Aproximación a los orígenes de la filosofía en el Río de la Plata

Autores

Alberto Auné

Del desarrollo de la especu­lación filosófica y su enseñanza en estas tierras se han ocupado, desde enfoques a veces dispares, numerosos autores de los siglos XX y XIX, entre quienes podemos citar a Enrique Martínez Paz, Juan María Gutiérrez, Juan Carlos Zuretti, Alejandro Korn, Raúl Orgaz y, muy especialmente, el padre Guillermo Furlong SJ, quien dedicó a este tema importantes trabajos.

La filosofía escolástica prevalecía netamente, pese a algunos destellos de platonismo, en la España de los siglos XVI y XVII. Esta filosofía «de las escuelas» trasmitía el pensamiento de Aristóteles según la in­terpretación de la Summa Theologica de Tomás de Aquino y las de otros filóso­fos medievales.

El primer libro que llega al Río de la Plata tiene que ver con la filoso­fía, aunque no es, en rigor, un tratado de esta materia. Lo trajo Pe­dro de Mendoza en 1536 y fue «un libro de trasmo, mediano, guarnecido de cuero negro».

Por la popularidad de que entonces gozaba, es muy probable que se haya tratado del Enchiridion militis christiani (Manual del Caballero Cristiano), que no es un texto puramente filosófico pero que, como la obra toda del pensador de Rotterdam, contiene ideas novedo­sas y profundas. La versión española había sido convenientemente moderada por el traductor, el arcediano de Alcor.

El sacerdote José Acosta SJ fue el gran pensador de fines del siglo XVI y comienzos del siguiente en la América hispana. Este jesuita recorrió el continente desde México hasta el Río de la Plata y enseñó la tradicional doctrina aristotélica, reuniendo sus conocimientos en siete libros que lograron celebridad y que responden al título conjunto de Historia Moral de las Indias, en los cuales se tratan las cosas notables del cielo, y las alimentos, metales, plantas y animales de ellas, y loa ritos y ceremonias, leyes y gobierno y guerras de los Indios. (Salamanca, 1590).

En sus estudios sabré los orígenes del hombre americano, el padre Acosta llegó a conclusiones sorprendentemente concordantes con el pensamiento moderno, por ejemplo al sostener que el hombre americano no es autóctono y que los principales contingentes que lo poblaron llegaron por el estrecho de Bering o por las islas Aleutianas.

La Universidad de Córdoba, fundada por el obispo Fernando de Trejo y Sanabria en 1623, fue el gran foco de difusión del pensamiento filosófico la región. Empero, nueve años antes de que éste fuera creada ya el jesuíta madrileño Juan de Albiz enseñaba la filosofía de Aristóteles a unos treinta estudiantes.

En 1660 los profesores de filosofía eran los padres Cristóbal Gómez y Cristóbal Grijalba.

En Córdoba, bajo las disposiciones de estudio llamadas Constituciones de Uñate por el clérigo que las redactó poco después de la fundación de la Universidad, se trabajaba intensamente, con cuatro horas diarias de ciase de filosofía, además de discusiones tanto privadas y públicas como parciales y generales.

El estudio de la filosofía ocupó un lugar de privilegio entre el de todas las asignaturas, siendo general y común a todos los estudiantes, sin distinción de carreras, constituyendo un fundamento imprescindible de la formación cultural en tiempos ce La Colonia.

Siete años cursó en Córdoba Antonio de León Pinelo, famoso pensador y jurisconsulto, autor, en el tema que nos ocupa, de un curioso ensayo, El Paraíso en el Nuevo Mundo, mezcla singular de teología y filosofía, exégesis bíblica y mística, arqueología y mitología, historia y fábula, trabajo en el cual sostiene que el Paraíso Terrenal, el Eden, estuvo en América y que loa cuatro grandes ríos que, según la Biblia allí había, eran Amazonas, De la Plata, Orinoco y Magdalena.

También llegó, en el siglo XVII, el pensamiento de Duns Escoto a los claustros cordobeses, quizás por influencia de la obra del franciscano Jerónimo Calera, que enseñaba en el Alto Perú. El poeta Luis de Tejeda, se refiere a esta influencia de Escoto entre los jesuitas cordobeses:

 

Los doctos hijos de Ignacio

a lo Scotista se van,

del camino extraviando

de su Príncipe Thomás.

 

Escritor fecundo y filósofo perspicaz, aunque enemigo de la metafísica, fue Gaspar de Villarroel, quien aparece en Salta, Tucumán, Córdoba, Buenos Aires, Mendoza, San Juan y San Luis entre 1627 y 16U2.

