Andrés Bello, figura cimera de América

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File:BelloUChile.JPG

Monumento a Andrés Bello en la Casa Central de la Universidad de Chile, Santiago. Autor: Ricardo Hevia Kaluf. (Fuente: http://www.wikimedia.org)

 

Alberto Auné

Este gran humanista y po­lígrafo venezolano mostró su talento en obras que trascienden el tiempo.

Nació en Caracas el 29 de noviembre de 1781, donde vivió hasta poco antes de cumplir los 30 años.

Obtuvo su grado de bachiller en artes en 1800 en el seminario (fundado en 1641) que había sido elevado al rango de universidad con el nombre de Santa Rosa de Lima en 1721.

En las confidencias que muchos años después hiciera a su biógrafo y amigo Miguel Luis Amunátegui (1828-1888), historiador y político chileno, habla de la fuerte impresión de estima y cariño que dejaron en su ánimo aquellos claustros y sus maestros, así como las premios y triunfos obtenidos en certámenes.

Caracas tenía entonces unos 40.000 habitantes, pero ya revelaba una inquietud intelectual creciente.

Se publicaban varios periódicos, entre ellos La Gaceta de Caracas, El Mercurio Venezolano, El Semanario de Caracas, El Publicista de Venezuela y El Patriota de Venezuela.

Bello aprendió entonces a manejar la imprenta y a recorrer los caminos del periodismo.

Durante ocho años, además, había frecuentado la administra­ción pública, cuyos secretos no se le escapaban.

Ha había sido maestro y el mismo libertador Simón Bolívar (1783-1830), quien con su esfuerzo mucho aportó a la independencia de Bolivia, Colombia, Ecuador, Panamá, Venezuela y Perú, dos años menor que él, asistió a sus cursos.

Publicó entonces Resumen de la historia de Venezuela, que todavía no había logrado la Independencia.

En su etapa caraqueña intenso amor a la naturaleza, acompañando a y acompañó al geógrafo, naturalista y explorador prusiano Alexander von Humboldt (1769-1859) y al naturalista francés Aimé Bonpland (1773-1858) en la ascensión al pico denominado Silla de Caracas.

Fue obser­vador de la flora de su país y agricultor vocacional. Tuvo con sus hermanos una pequeña propiedad cafetera, «El Helechal», experiencia que traduciría luego uno de sus más famosas obras poéticas.

Un año antes de su muerte, decía en una carta:

«A lo que dije entonces, me es grato añadir ahora que, entre aquellas muestras, vino una que fue particularmente agradable: un saco de café de la hacienda de El Hele­chal, que durante algunos años fue propiedad mía y de mis hermanos, y en la guerra de independencia pasó a otros dueños. Siempre que tomaba una taza de aquel exquisito café, me parecía que se renovaban en mí las impresiones y la perfumada atmósfera en que se produce, enlazadas con las pequeñas aventuras de la época más feliz de mi vida».

Al escribir poesía, uno de sus primeros sonetos decía:

 

¿Sabes, rubia, qué gracia solicito

cuando de ofrenda cubro los altares?

No ricos muebles, no soberbios lares,

ni una mesa que adule el apetito.

 

De Aragua a la orilla de un distrito

que me tribute fáciles manjares,

do vecino a mis rústicos hogares

entre peñascos corra un arroyito.

 

 

Para acoqerme en el calor estivo,

que tenga una arboleda también quiero,

do crezca junto al sauce el coco altivo.

 

¡Felice yo si en este albergue muero;

y al exhalar mi aliento fugitivo,

sello en tus labios el adiós postrero!

 

En 1810 viajó a Londres, acompañado por el entonces co­ronel Simón Bolívar (1783-1830) y por el diplomático, también venezolano, Luis López Méndez (1758-1831).

Escribió Le escribía entonces el abogado, periodista, escritor y político Juan Germán Roscio (1763-1821), artífice del acta de la Independencia de Venezuela:

«Me­morias a los compañeros. Consérvese Usted. Ilústrese más para que ilustre a su patria».

Durante su larga estancia europea -diecinueve años- escribió sus famosas Silvas Americanas, dos textos en los cuales pide a la poesía que tenga una mayor presencia en América que en Europa.

