Hegel y la culminación del idealismo alemán

· Alberto Auné, Alemania, filosofía
Autores

Alberto Auné

El idealismo alemán culmina con la figura de  Georg Wilhelm Friedrich Hegel (Stuttgart, Suabia, 1770 – Berlín, 1831).

Tal edificio filosófico proyecta sus mayores consecuencias y se convierte en llave por la que aparecen otras construcciones modernas. Es pues una época de culminación, tránsito y principio.

Johannes Hirschberger (1900-1990), autor de obras sobre historia de la filosofía, se refirió de la siguiente manera a Hegel:

«Con un portentoso y universal dominio del saber en el campo de la naturaleza y en el de la historia, con una profundidad de pensamiento genuinamente metafísico y con un tono de radicalidad muy característico en él, Hegel acomete la empresa de mostrar el ser, en su totalidad, como una realidad espiritual y como una creación del espíritu».

Hegel fue profesor particular en Basilea y Franfnrt, tuvo cátedras universitarias en Jene, Heidelberg y Berlín, fue periodista en Bamberg e incluso dirigió un gimnasio en Nuremberg.

Sus principales obras tra­ducidas al español son:Ciencia de la Lógica, Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas, Lecciones sobre la Filosofía de la Historia Universal, Lecciones sobre la Historia de la Filosofía, Estética y De la Fenomenología del Espíritu.

Se ha dicho que Hegel es el Aristóteles de los tiempos modernos, recuerda René Serreau, autor de Hegel y el hegelianismo, expresando al respecto:

«En efecto, su doctrina es el sistema más completo y, sin duda, el más profundo que un filósofo jamás haya concebido. Abraza todos los dominios del saber y reconstruye, con su dialéctica, los más diversos aspectos de la experiencia humana, sin dejar subsistir ningún residuo misterioso, ninguna interioridad oculta, ninguna trascendencia ininteligible. Por esta razón, el hegelianismo es una filosofía de difí­cil acceso».

Además, es una filosofía polémica; también, a veces, por quererlo abarcar todo y pene­trar todo, con sabor a inconcluso, con puntos todavía mal esclarecidos.

Por su parte, Maurice Merleeu-Ponty afirmó que «Hegel está en el ori­gen de todo lo grande que se hizo en filosofía, desde hace un siglo» y que: «interpretar a Hegel es tomar posición sobre todos los problemas filosóficos, políticos y religiosos de nuestro siglo».

El autor ruso Alexandre Kojève, por su parte, en su Introducción a la lectura de Hegel (París, 1947) dice:

«La historia no refutará jamás al hegelianismo, sino que se conten­tará con elegir entre sus interpretaciones opuestas».

La filosofía de Hegel se desarrolla en estrecho contacto con las de Johann Gottlieb Fichte y Fiedrich Schelling y, como las de éstos, arranca con Immanuel Kant, quien había ya distinguido, en su criticismo, entre entendimiento y razón, considerando a ésta como la facultad de síntesis suprema que construye las ideas trascendentales, por ejemplo la de Dios.

Pero Hegel aumenta la distancia entre ambas nociones ya que, para él, el saber del entendimiento no es sino una forma inferior del conocimiento, la del científico que no filosofa, mientras que la razón nos permite alcanzar el conocimiento más elevado; esto es, el absoluto.

Kant había afirmado que la razón, gracias a las categorías y principios, conoce los fenómenos pero que cuando quiere elevarse a un conocimiento metafísico se pierde en paralogismos (sofismas inconscientes) o antino­mias.

Hegel, en cambio, se pregunta si es suficiente un análisis críti­co de nuestras facultades de conocer para cerrar el camino del absoluto a la razón.

Con sus palabras interroga:

«¿No sería necesario conocer efectivamente la esencia íntima de las cosas? Un examen del conocimien­to sólo puede hacerse conociendo… Querer conocer antes de conocer es tan absurdo como aquel sabio consejo de un escolástico: Aprender a na­dar antes de aventurarse en el agua».