También estuvieron en tierras de lo que hoy es Argentina, aunque no de forma definitiva, pasajeramente, el benedictino Francisco de Borja y Juan Alonso de Ocón, catedrático de Alcalá.

ti catamarqueño Bartolomé Navarro inicia el ciclo de profesores de filosofía en Córdoba durante el siglo XVIII. A partir de 170U se instauran dos cátedras de filosofía, a cargo en los primeros tiempos de Juan de Alzola y Antoni, Machoni, Miguel López, Antonio Salgado, Juan de León, Antonio Torquemada, Jaime Aguilar y Jerónimo Zeballos, todos ellos religiosos.

Más adelante José Sánchez Labrador, el más grande naturalista que hubo en el Río de la Plata colonial, estuvo al frente de la cátedra de filosofía durante tres años.

Uno de los profesores más insignes de la época fue el jesuita de origen húngaro Ladislao Orosz, quien llegó a América como misionero y pronto fue profesor relevante.

Otra figura muy destacada fue el jesuita nacido en Extremadura Manuel Vergara, quien llegó a Buenos Aires en 1734 y de allí pasó a Córdoba; Una vez ordenado sacerdote fue designado profesor de Filosofía.

Recibieron también las aulas cordobesas la influencia del cartesianismo, especialmente a través de los trabajos de sus reformadores, Leibniz, Wolff y Newon, cuyas obras principales podían encontrarse desde principios del siglo XVIII en la Librería Grande de la Universidad.

En estos aspectos innovadores se destacó el jesuita inglés Tomás Falkner, discípulo de Newton, alumno y profesor de la Universidad de Córdoba. Tanto él como el padre Domingo Muriel, el mayor científico de la época anterior a 1810, según sostuviera el historiador Guillermo Furlong SJ, eliminaron de la escolástica todo lo que tenia de anticuado, inyectando lo más sólido de las nuevas corrientes filosóficas en boga en Europa.

En 1739 (cuando publica Voltaire su refutación a las objeciones que se hacían del pensamiento de Newton) el gran físico y pensador era más reconocido en el Río de la Plata que en la misma Francia.

Los profesores de Córdoba sometieron a la aprobación de Roma quince doctrinas o sentencias teológicas y dieciséis filosóficas que enseñaban en la Universidad y que se podían considerar novedosas y controvertibles. Los revisores romanos no aprobaron muchas de ellas. Sin embargo, como tales sentencias condenadas no afectaban al dogma ni a la moral y eran aceptadas y propugnadas por escritores ortodoxos y serios, las cátedras cordobesas, apegadas sin duda a la libertad de pensamiento, siguieron enseñándolas.

Otros catedráticos de mediados del siglo XUIII, como Mariano Suárez y el catalán Benito de Riva, apreciaron con entusiasmo a la que se daba en llamar «nueva filosofía”. Opinaba Riva sobre los filósofos modernos: «… ni faltan quienes creen que las opiniones de éstos contrarían los fundamentes de nuestra Fe, y los hay que sostienen que es deber acusar al Tribunal de la Inquisición, como a herejes, a quienes leen sus libros, y los califican con los términos más severos y ofensivos…  reconozcamos que ellos, pisando las huellas de los antiguos, nos han revelado cosas nuevas y nos han trazado un camino más breve y no menos seguro, para el conocimiento científico. Los antiguos nos explicaban las cosas naturales por medio del raciocinio; los modernos por medio de la experimentación, porque los pensadores de antaño carecieron de instrumentos de que hoy se dispone. Gracias a ellos se ha comprobado la falacia de musías cosas que antes se tenían por ciertas. El solo hecho de que los modernos filósofos hayan trabajado afanosamente por descubrir la verdad es razón bastante para que no prescindamos de ellos”.

Los dos últimos jesuitas que dictaron en Córdoba la asignatura Filosofía fueron los padres José Rufo, andaluz, y Ramón Hospigliosi, porteño.

El deán Gregorio Funes, en su Autobiografía, (¿????????), sostiene que este último era un “ingenio de primer orden, capaz sin duda de grandes progresos en las ciencias si hubiese tenido la suerte de nacer en época menos desgraciada».

En una carta le decía:

 

“Mi amantísimo Maestro Don Ramón: Cuando me acuerdo de la facilidad con que Vd. me hizo filósofo, no puedo dudar que, con su auxilio, nada me quedaría por vencer».

 

Todos estos profesores, sin despegarse del suelo escolástico, asimilaron notablemente las corrientes innovadoras y les dieron preferencia en sus enseñanzas, por lo que puede válidamente afirmarse que Córdoba fue un centro moderno de enseñanza de la filosofía.

