Literatura: aproximación a Rubén Darío y el modernismo

· Alberto Auné, América, arte, literatura
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File:Ruben Dario (1912).jpg

Rubén Darío, octubre de 1912. Revista Selecta. (Fuente: http://www.wikimedia.org)

 

Alberto Auné

El vocablo modernismo, quedó definitiva­mente consagrado para designar al movimiento de escritores que, hacia fines del siglo XIX, intentaron asumir plenamente su «modernidad» y luchar contra los cánones rígidos y aburridos de la literatura que imperaban en España y en los países hispanoamericanos.

Fue precisamente en éstos donde el movimiento logró robustecerse, mirando hacia otros países, Francia en particular, pero siempre con una óptica propia.

La actitud estética de los modernistas durante su apogeo tuvo un marcado signo poético; la lírica dio sentido y circunstancia al credo desafiante.

Los modernistas fueron viajeros y cosmopolitas; fueron, acaso involuntaria­mente, los padres de la literatura comparada.

En referencia a sus determinan­tes intelectuales y artísticas, el escritor y crítico literario español Federico de Onis (1885-1966) sostuvo en 1953:

 

“El modernismo es la forma hispánica de la crisis universal de las letras y del espíritu, que inicia hacia 1885 la disolución del siglo XIX y que se había de manifestar en el arte, la ciencia, la religión, la política y gradualmente en todos los demás aspectos de la vida, con todos los caracteres, por lo tanto, de un hondo cambio histórico, cuyo proceso continúa hoy».

 

Los modernistas adoptaron símbolos aristocráticos -cola de pavo real, flor de lis, rosa y, sobre todo, el cisne-, grafías insólitas y todo tipo de aproximaciones a lo «raro» y exótico, no descuidando cierta afición por el orientalismo.

La labor de las letras se constituyó en una ciencia de elaborado mecanismo, cuya paciente fábrica, en la que la intuición señalaba el camino seguro, requería técnicas y medios retóricos.

Los modernistas continuaron la obra de los románticos, pero los superaron en la valía de sus individualidades en la América de habla hispana.

Pudieron apropiarse y asimilar la poesía moderna europea, como hicieron el cubano José Martí (1853-1895) en Nueva York, su compatriota Julián del Casal y de la Lastra (1863-1893) en La Habana, Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895) y Salva­dor Díaz Mirón (1853-1928) en México, José Asunción Silva (1865-1896) en Colombia, el nicaragüense Rubén Darío (1867-1916) en Santiago de Chile, Leopoldo Lugones en Argentina.

Al poco tiempo formaron grupos y cenáculos, como el reunido en torno de la Revista Azul, de Gutiérrez Nájera.

Se constituyeron dos grupos enm Buenos Aires y México, respectivas capitales de sus países.

Rubén Darío fue el punto de unión entre los inicios y la consolidación.

Suele señalarse la apari­ción de su primer libro, Azul, publicado en Chile en 1888 y luego revisado en 1890, como el punto de partida del moder­nismo, aunque hay antecedentes incuestionables.

También se afirma que habría influido en la designación una frase del poeta francés Arthur Rimbaud (1854-1895): «Hay que ser absolutamente moderno».

Francia también cooperó a la difusión del término con una revista: Le moderniste.

A la ya señalada revista mexicana se sumaron Revista Moderna, del mismo país; Revista de América y Mercurio de América, de Buenos Aires, Argentina; El Cojo Ilustrado, de Caracas, Venezuela; Revista Nacional de Literatura y Ciencias, de Montevideo, Uruguay; El Fígaro, de La Habana, Cuba; Pluma y Lápiz, de Santiago de Chile y Revista Gris, de Bogotá, Colombia.

Francia fue el polo de atracción (famosas tertulias del café de Cali­saya en París), pero los modernistas conocieron también las literatu­ras anglosajonas y algunos fueron lectores de Nietzsche.

Tuvieron temprana conciencia de su importancia; Rubén Darío escribió al respecto en 1898:

 

«El espíritu nuevo que hoy anima a un pequeño pero triunfante y soberbio grupo de escritores y poetas de la América española: el modernismo”.

