Navidad: el consumismo busca esconder el rostro de Jesús

Autores

Alberto Auné

El Pesebre fue reemplazado por el árbol, los regalos y Papá Noel.

Evitemos que la fiebre del consumo opaque el mensaje de Jesús Niño, quien no está en los grandes centros urbanos de compras sino que llegó al mundo en un pesebre para vivir una vida de pobreza y entregarse por nosotros.


1. Dios y consumo
La fiebre del consumo parece cubrir las ciudades cuando llegan en diciembre las fiestas de Navidad y Año Nuevo, dejando de lado, con un mensaje que relaciona el mayor gasto superfluo con un también mayor grado de felicidad, el verdadero mensaje de la celebración del nacimiento de Jesús entre los hombres.
Así, en el imaginario social va quedando esta escala de valores, impulsada por muchos medios de comunicación, que a su vez se benefician de la publicidad que estos centros comerciales colocan en ellos y ven así la manera de retribuir lo que no es más que un mero interés comercial.
Papá Noel, los trineos, los rostros de felicidad y falsas sonrisas que presentan los empleados de estos lugares son clara prueba de ello, sin olvidar que a menudo, en las llamadas noches de liquidación o promoción, deben trabajar hasta la madrugada, sacrificando el encuentro con sus familias en esos días especiales, cuando más es necesario el reencuentro entre padres, hijos, hermanos y esposos.
En estas noches es patético el espectáculo de las corrida por liquidaciones. A determinada hora un local ofrece un descuento por pocos minutos, lo que se anuncia por los parlantes, y comienza una corrida por pisos y escaleras en la que mucha gente arriesga su salud o la posibilidad de un accidente por una pequeña ventaja comercial. Como frutilla de la torta, agreguemos que muchas veces la ropa que se ofrece en estas tiendas, con lujosa presentación y ceremonias a quienes la compran, es producto de trabajo esclavo, con operarios hombres y mujeres que desempeñan su labor en condiciones infrahumanas y miserables bajo las órdenes de quienes se aprovechan de la necesidad ajena, en una actitud repudiable.
Arbol de Navidad en el Rockefeller Center
(Nueva York) a principios del siglo XXI

La verificación de esta realidad no es solamente religiosa, sino que muestra un parámetro de conducta social que los medios de difusión y grupos relacionados al poder de turno nos presenta.

Así, el consumo es el nuevo dios al que los fieles van a rendir pleitesía, en especial en sus templos, los grandes centros de compra, en los cuales los confesionarios que muestran la pureza de los feligreses son las terminales de tarjeta de crédito y débito, que muestran, con el saldo disponible, hasta dónde está dispuesto a llegar el creyente.

Esta nueva religión da la bienvenida a quienes quieran profesarla, siendo el hecho de que no haya saldo disponible en la cuenta bancaria de la cual depende la tarjeta un motivo más que suficiente de expulsión del paraíso artificial que se ha creado, en el cual quien más tiene más vale.

Los centros comerciales se convierten en los templos y catedrales de la nueva religión del consumo.
Tienen algo en común con las grandes catedrales de la Edad Media: éstas, que llegaron en algunos casos a ser construidas en más de un siglo, tenían una altura superior a la del resto de las casas en la ciudad para mostrar que Dios estaba por encima de todos los mortales.
Hoy estos centros de consumo son más altos que muchas iglesias, para indicarnos que la Ciudad de Dios ha terminado para dejar paso a la nueva urbe del consumo, en la que los nuevos santos y personas ejemplares a seguir son quienes más gastan y hacen osentación de su riqueza, por supuesto sólo material.
Al decir referirnos a iglesias no solamente hablamos de templos cristianos sino también de otras creencias. En esos días de diciembre el judaísmo celebra la Fiesta de las Luces o Janucá, conmemorando la derrota de los griegos y la recuperación de la independencia judía, con la posterior purificación del Templo de Jerusalén, del cual se eliminaron los íconos paganos, en el siglo II antes de la era cristiana.
El Islam celebra a fin de año, pudiendo caer en los meses de noviembre o diciembre del calendario gregoriano, el Eid al-Adha (عيد الأضحى), en honor al profeta Abraham, quien llègó a mostrar la mayor prueba de lealtad al Ser Supremo: el intento de sacrificar a su hijo Ismael.
Las grandes creencias coinciden en estas fechas, pero esto no parece importar a los sacerdotes de la religión del consumo, quienes creen tener una vigencia eterna, pero en algún momento, tarde o temprano, chocarán con la realidad.
2. El Pesebre, un símbolo a reivindicar
La imagen del Pesebre, tal cual la conocemos, fue creada por San Francisco de Asís, quien viviera entre los siglos XII y XIII de nuestra era, pidiendo el permiso correspondiente al papa Honorio III, quien accediera al Pontificado en 1216, quien recibió con entusiasmo la idea, comenzando así esta forma de conmemoración navideña.
La Natividad
Honorio III alentó y difundió este símbolo del nacimiento de un Dios pobre en un mundo en el que tanto entonces como después la obtención de lo material era mostrado como un ideal a seguir.
Así nació esta representación, que desde entonces ha permanecido en Occidente como el símbolo del nacimiento de Jesús, Dios hecho hombre para redimir a la humanidad y ofrecerle el mensaje de amor que trasmite el Evangelio a todas las personas de buena voluntad que quieran acercarse a sus enseñanzas.
Esto muestra la urgente necesidad de reactivar los valores espirituales en la sociedad, única forma de evitar la secularización, que avanza sin límite en contraposición a las convicciones que buscan recordar que, como seres humanos, estamos compuestos de cuerpo y espíritu, una dualidad que no hace posible privilegiar a uno de ambos sobre el otro. No somos solamente cuerpo material ni espíritu abstraído y alejado de la realidad cotidiana.
El respeto entre las religiones es una realidad que cada vez se hace más fuerte . Esta actitud llevará a una mejor comprensión en la sociedad.
3. Un mensaje universal
Las películas que nos traen a Papá Noel haciendo felices a los niños que reciben sus regalos, el árbol navideño con presentes para todos los miembros de la familia, tiene un mensaje positivo, pero éste debe ser complementado con la idea superadora del recuerdo del nacimiento de Jesús.
Cada fiesta religiosa tiene su propia identidad; evitemos que la Navidad la pierda en aras del entusiasmo consumista
Si no nos dejamos cegar por la luz de la publicidad que nos asalta continuamente para hacernos esclavos del consumo y de lo material habremos dado el primer paso en el camino hacia una victoria sobre los valores que nos quieren imponer, avasallando nuestra espiritualidad y libertad, pero además, y esto es lo importante, sobre nosotros mismos. Alberto Auné

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