Francisco P. Moreno: científico y explorador que amó la Patagonia

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File:Francisco P Moreno.JPG

Francisco P. Moreno. Fotografía extraída del libro «Historia Argentina Contemporánea 1862-1930» . Academia Nacional de la Historia . Editorial Ateneo. 1964, Buenos Aires, Argentina. (Fuente: http://www.wikimedia.org)

 

Alberto Auné

Francisco Pascasio Moreno, quien pasara a la historia como el Perito Moreno, nació el 31 de mayo de 1852.

Su madre era hija de un oficial ingles, quien fuera hecho prisionero en 1807 y posteriormente decidera radicarse en la Argentina.

Su padre debió emigrar al Uruguay por oponerse al gobierno de Juan Manuel de Rosas.

Alentado por Carlos Germán Conrado Burmeister (1807-1892), quien era entonces director del Museo de Buenos Aires, y por la lectura de libros de viajes, comenzó a recoger y atesorar des­de su infancia todo aquello que tuviera posibilidades de estudio relativo a ciencias naturales: fósi­les, rocas, minerales y objetos diversos de interés antropológico„

En 1871 recogió en la laguna Vitel, en terrenos pertenecientes a la estancia de Gándara, varios ejemplares fósiles de alto valor.

Al año siguiente se despertó en su espíritu el deseo de explorar la Patagonia, al recibir, enviados por un amigo desde Carmen de Patagones, restos antro­pológicos del Valle del Río Negro.

Su deseo se hizo realidad en 1873, año en que efectuó su primera excursión a la Patagonia septentrional, sobre la que escribió:

«En esa época las fron­teras del sud de Buenos Aires y de Mendoza tenían, como partes extre­mas, el Azul, en la provincia de Buenos Aires; Río Cuarto, en la de Cór­doba; Villa Mercedes, en San Luis, y San Rafael, en Mendoza. Bahía Blan­ca era un punto aislado y había peligro de muerte en cruzar desde allí al Azul o Tandil».

Fue en 1875 cuando llegó por primera vez al lago Nahuel Huapi, des­pués de haber atravesado el desierto, acompañado por indios amigos, y de haber explorado las márgenes del río Negro, la confluencia de los ríos Limay y Neuquén y vastas extensiones aledañas, haciendo amista­des entre los caciques de la zona.

Sobre esta experiencia escribió:

«Al llegar al lago ansiado hice refle­jar por primera vez en sus cristalinas aguas los colares patrios y be­bí con gozo sus frescas aguas en las nacientes del Limay. Entre sorbo y sorbo, mi pensamiento satisfecho ascendió los meandros del río Negro desde el Atlántico hasta el frutillar, descansando de su viaje prehis­tórico desde los ventisqueros hasta la orilla del desagüe del lago. Me miré por dentro en ese momento de satisfacción. Fácil me había sido realizar mi propósito, disipar las dificultades al empuje de la volun­tad. ¿Qué quedaba de las penurias, más aparentes que reales, del viaje? Nada. El espíritu descansaba tranquilo como el lago azulado ese día, sin vestigios de las borrascas anteriores. Muy pequeño era el esfuerzo hecho para ser el primer hombre blanco que desde el Atlántico llegara a tal sitio”.

En 1876, después de recorrer el valle del Chubut, pasó a Santa Cruz, remontando el río homónimo, junto a Carlos M. Moyano, hasta el lago que bautizó con el nombre de Argentino.

En 1879 volvió a Río Negro, y lo atravesó desde el Atlántico hasta la Cordillera de los Andes, explorando las montañas desde el Paralelo 44 al 39 de Latitud Sur.

Posteriormente, en 1896, volvió a recorrer la región por las faldas cordilleranas hasta el lago Buenos Aires.

Dos años después, en 1898, remontó nuevamente el cursa del río Santa Cruz, dirigiéndose al Norte  por las faldas de loa Andes, para arribar finalmente al lago Manuel Huapi.

Fue jefe de la comisión argentina demarcatoria de límites en el litigio sobre este tema con Chile. Junto a él, además de los colaboradores técnicos, tra­bajaron hombres de ciencia como los geólogos de apellidos Henthal, Roth, Merceiat, Wehrli y Burckhardt.

Su trabajo, en este aspecto, fue invalorable. La Argentina le debe la toma de conciencia por parte del país respecto a la Patagonia.

Sus viajes al sur argentino le permitieron reunir una colección de ar­queología, paleontología y antropología de aproximadamente quince mil piezas, formando así un rico museo privada, que ofreció luego al Gobierno de la provincia de Buenos Aires, y que sirviera de piedra angular para el Museo de Ciencias Naturales de La Plata, que fundara en 1884 y del que fuera director muchos arios.

Este museo, por obra de Moreno, se convirtió en un centro de intensa actividad científica.