 

En las lúcidas páginas de Cuadrivio, el poeta, ensayista y escritor mexicano Octavio Paz (1914-1998) sostuvo:

 

«El modernis­mo es una pasión abstracta, aunque sus poetas se recrean en la acumula­ción de toda suerte de objetos raros. Esos objetos sen signos, no símbo­los: algo intercambiable. Máscaras, sucesión de máscaras que ocultan un rostro tenso y ávido, en perpetua interrogación. Su amor desmedida por las formas redondas y plenas, por los ropajes suntuosos y los mundos abigarradas, delata una obsesión. No es el amor a la vida sino el horror al vacío al que profiere todas esas metáforas brillantes y sonoras. Le perpetua búsqueda de lo extraño, a condición de que sea nuevo -y de lo nuevo a condición de que sea único- es avidez de presencia más que de presente. Si el modernismo es apetito de tiempo, sus mejores poetas saben que es un tiempo desencarnado. La actualidad, que a primera vista parece una plenitud de tiempos, se muestra como una carencia y un de­samparo: no la habitan ni el pasado ni el futuro. Movimiento condenado a negarse a sí mismo porque lo único que afirma es el movimiento, el modernismo es un mito vacío, un alma deshabitada, una nostalgia de la verdadera presencia. Ese es el tema constante y central, el tema secre­to y nunca dicho del todo, de los mejores poetas modernistas.

El modernismo fue una sintaxis, una prosodia, un voca­bulario. Sus poetas enriquecieron el idioma con acarreos del francés y el inglés; abusaron de arcaísmos y neologismos; y fueron los primeros en emplear el lenguaje de la conversación. Por otra parte, se olvida con frecuencia que en los poemas modernistas aparece un gran número de americanismos e indigenismos.

No excluía ni las conquistas de la novela naturalista francesa ni las formas lingüísticas americanas. Una parte del léxico modernista ha envejecido, como han envejecido los muebles y objetos del art nouveau; el resto ha entrada en la corriente del habla. No atacaron la sintaxis del castellano; más bien le devolvieron naturalidad y evitaron las inversiones latini­zantes y el énfasis. Fueron exagerados, no hinchados; muchas veces fueron cursis, nunca tiesos. A pesar de sus cisnes y góndolas, dieron al español una flexibilidad y una familiaridad que jamás fue vulgar y que habría de prestarse admirablemente a las dos tendencias de la poesía contemporánea: el amor por la imagen insólita y el prosaísmo poético”.

 

Entre los precursores del modernismo pocos poemas tuvieron la enorme difusión ríe uno de los nocturnos del poeta colombiano José Asunción Silva (1865-1896), premodernista por el lenguaje y postcomántico por la actitud (dibujóse un círculo en torno del corazón al que poco después él mismo heriría de muerte) al que llamó Una noche y cuyo fragmento inicial es el siguiente:

 

Una noche,

Una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de músicas de alas,

Una noche

En que ardían en la sombra nupcial y húmeda, las luciénagas fantásticas,

A mi lado, lentamente, contra mí ceñida, toda,

Nuda y pálida

Como si un presentimiento de amarguras infinitas,

Hasta el fondo más secreto de tus fibras te agitara,

Por la senda que atraviesa la llanura florecida

Caminabas,

Y la luna llena

Por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca,

Y tu sombra

Fina y lánguida,

Y mi sombra Por los rayos de la luna proyectada

Sobre las arenas tristes

De la senda se juntaban

Y eran una

Y eran una

¡Y eran una sola sombra larga!

¡Y eran una sola sombra larga!

¡Y eran una sola sombra larga!

 

Del poeta, dramaturgo y ensayista uruguayo Julio Herrera y Reissig seleccionamos este frag­mento del poema La vida:

 

Oh tú, quimera platónica,

unida al ser por un guión,

armonía cosmogónica

ebria de Revelación.

¡Condúceme hasta las bellas

fuentes de Azul inaudito

donde abreva el infinito

con su rebaño de estrellas!

 

¡A su divino contacto

llenábanse de monólogos

los tenebrosos ideólogos

del inconcebible abstracto!

Oxigenando el futuro

con sus alas, en un tren

tempestuoso de albatros,

¡iba el audaz palafrén

terrible y congestionado

por el Enigma y yo en pos!

Vuelta la grupa hacia el hado,

irregular en su apuro,

marchaba como seguro

de amanecer frente a Dios”

 

Rubén Darío no es solamente un gran poeta modernista: es una de las cum­bres de la poesía universal. Se llamó en realidad Félix Rubén García Sar­miento, pero adoptó su nombre poético definitivamente desde los catorce años. Poco después inició su etapa de grandes viajes (había nacido en un pueblito de Nicaragua el 18 de enero de 1867) que comenzó por Santia­go de Chile y Valparaíso, ambientes cultos e inquietos, y allí publica su famoso Azul… en 1888, libro integrado por prosas y versos, acaso aquellas más audaces que éstos.