Alocución americana (1823) es la primera, evocando a los forjadores de la libertad nacional, dirigiéndose a la poesía:

 

Tiempo es que dejes y la culta Europa,

que tu nativa rustiquez desama,

y dirijas el vuelo donde te abra

el mundo de Colón su grande escena.

 

Estos versos fueron publicados en una revista que se debe también a la inspiración de Bello, la Biblioteca Americana.

La Alocución fue una vigorosa invi­tación a los poetas americanos rara que no se distrajeran con imitacio­nes retóricas.

En otra revista, iniciada con el diplomático, político y escritor Juan García del Río (1794-1856) en 1826 (Repertorio Americano), publicó la segunda de sus Silvas Americanas y tal vez el más famoso de sus poemas: La agricultura en la zona tórrida.

Aquí vuelve a pintar, con más detenimiento, la riqueza natural de las tierras tropicales, en zona «que al sol enamorado circunscribe el vago curso» y esboza un fu­turo próspero a las jóvenes naciones si están dispuestas a consagrar sus esfuerzos al cultivo del suelo.

Sus descripciones de las plantas, tanto nativas como aclimatadas, que crecen en los trópicos, son una mez­cla de detalles realistas y alusiones clásicas:

 

el algodón despliega el aura leve

las rosas de oro y el vellón de nieve…

…el maíz, jefe altanero

de ia espigada tribu…

…el cacao

cuaja en urnas de púrpura su almendra…

el ananás sazona su ambrosía…

 

El crítico literario, ensayista, lingüista, filólogo y poeta nacido en la República Dominicana Pedro Henríquez Ureña (1884-1946) sostuvo:

 

«No escribió Bello muchas poesías originales. Espíritu muy original, como veremos, tenía más de erudito que de poeta. Curioso dé toda literatura, tradujo o imitó muchos tipos de poesía, des­de Flauta y los Nibelungos hasta Byron y Hugo. Su traducción del Orlando innamorato de Boiardo goza fama de ser la mejor versión española de una epopeya italiana. En ocasiones toma un poema de una lengua extranjera y lo adapta a las circunstancias de su propia. El ejemplo más notable es su rifacimento (1843) de La prière pour tous, de Victor Hugo. Fue nada menos que Menéndez y Pelayo quien dijo que el poema de Bello es más her­moso que el hermoso poema de Hugo. A mi juicio, el poeta francés queda muy por encima en ia primera parte, auténticamente inspirada, de La priêre pour tous, pero las nueve partes siguientes abundan en repeticiones. Bello utilizó sólo las cuatro primeras, siguiendo un procedimiento que nos parece extraño y difícil de reconstruir: no parafrasea el poema ver­so a verso, ni siquiera estrofa por estrofa; compone su obra con pensa­mientos e imágenes tomados del francés y a menudo colocados en diverso orden, añade multitud de detalles nuevos con continuas referencias a su propia vida -tales como la mención de su hija muerta, Lola- y concluye con dos estrofas muy personales en que habla de su vejez y de la pro­ximidad de la muerte. El tono del poema es enteramente distinto. En Hu­go el poeta es un padre, pero un hombre joven; cuando pide a su hija nue ruegue por todas los hombres, lo hace con toda la exuberancia de la juventud, tanto lírica como retórica. Su poema está escrito al caer la tarde, y nos deja la impresión de una brillante puesta de sal en primavera. Bello había pasado ya de los sesenta cuando tuvo la idea de rehacer el poema para su hija menor y según vamos leyéndolo encon­tramos en él esa claridad mezclada de tristeza del crepúsculo otoñal».

 

En 1829 pasó a radicarse en Chile, donde actuó como consejero legal del Gobierno en asuntos exteriores, ya que tenía un amplio conocimiento de Dere­cho internacional-, reorganizando en parte la administración pública.

Su obra más destacada allí fue la instalación de la Universidad de Chile, que le permitió, el 17 de septiembre de 1843, pronunciar un discurso memorable.

