Francisco Javier Muñiz: un médico adelantado a su tiempo

Autores

File:Francisco Javier Muñiz 01.JPG

Francisco Javier Muñiz. Fotografía extraída del libro «Gran Enciclopedia Argentina». Autor: Diego Abad de Santillán ,Ediar S.A., de Editores. 1966, Buenos Aires, Argentina. (Fuente: http://www.wikimedia.org)

 

Alberto Auné

 

“Muñiz vivió en su patria precediendo su época en medio siglo».

Florentino Ameghino

 

Aproximarnos a la vida y obra del doctor Francisco Javier Muñiz, implica desatar un deseo incontenible de profundizar en la misma, ganada nuestra voluntad por esa existencia prodigiosa.

Se lo considera, con justicia, como el primer hombre de ciencia, ver­daderamente digno de este nombre, con que contó la República Argentina.

Francisco Xavier Thomas de la Concepción Muñiz, tal su nombre comple­to, nació el 21 de diciembre de 1795 en el partido de la costa de San Isidro, pago del Monte Grande, según lo atestigua su fe de bautismo.

Tanto su padre, Alberto Muñiz, como su madre, Bernardina Frutos, pertenecían a familias de arraigo en la sociedad de entonces.

Poco se sabe de su infancia que pueda tener real interés, excepto lo que de él consigna el general Britos del Pino, en certificación extendida el 29 de mayo de 1865, acerca de su actuación en la Segunda Invasión Inglesa, en 1807, como cadete del Regimiento de Andaluces. Contaba por entonces con solamente doce años de edad, lo cual lo eximía de hacer el servicio con la severidad que prescribían las ordenanzas.

Sin embargo, acompañó a su cuerpo que, unido al resto del ejército, marchó en la tarde del 1 de julio de 1807 al puente de Barracas, con intento de hacer contacto con el enemigo, que había desembarcado días antes en la Ensenada de Barragán.

Britos del Pino dice sobre estas acciones:

 

«El Regimiento de Andaluces, que formaba el ala derecha, vanguardia del ejército, se encontró el dos, inmediatamente después de su regreso de Barracas, en la acción de los Corrales de Miserere. El cadete Muñiz se encontró en esa función; y estando en la noche de ese día, la Plaza Mayor (hoy de la Victoria), guarnecida principalmente por soldados de la legión de Patricios, Muñiz se reunió a ellos, y asistió a la defensa del cuartel de los batallones legiona­rios, y se agregó a las guerrillas que ya desde el tres salieron en dis­tintas direcciones por las calles de la ciudad.

Habiéndose incorporado el 5 a una de esas guerrillas, que se dirigió por la calle de las Torres (hoy Rivadavia), ocupó con ella y con otros soldados de distintos cuerpos, una azotea, a espaldas de la iglesia de San Miguel.

Una columna enemiga, desprendida del Retiro penetró hasta un cuarto de cuadra de la misma manzana de la iglesia por aquella calle, a pesar de ser hostilizada de todas las alturas y desde la torre de aquel tem­plo,

En estas circunstancias el joven Muñiz bajó con otros de las azoteas y abriendo la puerta de la casa en que estaban, salieron imprudentemen­te a le calle a disparar sus armas, a menos de media cuadra del enemi­go. Una bala de fusil le hirió, entonces, en la corva derecha.

Al día siguiente fue conducido a San Francisco y colocado en un claustro entre otros muchos heridos, tanto ingleses como de los defensores de la ciudad. Extraída que fue la bala, la curación se hizo todavía esperar por algún tiempo.

«Y siendo, como es verdad lo que acebo de relacionar, doy este certi­ficado a los fines que importen al interesado a 29 de mayo de 1865. Britos del Pino”.

 

Sería difícil determinar si dejó el servicio militar inmediatamente después de licenciados los tercios de milicias urbanas que ayudaron en la resistencia contra la invasión inglesa, ni cuál era la clase de estudios que le permitían continuar durante su servicio.