Dos años más tarde, en la segunda edición, avanza también la poesía hacia nuevos horizontes. Fue como el grito emancipador del modernismo.

En 1889 se produce el regreso de Darío a Centroamérica, tierra a la que, hasta el fin de sus días, deseó ver unida.

En El Salvador conoce a Ra­faela Contreras (1869-1893), con quien contrae matrimonio.

En 1892 viaja unos po­cos meses a España, donde comprueba lo vetusto de los esquemas litera­rios imperantes.

En el viaje conoció, en La Habana, al poeta y escritor cubano Julián del Casal y de la Lastra, con quien pasó una memorable semana de poesía y amistad.

En el curso de nuevos y fatigosos viajes se encontró en Nueva York con José Martí. Le impresionó profundamente París; al dejarla «juraba por los dioses del nuevo Parnaso: natía visto al viejo fauno Verlaine, sabía del mis­terio de Mallarmé y era amigo de Moréas».

Murió pronto su esposa, a la que recordó con versos conmovidos: El poeta pregunta por Stella.

Se casó, infelizmente, con su primera pasión, Rosario Murillo y, solo, viajó a Buenos Aires como cónsul de Colombia en la capital argentina.

En Buenos Aires encontró una cosmópolis en plena ebullición y resuelta a llevar adelante las ideas del modernismo. Durante su permanencia pu­blicó dos libros (Los raros y Prosas profanas), además de colaborar en diarios y revistas. El primer libro es una colección de reportajes, cuya prosa alabó el escritor y político uruguayo José Enrique Rodó (1871-1917) al afirmar: «están hechos de bronce».

Proclama allí a los directores de la poesía moderna accidental. Les da el atributo de «raros», en el sentido de extraordinarios, escasos en su clase, insignes o excelentes y extravagantes de genio.

Aparecen allí, con especial atención, el estadounidense Edgar Allan Poe (1809-1849), el poeta francés Paul Verlaine (1844-1896), su par simbolista griego Jean Moréas (1865-1910) y el conde de Lautréamont, seudónimo del vate uruguayo Isidoro Lucien Duchase (1846-1870), quien murió en París.

Prosas profanas mejora considerablemente las facetas de Azul… Recoge y asimila la teoría del arte por el arte iniciada por el poeta, dramaturgo, periodista y fotógrafo francés Théophile Gautier (1811-1872) en 1852 y preconizada por el llamado “poeta maldito”, también galo, Charles Baudelaire (1821-1867).

Busca una estética perfecta y trata de su­mergirse en la ensoñación o evocación poética.

Darío exige que esta estética se anuncie con la música del verso, como indica el primer poe­ma:

 

Era un aire suave, de pausados giros;

el hada Armonía ritmaba sus vuelos;

e iban frases vagas y tenues suspiros

entre los sollozos de los violoncelos

 

La técnica de la poesía basada primordialmente en la música es propia de un orfebre detallista y paciente. El mundo visionario se puebla de signas significantes, como el del cisne que amaban los modernistas:

 

El olímpico cisne de nieve

con el ágata rosa del pico

lustra el ala eucarística y breve

que abre al sol como un casto abanico.

 

En la forma de un brazo de lira

Y del asa de un ánfora griega

es su cándido cuello que inspira

como proa ideal que navega

 

(….)

 

Y sobre el agua azul el caballero

Lohengrin; y su cisne, cual si fuese

un cincelado témpano viajero,

con su cuello enarcado en forma de S.

 

Darío elaboraba cuidadosamente su obra. Primero surgía la idea básica de la ensoñación; luego buscaba el metro apropiado y finalmente el verso se lo­graba con la perfección requerida después de una depuración minuciosa.

Dice Enrique Anderson Imbert:

 

«Sus invenciones y restauraciones -combi­naciones métricas, cambios de acentuación, pausas intermedias en los versos compuestos, rimas interiores, división de hemistiquios dentro de una palabra o en partículas débiles, inesperadas choques y dislocaciones de sonidos, esquemas liares, asimetría de estrofas, asonancias, consonan­cias y disonancias en juegos rábidos, prosa rítmica, audaces quebranta­mientos de la unidad sonoro-semántica del verso, etc.- modularon deli­ciosamente la prosodia de nuestra lengua».

 

El mismo Rubén Darío decía: «La sola disciplina que imponía consistía en la veneración del Arte, y el desdén por los triunfos fáciles».

En 1898, el poeta viajó a Europa, como corresponsal del diario La Nación, y no regresaría hasta 1914, casi para morir, a su patria.

