lo que es lo mismo, la actividad exgerada.

De los riesgos enunciados, los primeros cuatro son los más graves.

Con la presencia de más de un factor el peligro de que las arterias coronarias se dañen se multiplica, especialmente si están incrementados el colesterol y la presión arterial o si se trata de un gran fumador o un diabético, el crecimiento del riesgo en estos casos es de progresión geométrica,-

El diagnóstico de la enfermedad coronaria sólo puede ser realizado por el médico. El facultativo debe ser consultado ante la aparición de dolores y opresión. En ocasiones se trata de ardor o sensación de quemazón en el pecho, hombros, brazos o muñecas, espalda, boca de estómago e inclusive mandíbula inferior, particularmente si las molestias sobrevienen durante los esfuerzos o emociones y desaparecen cuando la causa desencadenante cesa.

No es raro que las crisis, que generalmente son de muy breve duración, ocurran al subir cuestas o remontar un terreno empinado, o al apresurar la marcha, sobre todo si recién se ha terminado de comer, o si se camina en días fríos o contra el viento.

Las manifestaciones descriptas suelen corresponder a la llamada angina de pecho, pero debe tenerse en cuenta que un buen numero de molestias parecidas se debe a causas diferentes y ajeas en su totalidad a la enfermedad coronaria.

El médico es quien debe dictaminar sobre la verdadera causa de cualesquiera de las manifestaciones mencionadas. En la mayoría de los casos el diagnóstico suele ser muy sencillo, pero en algunos es necesario recurrir a soluciones que requieren mayor cuidado.

 

Pronóstico

El pronóstico de la enfermedad coronaria, cuando se la reconoce y trata preventivamente, mejora día a día.

Además de esta posibilidad, actualmente se dispone de medicamentos y técnicas médicas sumamente eficaces, conociéndose además los principales factores de riesgo y la forma de neutralizarlos.

Los recursos son cada vez mayores, posibilitando alcanzar el control progresivo sobre esta dolencia.

 

Prevención

La enfermedad coronaria, no obstante el alto índice de mortalidad o incapacidad nue provoca, es una de las dolencias que puede ser prevenida o evitada con cierta facilidad.

R estos efectos debe realizarse, por lo menos una vez al año, en esta­do de aparente salud, una consulta al médico. Esta práctica permite descubrir precozmente los factores de riesgo señalados o la propia enfermedad coronaria.

En el primer caso en muy probable que se eviten sus efectos y en el segundo que se prevenga la progresión del proceso desencadenado.

El control periódico de la presión arterial es necesario en todas las personas y que éstas, a su vez, conozcan las cifras de su presión. Si se mantiene normal, se debe continuar con este control de manera frecuente.

Si hubiera alteraciones y fueran altas, lo aconsejable será someterse a dieta, tratamiento y régimen de vida que el médico prescriba en cada caso.

La alimentación adecuada es uno de los aspectos que más debe cuidarse. Es importante evitar la ingesta de las llamadas grasas saturadas y de alimentos ricos en colesterol. Las grasas saturadas son las que acompa­ñan a las carnes vacunas y a las de ave, las que se encuentran en los fiambres y embutidos, la leche y quesos comunes, la manteca y crema de leche.

Por su parte el colesterol abunda en la yema de huevo, los mariscos, el chocolate y las achuras. No son aconsejables las frituras ni la marga­rina común, pero sí el pescado.

La actividad física y de recreación apropiada es un recurso preventivo muy eficaz, sobre todo a partir de la adultez. Cada persona, de acuerdo a su propia capacidad y previos control y autorización de1 médico, deberá ajustar su vida a un plan en el que coexista una actividad física y de re­creación adecuadas.

Debe combatirse metódicamente el sedentarismo y el apoltronamiento, pero sin dejar de asegurar las horas necesarias de descanso y las vacaciones periódicas que deben guardar relación con el tipo de actividad física o intelectual que se realiza habitualmente.

El corazón, para su normal funcionamiento, necesi­ta estar bien nutrido; esa nutrición le llega por la sangre que no saca de alguna de sus cavidades sino de las propias arterias coronarias que, tomando de la arteria aorta la sangre, a muy poco de su nacimiento, la distribuye a todo el músculo cardíaco.

El corazón es el músculo del cuerpo de mayor for­taleza y el único cuyo trabajo es permanente y continuado, tanto de día como de noche. Sus únicas posibilidades de descanso se presentan en­tre una y otra contracción o pulsación. Tras cada contracción, que dura aproximadamente tres décimas de segundo se produce un descanso o pausa de medio segundo.

El corazón se nutre de la sangre que recibe de las arterias coronarias. Debe ser cuidado y celosamente aten­dido para que en la cantidad y calidad necesarias llegue a nuestros pulmones y a todo el organismo asegurándonos una sana y larga vida. Alberto Auné

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