Para Hegel, los paralogismos de los que habla Kant no se deben a la impotencia de la razón, sino que sólo prue­ban que los metafísicos dogmáticos razonan sobre nociones mal determi­nadas.

En cuanto a las antinomias, Hegel cree que la contradicción está en el ser mismo, al afirmar:

«Todas las cosas son contradictorias en sí mis­mas».

De allí surge su célebre dialéctica pues, para él, lo concreto es la totalidad construida dialécticamente a partir de sus momentos, los cuales deben ser primeramente abstraídos, o sea separados, extraídos de los datos inmediatamente confusos (papel previo del entendimiente que, siendo tan inferior a la razón, es esencial, ya que si falta, todo permanece indeterminado).

El trabajo del pensamiento lógico comprende estos tres momentos: 1) el momento abstracto, el del entendimiento que aísla las determinaciones; 2) el momento dialéctico, el de la «razón negativa» donde sur­ge la contradicción y 3) el momento especulativo, el de la «razón positiva», por la que se eleva a la síntesis. Este momento de la «unidad» se lla­ma especulativo porque el concepto se reconoce en los objetos como en un espejo (en latín speculum).

Como queda dicho, Hegel debe mucho a Kant y a los idealistas alemanes, aunque va más allá que ellos; también está emparentado con Baruch Spinoza, quien carece del desenvolvimiento dialéctico hegeliano.

Su más lejano precur­sor sería Heráclito, quien fue el primero en enseñar que el ser y la na­da se identifican en el devenir, que todo está en movimiento, todo cambia, todo fluye.

Con la dialéctica como procedimiento de pensamiento hay obvios lazos con Platón. Pero es en Aristóteles en quien más se apoya: su lógi­ca es antológica, ya que las leyes del pensamien­to se identifican con las leyes del ser.

Lo que más aproxima a ambos pensadoras a través de los siglos es su concepción de lo universal rea­lizada en lo individual.

A la relación aristotélica entre la potencia y el acto corresponde en Hegel la relsción entre «el en si» y «el para si», una virtualidad y una existencia distinta, respectivamente, por ejemplo, el germen de una planta y una planta ya crecida. La unidad de ambos es lo concreto.

Hegel puede llegar a invertir un antiguo aserto diciendo que «no hay nada en los sentidos que no haya estado antes en el intelecto».

La causa primordial del mundo es el nous, la Razón. To­da experiencia o sentimiento no contiene contenido válido que no ema­ne del pensamiento

Como dice Serreau, Hegel en el plano verbal al menos siempre rindió homenaje al espiritualismo puesto que habla sin cesar de Dios y llama Espíritu a la Idea, principio supremo de su doctrina.

No es muy seguro que haya conservado los dos elementos esenciales del esplritualismo: la existencia de un Dios personal y la inmortalidad personal del alma, que para Kant constituían postulados de la razón práctica.

Para Hegel, pues, lo primero es el pensamiento, no el pensamiento subjetivo o la mera opinión, sino el pensamiento objetivo que se identifica con lo universal.

Lo universal verdadero de la razón, es el concep­to, es decir el pensamiento que se determina, se concreta, se da conte­nido: es el universal que se particulariza.

Todo el pensamiento hegeliano está dominado por la lógica, que compren­de para él tres grandes partes: la teoría del Ser, la teoría de la Esen­cia y la teoría del Concepto.

La Naturaleza, para Hegel, es la Idea bajo la forma de la alteridad, la idea que sale de si misma, se exterioriza para llegar -al producir la vida consciente- a retornar a sí, a interiorizarse en el pensamiento del hombre.

Este gran filósofo estudió las manifestaciones exteriores de las sociedades humanas: la historia, el Derecho, las costumbres y las manifestaciones más elevadas en las que el espíritu se encuentra a sí mismo, como la religión, la filosofía y el arte, Merece ser conocido y estudiado para acercarnos a un pensamiento que invita a preguntar y cuestionar. Alberto Auné

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