Después de un año en España trasladó su residencia a París, aunque siguió viajando en numerosas ocasiones a ese país, compartiendo horas memo­rables con los grandes escritores de la llamada generación del ‘98, como Miguel de Unamuno (1864-1935), Pío Baroja (1872-1956), o Ramón María del Valle Inclán (1866-1936).

Fue cónsul general de su país en París, ministro plenipotenciario en Madrid, delegado de Nicaragua en varias conferencias internacionales.

En 1900 conoció a Francisca Sánchez, la española humilde que lo acompañaría en sus viajes europeos («Francisca Sánchez, acompáñame»); realizando además varios viajes a América.

En 1905 se publica el que muchos consideran su mejor libro, Cantos de vida y esperanza, en la línea de Prosas profanas, pero con ahondamiento interior y recuperación de la inquietud social, por otra.

En “Lo fatal”, poema de ese libro, expresa:

 

Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,

y más la piedra dura porque ésa ya no siente,

pues no hay dolor más grande, que el dolor de ser vivo,

ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto

y el temor de haber sido y un futuro terror.

 

El volumen se impregna de acentos hispánicos, reconciliado, gracias a experiencias y amistades, con un país cuyos engreimientos provin­cianos de fin de siglo le habían molestado años atrás.

Hace de España e Hispanoamérica el objeto de sus grandes amares; admira a Estados Uni­dos (Salutación al águila) pero rechaza su superioridad moral o de civilización, a veces en términos enérgicos (A Roosevelt y Epístola a la esposa de Leopoldo Lugones).

En Mallorca, algo más adelante, compuso las magníficas estrofas de El canto errante.

Pero la neurastenia, el alcoholismo y la manía per­secutoria van minando sus energías.

Aún puede publicar Poema de otoño, en Madrid (1910) y Canto a la Argentina, también ese año, en el cual se celebraba el centenario de la Revolución de Mayo, que se publicaría en la capital española con otros poemas. En ese poema reúne sus ideas pre­dilectas: paz, industria, cosmopolitismo, latinidad.

Entre viajes y neurastenias enfermó gravemente y, desde Nueva York, gracias a las atenciones del hispanista estadounidense Archer Milton Huntington (1870-1955) logró llegar a Nicaragua para morir allí el 7 de febrero de 1916.

Sumo pontífice del modernismo hispanoamericano, obtuvo reconocimiento europeo y finalmente gloria universal. Muchos versos suyos pueden no gustar a las nuevas generaciones, pero ninguna podrá rechazar sus más inspirados momentos y su influencia.

De su postrer Poema de otoño dice Octavio Paz, cerrando su ensayo:

 

«Se unen los dos ríos que alimentan su poesía: la meditación ante la muerte y el erotismo panteísta. El poema se presenta como variacio­nes sobre el viejo y gastado tema de la brevedad de la vida, la flor del instante y otros lugares comunes; al final, el acento se vuelve más grave y desafiante: ante la muerte, el poeta no afirma su vida propia, sino la del universo. En su cráneo, como si fuese un caracol, vibran la tierra y el sol; la sal del mar, savia de sirenas y tritones, se mezcla a su sangre; morir es vivir una vida más vasta y poderosa. ¿Lo creía real­mente? Es verdad que temía a la muerte; también lo es que la amó y la deseó. La muerte fue su medusa y su sirena. Muerte dual, como todo lo que tocó, vio y cantó. La unidad es siempre dos. Por eso su emblema, como lo vio Juan Ramón Jiménez, es el caracol marino, silencioso y henchido de rumores, infinito que cabe en una mano. Instrumento musical, resuena con un ‘incógnito acento’; talismán, Europa lo ha tocado ‘con sus manos di­vinas’; amuleto erótico, convoca a ‘la sirena amada del poeta’; objeto ritual, su ronca música anuncia el alba y el crepúsculo, la hora en que se juntan la luz y la sombra. Es el símbolo de la correspondencia univer­sal… En el segundo Nocturno hace la cuenta de lo que vivió y no vivió, dividido entre un ‘vasto color y cuidados pequeños’, entre recuerdos y desgracias, iluminaciones y dichas violentas:

Todo esto viene en medio del silencio profundo

en que la noche envuelve la terrena ilusión,

y siento como un eco el corazón del mundo

que penetra y conmueve mi propio corazón”.

 

Rubén Darío y el modernismo forman una unión complementaria, una simbiosis que ha trascendido el tiempo de tal forma que ninguno de ellos podría haberlo hecho sin el otro. Alberto Auné

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