Por supuesto también hay que citar la influencia del pensamiento del tambiñen jesuita de Granada (España) Francisco Suárez, que tanto se manifestó en los hombres de Mayo y que contó con partidarios y adversarios en el Río de la Plata. El padre Peñalba, en Córdoba, fue un catedrático muy hostil a las doctrinas del Padre Suárez hasta llegar a ofender la memoria del gran sabio.

En julio De 1767 fueron expulsados los jesuitas, en época de vacaciones en el Hemisferio Norte, pero mientras se dictaban las clases en los claustros del Río de la Plata, Asunción y el Alto Perú.

Durante cuarenta días estuvo clausurada la Universidad cordobesa, vinculada a la Compañía de Jesús desde su nacimiento, y el gobernador Bucarelli resolvió reabrirla confiando la enseñanza a los Padres Franciscanos.

En España se había dispuesto confiar tal responsabilidad a sacerdotes del clero secular, pero aquí se temió que por haber estudiado éstos con los jesuitas simpatizaran demasiado con los expulsados.

No venían los franciscanos desprovistos de todo bagaje para asumir tal responsabilidad. Desde tiempo atrás tenían en sus conventos de Buenos Aires, Córdoba y Asunción y, desde fines del siglo XVIII en los de Montevideo y Salta, cátedras de filosofía y teología.

Los franciscanos, recuerda el padre Furlong SJ, se entregaron excesivamente a las ciencias experimentales, con abandono de la vieja escolástica, según las instrucciones de su entonces comisario general, el padre Trujillo, quien en 1786 recomendara el estudio «nada ligero» de la física general y particular para «refutar vigorosamente al Emilio, al Diccionario Filosófico, el Sistema de la Naturaleza, el Examen de la Religión, las Cartas Persianas y semejantes monstruos de impiedad abortados por los incrédulos de este siglo, para combatir la Iglesia y echar por tierra la Religión».

Pretendía Trujillo que los franciscanos estuvieron bien equipados para combatir los errores, pero desentendiéndose de «las intrincadas leyes con que la enredaron los antiguos peripatéticos», limpia de «aquella broza de enunciaciones, contraposiciones, conversiones y reducciones con que la cubrieron los mahometanos» y quería que las cuestiones metafísicas abandonen «las del ente unívoco y de razón, las riñas interminables sobre las trascendencias y las disputas hipotéticas…».

Así, los franciscanos cordobeses abandonaron la escolástica y se empeñaron en comprar el gabinete de física y química de que era dueño Martín José de Altolaguirre, vecino de Buenos Aires. Tuvo esta orden, pese a tales alardes de mero cientificismo, un pensador notable: Cayetano Rodríguez, nacido en San Pedro (Buenos Aires) en 1761 y ordenado sacerdote en Córdoba en 1783.

En 1796 dictó un curso de lógica, preguntándose si verdaderamente existe lo que se llama filosofía. Su respuesta es afirmativa y, elocuentemente, afirma que existen en la naturaleza muchas cosas que son de tal suerte ciertas y conocidas que en manera alguna es posible dudar de su existencia y, por ende, existe una filosofía verdaderamente tal, ya que podemos conocer esas realidades e investigar su origen, “como piensan todos los hombres cuerdos».

La teoría expuesta por Fray Cayetano Rodríguez, de un realismo moderado, niega la existencia de los universales como tales, fuera de la mente, pero admite en el objeto un universal en potencial, que puede considerarse como fundamento del universal concebido por la mente, prudente punto de viste con el que tercia en la antigua disputa de los universales.

Afirma luego, en contra de Descartes, que «la tal duda metódica en nada ayuda para dar con la verdad”, considerando que Newton “explica satisfactoriamente todas los fenómenos relativos a la luz», exponiendo además sobre el olor, el calor, el frío, la fluidez y la solidez.

Patriota sincero y sacrificado, Fray Cayetano Rodríguez, mentor de la Generación de Mayo, tiene un lugar destacado en la historia argentina, pero debe tenerlo también, al lado de otras figuras más jóvenes que nos ocuparán en otra ocasión, como Funes, Gorriti y Castro Barros entre otros, entre los precursores de nuestra enseñanza de la filosofía en la región.

Contemporáneo de Rodríguez fue Fray Elías del Carmen Pereira, también franciscano pero, en cambio, de ardoroso cartesianismo, especialmente en ontología y metafísica. Dejando de lado a los escolásticos, pudo escribir que «formalmente la cantidad consiste en la extensión física o matemática de la cosa positiva corpórea, y por esa razón la cantidad no es un accidente absoluto entitativamente distinto de la cosa en que está la cantidad».

