Juvenilia, inmortal legado literario, cultural y social de Miguel Cané

Autores

Miguel Cané en 1892. (Fuente: http://www.wikimedia.org)

Alberto Auné

Letras, vida y ejemplo

Este gran escritor, representante de la generación del 80 en Argentina, nació en Montevideo, donde se encontraba des­terrada su familia durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, el 27 de enero de 1851.

El 3 de febrero de 1852 se produce la batalla de Caseros, trayendo como consecuencia la caída de Rosas. Así, la familia Cané regresa al país.

Antes de cumplir dos años ya vivía en Buenos Aires y en el renovado Colegio de San Carlos, luego Colegio Nacional de Buenos Aires, cursó sus es­tudios, dejándonos como legado su obra más famosa, Juvenilia.

Cané no fue precisamente el mejor alumno de esa institución educativa, recibiendo además sanciones disciplinarias.

 

Una vida activa al servicio del país

En 1872 se recibió de abogado, dedicándose desde entonces con entusiasmo a la política.

Fue electo diputado, destacándose en los debates parlamentarios por la agudeza de sus discursos.

La oratoria fue una de las claves de su éxito para exponer ideas, pero no llegó a ser un dirigente político.

En 1880 fue, por un tiempo no muy prolongado, director de Correos y Telégrafos, organismo precursor del Correo Argentino.

Luego pasó a la diplomacia, representando a la República Argentina en distintos países, como Colombia, Venezuela (recuerda tal etapa su libro En viaje), la entonces Austria-Hungría, Alemania, España y Francia.

Entre estos dos últimos países regresó por corto tiempo a Bue­nos Aires, donde fue, por poco tiempo, intendente municipal y luego ministro de Relaciones Exteriores y del Interior de Luis Sáenz Peña.

Al concluir su labor diplomática en París fue nombrado decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, donde además fue profesor y director de instituto.

Miguel Cané falleció en Buenos Aires el 5 de septiembre de 1905. Cuando esto ocurrió, el entonces Presidente de la Nación, Manuel Quintana (1835-1906), dictó un decreto estableciendo que se izara la bandera a media asta y se le rindieran honores de general de brigada en sus exequias.

Una obra literaria trascendente

Su primer libro, Ensayos, fue publicado en 1877, y reúne trabajos to­dos de fecha anterior. Estando compuesto por crónicas que el escritor quiso conservar de manera orgánica.

Charlas literarias, dado a conocer en 1879, muestra criterio flexible e imaginación. Uno de sus párrafos dice:

“En otros tiempos, para saber un poco de historia, no había más medio que leer los libros que de ella tratan. No­sotros hemos cambiado todo eso. Hoy llegarnos a la adolescencia con un pequeño caudal de conocimientos, que no tienen más inconveniente que ser perfectamente falsos y perjudiciales. La historia, aprendida en las novelas, es el piano que se toca de oído. A las primeras lecciones hay que olvidar todo lo que se sabe, iniciar, con cierto sentimiento de vergüenza, una nueva educación intelectual. Quiero hacer aquí una confesión que estoy seguro podrá servir a mucha gente que aspire a ponerse en es­tado de gracia por medio de una absolución plenaria. D’Artagnan, como ha dicho L. López, fue mi primer catedrático de historia. Cuando al leer el primer libro serio que cayó en mis manos, me encontré con el odioso cardenal de Richellieu y más tarde el despreciable Mazarino. ¡Cuál no sería mi sorpresa al sentir desvanecerse mi antipatía profunda hacia esas dos hombres de estado, absorto ante la obra colosal del primero, la habilidad fecunda del segundo!».

A estos trabajos se suma la obra que dio a Cané trascendencia en la historia, aparecida en 1882: Juvenilia.

Este libro des­cribe los recuer­dos que tuvo el autor del internado del viejo Colegio Nacional bajo los rectorados del presbítero Agüero y de Amadeo Jacques.

Nicolás Coronado afirma:

«Es interesante y provechoso leer este libro… Debe agregarse la fidelidad y el encanto de sus descripcio­nes. Miguel Cané se nos muestra en sus páginas coma un colorista ad­mirable y un narrador de primera línea. Sabe decir con precisión y naturalidad, cuidando de poner en sus relatos un poco de emoción y de ternura; con lo cual su libro viene a ser un documento precioso de la existencia de los claustros al parque una labor literaria de va­lores realmente positivos… Para que nada falte en ese libro nos encontramos con capítulos llenos de honda emoción y suave melancolía; con descripciones bellas por su sencillez y su verdad, entre las cuales puede servir de modelo aquella en que refiere la enfermedad del rector Agüero, asistido todas las noches por uno ce los jóvenes del Colegio… Juvenilia no sólo se impone por sus méritos literarios sino también porque se nos muestra en él, con su propio re­lieve, a los maestros de entonces y a los alumnos que serían luego el orgullo legítimo de la República».

Juvenilia, un inmortal legado

Este libro está escrito en primera persona.

El Colegio Nacional Buenos Aires no era entonces lo que fue después, ya que entonces era impensable una menor disciplina y mucho menos que la institución tuviera educación mixta.

El sistema disciplinario era muy duro, con régimen de internado en el cual los alimentos no eran lo mejor, que Cané paso durante cinco años.

Pero en aquellos tiempos en que aún no había tecnología y solamente quedaba la lectura como recurso para evadirse de los malos momentos.

