Aimé Jacques Bonpland: tenacidad al servicio de la ciencia

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File:Bonpland Aimé 1773-1858.jpg

Aimé Jacques Bonpland (Fuente: http://www.wikimedia.org)

 

Alberto Auné

Aimé Jacques Bonpland nació en en La Rochhelle, Francia, el 28 de agoste de 1773. Cursó estudios de medicina y una vez terminada esa carrera se enroló para trabajar en un buque.

Más adelante acompañó al científico e investigador Alexander von Humboldt (1769-1859) en su viaje por América, inclinándose al estudio de la botánica, clasificando y describiendo unas seis mil especies, la mayor parte de ellas desconocida.

De regreso a Francia ofreció la colección al Gobierno, que en agradecimiento a su labor le otorgó una pensión, nombrándolo además intendente de los jardines de la Malmaison.

Manuel Belgrano, Bernardino Rivadavia y Manuel de Sarratea lo invitaron a fines de 1814 a conocer la región del Plata y radicarse en ella. También lo hizo Simón Bolívar, con quien ya lo unía una gran amistad, exhortándolo a viajar a Venezuela.

Empero, debido a los reveses militares que sufrieron los patriotas bolivarianos en la lucha por la independencia, decidió aceptar la invitación rioplatense, llegando a Buenos Aires en enero de 1817, con el propósito concreto de fundar el Jardín Botánico y sentar las bases de un museo de historia natural.

Empero, a causa de la situación económica por la guerra independentista, debió postergar sus planes primigenios, ejerciendo entonces la medicina,

Poco después, a mediados de 1818, se le otorgó el nombramiento de Naturalista de las Provincias Unidas, en reemplazo del naturalista, botánico, zoólogo y geólogo Tadeo Haenke (1761-1817). En tal carácter, realizó excursiones botánicas, zoológi­cas y paleontológicas por la provincia de Buenos Aires y por la isla  Martín Garcia.

Fue por entonces que se interesó por los restos de los yerbatales introducidos por los jesuitas, los que estudió con el propósito de establecer algunas plantaciones.

En octubre de 1820, no habiendo podi­do aún fundar el Jardín Botánico, impulsado por su espíritu aven­turero y por desavenencias conyugales, viajó a Corrientes, donde presentó en 1821 al caudillo Francisco Ramírez un vasto y minucio­so plan de explotación de los yerbatales misioneros, así como la creación de un establecimiento agrícola modelo.

El caudillo entrerriano aceptó el proyecto en su totalidad y dis­puso implementarlo.

Mientras se hallaba en plena tarea, le llegó de Buenos Aires su nombramiento como catedrático de materia médica, con el objeto de atraerlo.

Pero ello no fue suficiente. Decidió quedarse en Santa Ana, Lugar en el que se había instalado y comenzado sus trabajos.

Entonces tuvo la mala idea de escribir al doctor Gaspar Rodriguez de Francia, entonces dictador en el Paraguay, haciéndole una rela­ción de los trabajos que se proponía emprender.

El gobernante, lejos de encontrar su proyecto como aceptable, progresista o científicamente válido, solamente vio en él y en su inspirador un competi­dor en el monopolio de la yerba e incluso un espía del gobierno argentino,

Así, en diciembre de 1821 envió una partida de 400 sol­dados paraguayos que destruyeron las incipientes plantaciones y apresaron a Bonpland, enviándolo engrillado al Paraguay, donde fue confinado en Santa María.

Esta acción causó un gran revuelo en el mundo científico de en­tonces, haciendo que personajes europeos de la talla de Alexander von Humboldt, Georges Cuvier y otros intercedieran en su favor.

El Instituto de Francia envió un embajador en 1824, el natura­lista Juan Esteban Richard Grandsire, quien no sólo no fue recibido por el dictador, sino que además fue expulsado del país sin con­templaciones.

También el embajador británico en Buenos Aires abogó en su fa­vor mediante una nota, la que fue devuelta y su remitente conmi­nado a cesar toda correspondencia al respecto.

Simón Bolívar, antiguo amigo de Bonpland, escribió al doctor Fran­cia desde Lima, en 1823;

«Dígnese V.E. oír ei clamor de cuatro mi­llones de americanos libertados por el ejército de mi mando, que todos conmigo imploran la clemencia de V.E. en obsequio de la hu­manidad, la sabiduría y la justicia, en obsequio del señor Bonpland».

Esta carta, como las gestiones anteriores de tantos otros, no obtuvo respuesta, como tampoco la tuvo la que en 1828 le hicie­ra llegar el mariscal Antonio José de Sucre, ni los pedidos del emperador del Bra­sil, Pedro I, y de la propia emperatriz.

Así9 entre gestiones no contestadas o malamente desairadas, transcurrieron nueve años, en los cuales Bonpland debió interrumpir su trabajo cien­tífico y sus estudios.

Después de su liberación, lejos de querer radicarse en Europa o en Buenos Aires, retoma sus antiguos proyectos, como un desafío al tiempo y a la intransigencia de los hombres.

Se instaló en la ribera izquierda del río Uruguay, en 5an Borja, y también en Santa Ana, en las márgenes occidentales del mismo río, fundando gran­des establecimientos con enormes yerbatales, el último de los cua­les quedó destruido totalmente debido a la batalla de Pago Largo.

Fue por entonces que comenzó a interesarse por la política del Río de la Plata. Tuvo trato, amistad y mutuo respeto y admiración con hombres como José María Paz, Genaro Berón de Astrada, Juan Madariaga, Juan Lavalle, Justo José de Urquiza y Valentín Alsina.

En su actividad política tomó partido contra Juan Manuel de Rosas, cuya caída estimaba ineludible pare lograr la unificación y pacificación del país.

En octubre de 1854 el por entonces gobernador de Corrientes, Juan Pujol, lo nombró director del museo de la provincia, cargo que aceptó a pesar de su avanzada edad.

Tu­vo noticias por esos días de los títulos con que lo honraban en Francia y Alemania.

Envió entonces a Europa importantes colecciones, con ejemplares duplicados, trabajando incansablemente para ello, y aunque no escapaba a su mente que debía volver al Viejo Mundo para ordenar sus materiales y publicar algunos trabajos so­bre ellos, no logró decidirse por cambio tan radical y permaneció hasta su muerte, el 11 de mayo de 1858, en Santa Ana, cer­ca de las selvas que tanto lo atrajeron.

Sus restos, desde entonces, descansan en la localidad correntina de Paso de los Libres.

Sus descendientes obsequiaron sus papeles al doctor Juan A. Domínguez, creador del Instituto de Botánica y Farmaco­logía «Julio A. Roca». Los mismos llenarían ocho o diez volúmenes, con estudios valiosos sobre los pájaros que notificara previamente Félix de Azara, las cactáceas argentinas, le yerba mate y el tabaco. Todos sus apuntes están ilustrados por él mismo.

Aimé Jacques Bonpland, francés de nacimiento, argentino por adop­ción, no fue un científico de laboratorio, sino un impetuoso de la naturaleza, un aventurero poseedor de una tenacidad a toda prueba y un hombre que mantuvo a lo largo de toda su azarosa vida, el mis­mo impulso creador de su primera juventud. Alberto Auné

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