También sigue a Descartes en su defensa del ocasionalismo, con prescindencia de las posiciones de Malebranche «a quien ni alabamos, ni condenamos». Da prueba de la existencia de Dios, basada en el movimiento local, única acción corpórea posible para un ocasionalista.

Un aspecto curioso de Fray Elias es su tendencia a espiritualizar el alma de las bestias como un hecho natural, modificado de facto por Dios, que ha reservado la inmortalidad a las almas de los humanos.

En el anticartesianismo hay que inscribir, en estos finales del siglo XVIII, a otros dos franciscanos: Anastasio Mariano Suárez y Manuel Suárez de Ledesma. También impugna al pensador francés Fray Carlos María González, autor de Institutiones Univeraae Phílosophiae, que sólo parcialmente han llegado hasta nosotros. Lo considera eximius como pensador, pero disiente en parte en el tema de la duda metódica.

No sería justo omitir la participación en este proceso de gestación de los estudios filosóficos en la Argentina a otras dos órdenes religiosas: las de la Merced y de Santo Domingo. Es indudable que los catedráticos mercedarios debieron influir en la cultura de su tiempo, pero desconocemos sus escritos y las doctrinas que enseñaron.

Algunos llegaron a ser muy conocidos, como Pedro Nolasco Melgarejo, José Leandro Velarde y Juan Silverio Pavón, entre otros. La Orden de Predicadores (dominicos), que contaba con teólogos importantes en España, no pudo tampoco dejar de influir en el Río de la Plata, desde épocas tempranas, ya que dominico fue el primer obispo del Tucumán, Fray Francisco de Victoria, y también lo fue el escritor y viajero fray Reginaldo de Lizárraga.

Entre los profesores de esta orden que enseñaron en Córdoba y Buenos Aires durante el siglo XVIII cabe citar a Valentín de Guevara, Juan de Garay, Domingo de Neyra, Sebastián Zapata, Martín Montes de Oca, Gualberto de Santa Catalina, José Antonio Sañudo, Francisco Sosa, Juan José Chambo y Francisco Solano Bustamante, entre otros.

Se debe mencionar también al dominico fray Isidoro Celestino Guerra (17U7-1820), quien fuera hombre de pensamiento y de acción saliente y eficaz, tanto en el claustro como en el mundo de la política, ya que en frase de Santiago de Liniers «fue fanático e infernal promotor de la insurrección».

Intervino en la cátedra en una época en que las autoridades de la Orden de Predicadores intentaba desterrar las enseñanzas de Descartes para evitar doctrinas «en modo alguno opuestas a la pura y santa doctrina de nuestro Angélico Doctor Santo Tomás». El reconocido talento de Guerra se encontró de ese modo coartado y tanto él como sus colegas de la orden se hallaron a la zaga de los franciscanos, quienes incursionaron en variados sectores de la filosofía.

Si bien Córdoba fue el gran centro de irradiación, no podemos olvidar que Buenos Aires contaba, en el siglo XVIII, con tres cátedras de teología y dos de filosofía, las que, a mediados de esa centuria, adquirieron sorprendente desarrollo y fueron germen de una universidad que debió crearse no sobre la base del Real Colegio de San Carlos, creado por Vértiz en 1773, sino del precedente de San Ignacio, que dependía de los jesuitas.

La cátedra de filosofía de la institución carolina, tan vinculada a la formación de nuestra primer generación de patriotas, tuvo en primer término a su cargo al presbítero Carlos José Montero, a quien se asignó un sueldo de 500 (quinientos) pesos anuales y abrió su curso con 21 alumnos, entre quienes se contaban Luis Chorroarín y Cornelio Saavedra.

En 1788 la cátedra pasó a otro presbítero, el doctor Melchor Fernández, nacido en Galicia y llegado a edad temprana al Río de la Plata, donde dejó huella perdurable de su saber y virtud, tanto como profesor de filosofía, de orientación antecartesianista, como por sus esfuerzos en favor de la revolución de Mayo y se desempeño como arcediano de la Catedral de Buenos Aires.

Lamentablemente la vasta obra del doctor Melchor Fernández no es aún muy conocida, ya que si bien el padre Guillermo Furlong SJ estudió ampliamente su labor como catedrático otros interesantes aspectos biográficos que reseñó en vasta monografía Manuel Castro López en 19Q6 no pueden consultarse por ser virtualmente inhallable este trabajo,

Evocar a estos precursores de los estudios filosóficos en la Argentina es un ejercicio de memoria que debe perdurar, para conocer los orígenes del pensamiento en este país. Alberto Auné

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