De todas formas, sabemos que ingresa al Colegio de San Carlos poste­riormente a las invasiones de 1807.

A los 17 años mostró aptitudes literarias, ayudando a su maestro, el canónigo José León Banegas, a redactar un manifiesto encomendado por la segunda Sociedad Patriótica, de lo cual deducimos que Muñiz participaba de la corriente morenista de la Revolución de Mayo.

Por lo que se sabe, el joven Muñiz era, por lo menos hasta 1812, dis­cípulo predilecto del doctor Banegas, quien desempeñara las cátedras de la­tín y filosofía por oposición, y se consagrara al estudio de las letras y las  ciencias, especialmente las morales y sagradas, «sin descuidar la física, su ramo favorito, con cuyos descubrimientos y aplicaciones más recientes, ilustraba y aumentaba los conocimientos ya adquiridos».

Estas palabras del mismo Muñiz, al decir de Sarmiento, son muy significativas:

«Como en Europa, siguiendo el plan de educación trazado por Rousseau en su Emilio, los nobles aprendían un oficio manual, así en América, se­cularizados los estudios universitarios, los jóvenes aprendían ciencias físicas y naturales, e idiomas modernos que no entraban en los estudios antiguos. Don Vicente López, el Dr. Vélez y otros, estudiaron astrono­mía, cosmografía y matemáticas. Banegas se tenía al corriente de los re­cientes progresos de la física».

Es de suponer que en esa fuente abrevó Muñiz los conocimientos que lo indujeron a la medicina y la cirugía.

En 1814 ingresa en el Instituto Médico Militar, dirigida entonces por el doctor Cosme Argerich conforme al plan de estudios de seis años aproba­do por la Asamblea del Año XIII.

Egresa en 1821 como facultativo, y es entonces cuando formula, en páginas durante mucho tiempo inéditas, importantes consejos de ética profesional, a los que ajustaría su conducta el resto de su vida.

Es en esa Época cuando colabora en dos excelentes periódicos, el Ambigú de Buenos Aires (1822) y el Teatro de la Opinión (1823), siendo en este último donde preconiza conceptos educacionales y políticos suma­mente avanzados.

En 1824 se gradúa de médico y cirujano. Y es en 1825 que el general Miguel Estanislao Soler le ordena que marche en calidad de ciruja­no al cantón de Chascomús. Es allí donde comienza  con sus actividades paleontológicas, quizás lo más importante de su producción científica.

Efectúa las primeras excavaciones, y con bastante fortuna, ya que antes de expirar el año, deja constancia del descubrimiento de restos fósiles identificados como del Daysipus giganteus, además de otras especies fósiles, desenterradas por él mismo, de las orillas y puntos más próximos de las lagunas de Chasco­mús y de Bilet.

El Gobierno del General Juan Gregorio de Las Heras lo confirma en su puesto; en 1826 el presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata le da el despacho de médico y cirujano prin­cipal del Ejército.

Durante la presidencia de Bernardino Rivadavia se funda la Escuela de Medicina. Es posible suponer al doctor Muñiz aso­ciado en esta iniciativa, pues era uno de los cirujanos patricios me­jor ubicados en la jerarquía oficial. En la batalla de Ituzaingó, donde Muñiz se distingue en su labor.

La creación, en 1827, de la cátedra «Teórica y práctica de partos, enfermedades de niños y de recién paridas y medicina legal» determi­na su nombramiento al frente de la misma, con la obligación de desempe­ñar el servicio de facultativo del Hospital de Mujeres. Es así como ini­cia brillantemente la enseñanza de esas especialidades en el país.

Aunque su curso es muy concurrido y él hondamente estimado por sus discípulos, decide en 1828 instalarse en Luján, como médico militar y de policía. Busca la paz del campo para poder consagrarse a sus estudios paleontológicos.