Para ese entonces se encontraban en Chile los escritores argentinos Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) y Juan Bautista Alberdi (1810-1884), fuertemente influidos por el romanticismo fran­cés y menudearon las polémicas, en las que Bello aparecía cerno clasicista.

Ese discurso mostró su capacidad oratoria y conceptual.

Entre sus más difundidos párrafos reproducimos los siguientes:

 

«La universidad, señores, no sería digna de ocupar un lugar en nuestras instituciones sociales si -como murmuran algunos ecos oscuros de de­clamaciones antiguas- el cultivo de las ciencias y de las letras pu­diese mirarse como peligroso bajo un punto de vista moral o bajo un punto de vista político. La moral -que yo no separa de la religión- nos la vida misma de la sociedad; la libertad es el estímulo que da un vigor sano y una actividad fecunda a las instituciones sociales. Lo que enturbie la pureza de la moral, lo que trabe el arreglado pero libre desarrollo de las facultades individuales y colectivas de la humanidad y -digo más- lo que las ejercite infructuosamente, no debe un gobierno sabio incorporarlo en la organización del estado. Pero en este si­glo… yo no me creo llamado a defender las ciencias y las letras con­tra los paralogismos del elocuente filósofo de Ginebra (Jean-Jaques Rousseau, 1712-1778), ni contra los recelos de espíritus asustadizos que, con los ojos fijos en los escollos que han hecho zozobrar al navegante presuntuoso, no que­rrían que la razón desplegase jamás las velas y de buena gana la conde­narían a una inercia eterna, más perniciosa que el abuso de las luces a las causas mismas…»

«… Todas las verdades se tocan; y yo extiendo esta aserción al dogma religioso, a la verdad teológica. Calumnia, no sé si diga a la religión o a las letras, los que imaginan que pueda haber una antipatía secreta entre aquéllas y éstas. Yo creo, por el contrario, que existe, que no puede menos de existir, una alianza estrecha entre la revelación positi­va y esa otra revelación universal que habla a todos los hombres en el libro de la naturaleza…».

«…La Universidad recordará al mismo tiempo a la juventud aquel consejo de un gran maestro de nuestros días: ‘es preciso -decía Goethe- que el arte sea la regla de la imaginación y la transforme en poesía'».

«¡El Arte! Al oír esta palabra, aunque tomada de los labios mismos de Goethe, habrá algunos que me coloquen entre los partidarios de las reglas convencionales que usurparon mucho tiempo ese nombre… Yo no encuentro el arte en los preceptos estériles de la escuela, en las inexorables uni­dades, en la muralla de bronce entre los diferentes estilos y géneros, en las cadenas con que se ha querido aprisionar al poeta a nombre de Aristóteles y Horacio, y atribuyéndoles a veces lo que jamás pensaron. Pero creo que hay un arte fundado en las relaciones impalpables, etéreas, de la belleza lineal; relaciones delicadas, pero accesibles a la mirada de lince del genio competentemente preparado; creo que hay un arte que guía a la imaginación en sus más fogosos transportes; creo que sin ese arte la fantasía, en vez de encarnar en sus obras el tipo de lo bello, aborta esfinges, creaciones enigmáticas y monstruosas. Esta es mi fe literaria. Libertad en todo; pero yo no veo libertad, sino embriaguez licenciosa, en las orgías de la imaginación.

La libertad, como contrapuesta, por una parte, a la docilidad servil que lo recibe todo sin examen, y por otra a la desarreglada licencia que se rebela contra ia autoridad de la razón y contra los más nobles y pu­ros instintos del corazón humano, será sin duda el tema de la universi­dad en todas sus diferentes secciones…».

 

Andrés Bello escribió una importante obra: Filosofía del entendimiento, que se acerca a veces al filósofo, historiador y economista escocés David Hume (1711-1776), otras al filósofo y religioso irlandés George Berkeley (1685-1753) y antici­pa ideas del filósofo, político y economista inglés John Stuart Mill (1806-1873), a pesar de referirse solamente a la psicología y a la lógica; con noticias del positivismo, que alboraba pujantemente, propuso una reducción de las facultades del alma a encendimiento y voluntad .