Seis años después de su fundación, se inicio la publicación de sus Anales y de la Revista del Museo, en la que publicaron sus trabajos naturalistas que colaboraron en la obra de Moreno: el ya mencionado geólogo Carl Burckhardt, el ictiólogo Fernandom Lahille, el botánico Nicolás Alboff y el antropólogo Lehmann-Nitsche, a los que debemos agregar el nombre de aquellos que se formaron junto a él, como el antropólogo Luis Haría Torres y el entomólogo Carlos Bruch.

Su labor no se agota en la ciencia, pues fue diputado nacional y vi­cepresidente del Consejo Nacional de Educación, quedando su nombre li­gado a iniciativas tales como los jardines de infantes, la copa de le­che y las agrupaciones de boy-scouts, así como reformas en la enseñan­za, quitándole buena parte de su sentido verbalista para darle un contenido más manual y técnico.

«Es indudable que Francisco P. Moreno fue superado por especialistas de mayor capacidad -escribe Manuel Horacio Solari—, “pero también es indiscutible que fue un hombre de valor extraordinario en los orígenes de la ciencia argentina; un verdadero maestro, de esos que necesitan las culturas nacientes, por su entusiasmo contagioso, su inquieta curiosidad y su energía creadora. La pasión, la actividad y los métodos que otros ponían al servicio de la política, é1 los puso al servicio de la ciencia».

Por ley 4192, promulgada en el Boletín Oficial de la Nación del 2 de agosto de 1903, el Gobierno le acordó, como recompensa por los servi­cios prestados al país, una extensión de campos fiscales en el territorio del Neuquén o al sur del río Negro.

En carta fechada el 6 de noviembre del mismo año, y dirigida al en­tonces ministro de Agricultura, Dr. Wenceslao Escalante, Moreno mani­festaba:

«Durante las excursiones que en aquellos años hice en el Sur con los propósitos que más tarde motivaron dicho nombramiento, admiré lugares excepcionalmente hermosos y más de una vez enuncié la convenien­cia de que la Nación conservara la propiedad de algunos para el mejor provecho de las generaciones presentes y de las venideras, siguiendo el ejemplo de los Estados Unidos y de otras naciones que poseen sober­bios perqués naturales. Hoy la ley citada me permite hacerme dueño de paisajes que, en días ya lejanos, me hicieron entrever la grandeza futura de tierras entonces ignoradas que nos eran disputadas, pero que su conocimiento ha hecho argentinas para siempre y me es grato apresu­rarme a contribuir a la realización de ideales nacidos durante el desempeño de mis tareas en aquel medio y desarrolladas con la enseñanza de su observación. Vengo por eso, con la presente, invocando los términos de la ley, a solicitar la ubicación de un área de tres leguas cua­dradas en la región situada en el límite de los territorios del Neuquén y Río Negro, en el extremo Oeste del Fjord principal del lago Nahuel Huapi, con el fin de que sea conservado como parque natural y al efec­to pido a V.E. que hecha esa ubicación se sirva aceptar la donación que hago a favor del país de esa área (…)”.

Aceptada la donación en febrero de 1904, recién en 1916 se nombró un encargado para esa reserva, destinada a la formación del Parque Nacio­nal del Sur, aceptando el cargo ad-honorem un poblador de laregión, don Jorge Nefbery. Fue ese el origen del actual Parque Nacional Nahuel Huapi, precursor de los Parques Nacionales argentinos.

Francisco Pascasio Moreno, el Perito Moreno, falleció el 22 de noviem­bre de 1919.

Pocos días después de su fallecimiento, en El Monitor de la Educación Común, órgano del Consejo Nacional de Educación, apareció una nota necrológica, de autor anónimo, en la que, entre otros concep­tos, se hacía hincapié en sus condiciones como hombre activo:

«Autodidac­ta al igual que Mitre y Sarmiento, este último tuvo necesidad de docto­rarle por telegrama a efecto de salvar un escrúpulo reglamentario. Moreno arrancó con sus propias manos, de la naturaleza, lo que, sin duda, Salamanca no hubiere podido prestarle, y fue sabio, filósofo, fi­lántropo y poeta, a la manera de Pancho Moreno y nada más que Pancho Moreno. Pero él fue, sobre todas las cosas, el hombre de acción. En él las ideas se traducían en actos. Quien se atreviera a juzgarle con prescindencia de esos actos se equivocaría por entero. No había nada en él que no concurriera a la acción; pensamiento unilateral, franco y leal por donde se le buscara, de una ingenuidad desconcertante, el corazón bien puesto y las manos limpias. El mismo ignoraba la potencia de su energía y fue el niño terrible que hay en todo grande hambre. A More­no sólo se le conocía bien en la acción; uno veía la descarga y no el impulso que la determinaba».

Francisco Pascasio Moreno es un ejemplo de trabajo, dedicación y amor a su país. Sigamos sus enseñanzas y lograremos un mundo mejor. Alberto Auné

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