Es en la entonces Villa de Luján, sede de sus actividades durante dos décadas, donde realiza su mayor labor paleontológica. Tras años de pa­cientes trabajos y permanentes estudios, logra reunir una valiosa y con­siderable colección de restos fósiles, exhumados en su totalidad de las’ márgenes del río y de sus proximidades.

Su modestia, sin embargo, le ha­ce decir que estudios posteriores corregirían seguramente muchas de sus aseveraciones, ya que debió luchar «con la falta de escuelas donde estudiar la diversa organización de los animales y donde adquirir ins­trucción sobre anatomía comparada».

El destino quiso que esa tan valiosa colección no permaneciera en nues­tro país, pues embalada en once cajas, y acompañada de una descripción efectuada con riguroso criterio científico de los fósiles que la inte­graban, y con advertencias acerca de la forma en que debían ser extraí­dos de los cajones y reconstruidos, fue enviada al Gobierno de la provincia de Buenos Aires, ejercido entonces por Juan Manuel de Rosas, con el objeto  de crear el Museo de Historia Natural.

Rosas, preocupado por los avatares de la política, no dio importancia a tan valioso regalo y la obsequió al marino francés Jean H. Dupotet, quien la llevó a Europa, donde enri­queció los museos de París, Londres, Madrid y Estocolmo.

Parte de la colección fue estudiada por el naturalista francés Paul Gervais, quien en­vió algunas comunicaciones al Instituto de Francia sobre los ejempla­res examinados.

En 1B44 se gradúa de doctor en medicina, presentando la respectiva tesis. Publica por entonces un excelente trabajo sobre la escarlatina y des­cubre la existencia de la vacuna indígena en las vacas de nuestro país, o sea la pústula de la vaca preservativa de la viruela en el hombre.

Este descubrimiento tuvo repercusión en el mundo científico, pues por primera vez se obtenía el cow-pox fuera del teatro de operacio­nes de su descubridor, tal como lo señala Muñiz en carta dirigida al doctor Juan Epps, médico director de la Real Sociedad Jenneriana de Lon­dres:

«…Ya es, pues, un hecho que el cow-pox de las Vacas de Glocester, teatro glorioso de las operaciones descubridoras del inmortal Jenner, existe también en las de este país…..”.

La Real Sociedad Jenneriana, en su respuesta, destacó su valioso aporte, mientras nuestro hombre de ciencia, considerándose «pobre médico de aldea», pedía indulgencia por sus observaciones, las que creía insuficientes, conducidas sin el debido tino y defectuosas en sus pormenores.

1845 es el año en que realiza el descubrimiento paleontológico que más aprecia, el del tigre fósil (Muñifelis bonaerensis).

Sobre este he­cho, Domingo Faustino Sarmiento escribe en su Comentario sobre Paleontología Argentina:

 

«Preocupóle mucho durante sus últimos años la idea de haber descubierto una fiera fósil, a la cual llamó Muñifelis bonaerenses, dando cuenta de tan valioso hallazgo a los sabios de la época, a Darwin, a Eeoffroy Saint Hilaire y a los secretarios de varios museos, no­tando que su hallazgo era posterior a la expedición de Darwin y de los demás geólogos que visitaron el país, inquiriendo después del Sr. Trelles si M. Bravard, que sólo poseía una cabeza del fósil felino, se da­ba por descubridor. Sin necesidad de ayudar al testimonio requerido, podemos decir que M. Bravard nos mostró aquella cabeza, haciendo valer su importancia, con decir que hacia falta encontrar un carnívoro, por­que toda fauna reclamaba un moderador que pusiese coto a la excesiva multiplicación de las especies individuales que se mantienen de vege­tales».

 

Charles Darwin sugiere que el fósil correspondería a un Machaerodo, del que ya se habían encontrado dientes y muelas.

La vocación científica de Muñiz lo llevó, además, a los campos de la geografía, la geología, la etnografía y la medicina social, terrenos en los cuales también se destacó por su rigor científico, demostrado cabal­mente en lo correcto de sus observaciones.