Así, el autor se sumergió en obras literarias como las de Alejandro Dumas, de quien leyó entre otras Los tres mosqueteros y Veinte años después, compartiendo con compañeros el amor a la aventura que aquellos personajes y otros transmitían.

Los caracteres de los personajes están muy bien descriptos, como su compañero Benito Neto y Amédée Jacques, francés que no tenía título universitario pero sí profundos conocimientos, llegando a ser director del colegio.

Este docente fue muy querido por los alumnos, que lo tomaron como ejemplo, lo que se demostró en los momentos que siguieron a su muerte, siendo llevado a hombros por los jóvenes hasta el lugar de su último descanso, en el cementerio.

Ese respeto y afecto de los alumnos hacia un docente que les enseñaba a ver la vida con otros ojos recuerda al manifestado mucho tiempo después por los estudiantes de la película La Sociedad de los Poetas Muertos, de 1989, respecto a John Keating, aquel profesor encarnado por Robin Williams, que en otro país, otro idioma y otro tiempo sabía transmitir el mensaje que la juventud necesita: ver el mundo con los ojos de la vida.

Miguel Cané cuenta también los enfrentamientos entre alumnos porteños y provincianos, además de castigos por estas peleas, que incluían encierro y hasta la expulsión.

Al respecto recuerda:

“He conservado toda mi vida un terror instintivo a la prisión; jamás he visitado una penitenciaria sin un secreto deseo de encontrarme en la calle. Aún hoy, las evasiones célebres me llenan de encanto».

Un sitio al que se refiere con detalles de humor es la enfermería y el profesional de la salud, quien fuera despedido después de un cambio de palabras con un médico.

Cané leía novelas, como hemos señalado, y se destacó en las clases de literatura, a cargo del profesor Gigena. Los alumnos editaron un boletín interno, originándose discusiones por intercambio de ideas, que a veces pasaban a mayores pero dentro de las reglas de juego estudiantiles.

Este gran escritor, ya de joven, escribía en el periódico de su familia, La Tribuna, dando a conocer sus trabajos.

El Colegio tenía entonces una casa de campo en lo que hoy es el barrio porteño de Chacarita, conocida entonces como la “Chacra” o “Chacarita” de los Colegiales, en la cual se cosechaban alimentos para los alumnos del colegio y los religiosos jesuitas.

En ella, la diversión hacía olvidar por un tiempo los rigores del internado, pero sin olvidar la situación del país, ya que según recuerda el autor hubo entre los jóvenes gran expectativa cuando el 22 de abril de 1863 se debía decidir la federalización de la Capital o la provincia de Buenos Aires.

Los mencionados son apenas algunos puntos de un libro que atrae desde sus primeras palabras, mucho más a quienes conocen el Colegio o su historia, así como la de los personajes en él nombrados.

El libro tuvo numerosas ediciones, incluyendo las colecciones representativas de autores argentinos dedicadas a la juventud y a estudiantes.

Además, un grupo de exalumnos del Colegio Nacional Buenos Aires fundó en 2004 el sello Juvenilia Ediciones, entre cuyas publicaciones se cuenta esta obra, ilustrada por el dibujante Nik. Varios de los libros de este sello fueron presentados y distribuidos con gran éxito, proyectando el nombre del Colegio a importantes niveles.

El séptimo arte

 

El libro aquí reseñado llegó al cine, siendo la película argentina Juvenilia estrenada en 1943, bajo la dirección de Augusto César Vatteone, quien fuera distinguido con el Cóndor de Plata en 1944 por esta realización.

El guión fue escrito por Pedro E. Pico, Alfredo de la Guardia y Manuel Agromayor.

Los intérpretes, jóvenes entonces, fueron más adelante actores conocidos y glorias del cine argentino.

Ellos fueron Elisa Christian Galvé, José Olarra, Ernesto Vilches, Eloy Alvarez, Ricardo Passano –interpretando a Miguel Cané-, Hugo Pimentel, Mario Medrano, Rafael Frontaura, Gregorio Verdi, Domingo Márquez, Marcos Zucker, Gogó Andreu, Nelly Darén, Alfredo Almanza, Juan Carlos Altavista, Ricardo Alberto Defilippi y Américo Sanjurjo.

Un mensaje que va más allá de un libro

Miguel Cané dejó en Juvenilia un legado para las futuras generaciones: el estudio nos hará libres y nada ni nadie podrá someternos.

La etapa de la adolescencia, en la que se forja gran parte del carácter para las décadas que seguirán en la vida del ser humano, es una de las mejores para estudiar y adquirir valores, como la honestidad y la solidaridad, que nos acompañarán por siempre.

Martín García Mérou, quien trató personalmente a Cané, da testimonio de ello, calificándolo como “uno de los lectores más formidables e incansables» que conoció, quien, agrega, «permanecía horas y horas, desde la mañana has­ta la noche, con el libro en la mano, devorando volúmenes de crítica, de historia, de derecho público, de filosofía, de literatura…».

Leer era una gran pasión para este escritor, que en uno de los capítulos de Juvenilia habla del remedio contra la melancolía y nostalgia de los primeros días del Colegio, que no podía ser otro que la lectura.

Este consejo, legado de un gran escritor, debe quedar en la memoria de quienes se acercan a su obra, para que hacerlo sea el comienzo del descubrimiento, a través del hábito de leer, de una actividad que llevará a saber razonar y a partir de allí tener la libertad y discernimiento que llevarán a una vida plena en todo sentido.

En estas páginas hay un mensaje que debemos tener presente. No lo dejemos pasar de largo. Alberto Auné

 

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