Como investigador literario demos­tró el origen latino medieval de la asonancia, considerada entonces cono exclusiva peculiaridad de la poesía española, probando además su existencia en el antiguo francés apoyándose en poemas oue leyó en manuscritos cuando aún no se había editado el de Oxford que recoge la Chanson de Roland.

Estudió el poema del Cid desde 1827 hasta su muerte, casi cuatro décadas más tarde.

Su Gramática de la lengua española, publicada en 1847, es una obra que también logró superar las vallas del tiempo.

Sigue siendo, con las notas y adiciones del insigne gramático colombiano Rufino José Cuervo (1844-1911), la más completa descripción sincrónica de nuestra lengua, afirma Henríquez Ureña.

Decía en el prólogo de esa gramática destinada al uso de los americanos:

 

«…Juzgo importante la conservación de la lengua de nuestros padres en su posible pureza, como un medio providencial de comunicación y un víncu­lo de fraternidad entre las varias naciones de origen español derramadas sobre los dos continentes. Pero no es un purismo supersticioso lo que me atrevo a recomendarles. El adelantamiento pridioso de todas las ciencias y las artes, la difusión de la cultura intelectual y las revoluciones po­líticas, piden cada día nuevos signos para expresar ideas nuevas, y la introducción de vocablos flamantes, tomados de las lenguas antiguas y ex­tranjeras, ha dejado ya de ofendernos, cuando no es manifiestamente inne­cesaria, o cuando no descubre la afectación y el mal gusto de los que piensan engalanar así lo que escriben. Hay otra vicio peor, que es el de prestar acepciones nuevas a las palabras y frases conocidas, multipli­cando las anfibologías, de que, por la variedad de significados de cada palabra, adolecen más o menos las lenguas todas, y acaso en mayor propor­ción las que más se cultivan, por el casi infinito número de ideas a que es preciso acomodar un número necesariamente limitado de signos. Pero el mayor mal de todos, y el que, si no se ataja, va a privarnos de las ina­preciables ventajas de un lenguaje común, es la avenida de neologismos de construcción gue inunda y enturbia mucha parte de lo que se escribe en América, y alterando la estructura del idioma, tiende a convertirlo en una multitud de dialectos irregulares, licenciosos, bárbaros; embriones de idiomas futuros, gue durante una larga elaboración reproducirían en América lo que fue Europa en el tenebroso período de la corrupción del latín… No se crea que recomendando la conservación del castellano sea mi ánimo tachar de vicioso y espurio todo la que es peculiar de los americanos. Hay locuciones castizas que en la península pasan hoy por anticuadas y que subsisten tradicionalmente en Hispanoamérica. ¿Por qué prohibirlas? Si según la práctica general de los americanos es más analógica la conjugación de algún verbo, ¿por qué razón hemos de preferir lo que caprichosamente haya prevalecido en Castilla? Chile y Venezuela tienen tanto derecho como Aragón y Andalucía para que se toleren sus accidentales divergencias, cuando las patrocina la costumbre uniforme y auténtica de la gente educada».

 

Bello frecuentó en Chile a los hermanos Amunátegui (Miguel Luis, historiador y político (1828-1888) en 1882, escribió su primera biografía); al pedagogo, historiador y diplomático Diego Barros Arana (1830-1907) y al político e historiador Benjamín Vicuña Mackenna (1831-1886).

To­dos ellos han dejado testimonio de la prodigiosa memoria de Bello; dicen que cuando discurría en las clases funcionaba como una foto­grafía, ya que citaba autores, recitaba textos, refería argumentos, con una precisión admirable.

«Escribía, tomaba notas y apuntes en largos cuadernos y son varios los que se conser­van con sus apuntes», recuerda el bibliófilo, maestro y académico chileno Guillermo Felíú Cruz (1900-1973).

En el Ministerio de Relaciones Exteriores fue consultor de diversos ministros.

Andrés Bello falleció en Santiago de Chile el 16 de octubre de 1865, después de una vi­da tan prolongada como fructífera. Allí también amó a la naturaleza y se complació en la soledad, como en Caracas.

América debe mucho a Andrés Bello. Su legado permanecerá por siempre. Alberto Auné

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