«Entre los escritos científicos de Muñiz, sostuvo Manuel Horacio Solari, ocupa un lugar destacado su monografía El ñandú (1848), en la que realizó un minucioso estudio del avestruz americano, guiado por el propósito de rectificar algunas informaciones inexactas que se habían generalizado en los ambientes científicos. En su trabajo efectuó una particularizada descripción anatómica de la especie; trazó su paralelo con el avestruz africano; estudió detenidamente su alimentación, generación y costumbres; señaló la bondad de su carne y el aprovechamiento de sus plumas; y puso en evidencia los errores en que habían incurrido Cuvier, Sannini, Molina, Diódoro, Adamson y otros reputados naturalistas, que sólo poseían del ñandú referencias incompletas».

Caído Rosas en 1852, Muñiz, que había retornado a Buenos Aires en 1848, regresa a Luján, reconstruyendo su colección de fósiles, donada en 1857 al Museo de Buenos Aires, ampliándola con la incorporación de otros ejemplares por él descubiertos, tales como el Artoterium, especie de oso gigantesco; el Surilodon, felino con caninos en forma de puñales denti­culados; el Lestodón, desdentado de enorme talla; el Hippidon bonaerensis o caballo fósil de las pampas y el Aretotherium, uno de los mas grandes carnívoros conocidos.

Poco después vuelve a la cátedra de la Facultad de Medicina, como pro­fesor de partos, enfermedades de mujeres y medicina legal.

En 1859, desempeñándose como cirujano principal del Ejército en ope­raciones del Estado de Buenos Aires, organiza en San Nicolás de los Arroyos, primer asentamiento de la infantería bonaerense, un hospital mi­litar de campaña, cuya organización y desempeño le valen el reconoci­miento del general Bartolomé Mitre, comandante en jefe del mencionado ejército.

El mismo Mitre, en la certificación de servicios que le ex­tiende el 5 de febrero de 1860, se refiere encomiásticamente a su la­bor en la batalla de Cepeda, «donde fue gravemente herido en el mismo campo, cuando prestaba a los heridos de ambos ejércitos los benéficos auxilios de su profesión».

En 1869, ya septuagenario, ofrece y son aceptados sus servicios co­mo médico militar en la Guerra del Paraguay, renunciando a todo suel­do, a pesar de su pobreza, lo que es rechazado por el Gobierno. Su labor resulta inestimable, tanto en los frentes de bata­lla cuanto en los hospitales de Corrientes.

En 1871, retirado ya del ejercicio profesional y prácticamente de to­da actividad, colabora en la campaña contra la fiebre amarilla que asoló a Buenos Aires por entonces.

Sus años son muchos, y su resistencia fí­sica ya no es la misma de otrora. Cae, victima del mal que combatía, el 8  de abril del mencionado año. Con él desaparece el iniciador de loa estudios de las ciencias naturales en el país, el precursor de la cien­cia argentina. En su ejemplo abrevaron otros, especialmente Florentino Ameghino.

Manuel Horacio Solari, en su Historia de la Cultura Argentina, se re­fiere a Muñiz con estas palabras:

«Ignorado por la mayoría de sus compa­triotas, Muñiz no fue un desconocido para los hombres de ciencia de su época. Corresponsal de Darwin, le prestó frecuentes auxilios suministrán­dole precisos informes sobre el atavismo de la «vaca ñata», especie do­méstica degenerada del ganado vacuno que el naturalista inglés había co­nocido en su viaje por nuestro país y que luego clasificó con el nombre de «ñata oxen». Sus comunicaciones científicas le valieron ser honrado con el título de miembro de la Academia de Ciencias de Estocolmo, de la Real Academia Jenneriana y corresponsal de las Academias de Medicina de Zaragoza y de Barcelona”.

El legado de Francisco Javier Muñiz es importante para la ciencia, la medicina y la República Argentina, que lo recuerda con afecto y gratitud. Alberto Auné

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: